sábado, 14 de enero de 2012

VIRGEN A LOS TREINTA

Vivian Sleiman es una hermosa joven venezolana de origen libanés, que recientemente ha convertido en bestseller el relato de su vida. Una historia que tiene como título "Virgen a los treinta". En ella relata como se presentó al concurso de Miss Venezuela en el 2001. Era la favorita... pero no ganó. ¿La causa? Se retiró cuando uno de los sujetos del jurado le exigió relaciones sexuales como condición para obtener la corona. Vivian reveló que quiere “preservar la virginidad hasta encontrar el amor verdadero”. Agregó: “Tomé la decisión de permanecer virgen por convicción, hasta que llegue el momento”. No hemos leído el libro (lo que nos impide opinar sobre lo recomendable o no de su contenido), pero deseamos que el "momento" a que se refiere Vivian, sea el del amor verdadero dentro del matrimonio, tal como lo enseña la moral cristiana.

Muy encomiable y digna de ejemplo, en verdad, la actitud de esta joven que valora y defiende su virginidad al rechazar a ese sujeto del jurado, pues otras en su lugar -como están ahora los tiempos- habrían accedido; no obstante hay que precisar también algo de lo que ella no es consciente: lo desaconsejable (e incongruente con la moral) de esos "concursos de belleza" donde la exhibición pública del cuerpo es su misma razón de ser, como si en ello consistiera el valor de la mujer a la que se trata más como "hembra" (lo que "vale" son sus proporciones y formas que muestra "generosamente" para deleite del público); reduciéndola, así, en su gran dignidad y cosificándola, al exigirle enseñar lo que las mujeres honestas siempre han reservado para la vista de su esposo, practicando estas últimas las (muy preciadas por Dios) virtudes del pudor y la modestia en el vestir (no sólo en el actuar), hoy tan en desuso y consideradas -lamentablemente- por tantos y tantas como algo obsoleto. Sin embargo, las palabras de Cristo permanecen eternamente vigentes: "El que mira a una mujer deséandola, ya cometió adulterio en su corazón" (Mt 5, 28). La mujer (y también el hombre), por ello, no debe buscar esa provocación con vestimentas escasas, o de algún modo sugerentes o provocativas, pues de hacerlo se convierte en causa culpable de ese mal deseo y de ese tipo de adulterios del corazón. El vestido es para vestir y no para sugerir. El buen gusto no está reñido con la modestia y el pudor, virtudes que -hoy en día- parecen estar reservadas para las almas exquisitas y generosas con Dios. 
 
 

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