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lunes, 19 de septiembre de 2016

HISTORIAS QUE INSPIRAN

EL LADRILLAZO
Escucha el susurro… o el ladrillazo.

 

EL LADRILLAZO 130916

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 DIOS CONTIGO



jueves, 21 de julio de 2016

DIÁLOGOS DE MILITARES

CRUZADOS HISPÁNICOS
Con nuestro amor rendido por sus vidas entregadas que nos permitieron ser HOY católicos pese a los clérigos vencidos o felones astutos.
Publicado en Reconquista, n. 449, octubre 1988, pp. 39-41
~ José Carlos Mata García | Gustavo Maldocena | R.C~


Esa media vacación que es la jornada continuada veraniega, tiene el aliciente de prolongar el permiso anual durante las horas perezosas de la digestión, haciendo de todas las tardes, tarde de domingo. Pues bien, una tarde, dominguera y en su inicio, de agosto de este año de mil novecientos ochenta y ocho, como la somnolencia intentaba abatirme, me puse a repasar viejos libros con la intención de frenar mi rendición a la siesta. Hoja a hoja, en un hojeo distraído, mi vista se posó en un apartado que, al margen y en mayúsculas, me despabiló; decía: “Un consejo de guerra condena a muerte a la oficialidad del ‘Barcáiztegui’ y del ‘Churruca’”. De cabeza a cola, en minutos, más que leer lo escrito, devoré y asimilé todo su contenido; aquellas hojas, con delicioso olor a libro viejo, encerraban toda la grandeza de once hombres en un intento por sublimarse, al amparo de añejas virtudes militares, humanas y cristianas, ante la muerte violenta que ansiosamente reclamaba sus vidas.

No sé si este mundo de hoy, de vientre satisfecho y de espíritu asfixiado que entre todos hemos alumbrado, tiene entendederas para comprender a unos hombres que supieron dar sentido, con heroica sencillez, a una muerte súbita, arrebatadora de sus anhelos de vida.

Hoy, veintiuno de agosto de mil novecientos ochenta y ocho, mientras releo la última andadura de estos once marinos españoles -será casualidad, pienso yo- se cumplen cincuenta y dos años de su muerte por fusilamiento; todos ellos pertenecían a las dotaciones de los destructores Sánchez Barcáiztegui yChurruca. El día anterior a este aniversario, un tribunal, a bordo del buque planero Tofiño, había dictado sus condenas a muerte.

Este relato no trata de arañar en la vieja herida española de aquella última guerra entre hermanos; pretende resaltar, sin más, el comportamiento ejemplar de once hombres a la espera, en la Prisión Provincial de Málaga, del último minuto en la postrera madrugada de sus vidas.

No hay invención ni adorno en estas líneas, sino resumen, ciertamente desvaído, del patético recuerdo del hombre que vivió aquella terrible ocasión junto a los marinos sentenciados.

Un sacerdote en la noche

El grupo de condenados, llegado a la Prisión Provincial al filo de la medianoche, solicitó, para aquella fugaz y larga pausa, la presencia, en su celda común, de un sacerdote conocido y también prisionero.

Mejor será que este sacerdote desgrane, resumida su angustiosa vivencia en atención obligada al espacio de un artículo sin pretensiones, la intimidad final de los que iban a prepararse para el instante supremo de su existencia.

Recuerda aquella noche como “noche maravillosa de paz y confianza, en que no se dejan traslucir ni la flaqueza física ni el dolor por la vida que se deja, ni la inquietud por la que se espera”. Su encierro nocturno, de horas, con estos once oficiales españoles, lo consideró como lo más memorable por él vivido.

En monólogo que pronto se romperá, les hace ver que son doce los allí reunidos, sin Judas que aceche su traición, y recuerda que, mientras les hablaba, le miraban “como los once mirarían en el cenáculo al Maestro después de la salida del traidor”. Les aseguraba que la sonrisa que afloraba a los labios de todos ellos, era el reflejo de la tranquilidad, de la paz y de la alegría que les envolvía, lo cual, a uno, le llevó a preguntar, con la ingenuidad que enciende la muerte cercana: “Padre, ¿no será pecado tanta paz?” Calmó el sacerdote su ansiedad, haciéndole ver que esa paz era la consecuencia de la prioridad de valores que había dado sentido a sus vidas: Dios por encima de todo, la Patria como segundo plano de amor y todo lo demás en giro centrípeto en torno a esos dos fundamentos, eterno uno, perenne el otro.

Falta noche, falta tiempo y hay que economizar lo humano en provecho de lo divino; por ello, alguien exhorta a varios oficiales que escribían sus últimos renglones familiares: “Dejaos de cartas y sentaos y, en silencio, dejemos que el padre nos hable a todos, sin pensar más que en preparamos para la muerte”.

El sacerdote les enfrenta a Cristo en su Evangelio, donde, para la Humanidad doliente de todos los tiempos, dejó aquel “venid a Mí los que estáis afligidos que Yo os aliviaré”. Esta Palabra divina, rebotada de unos a otros, rumiada y digerida con amor por todos, les hace olvidar “las vejaciones pasadas en la prisión flotante, los agravios y ultrajes del juicio”, y les encara a una muerte que ya no aterra, pues ha sido vencida por un resurgir de esperanzas nuevas y cercanas que van reduciendo a la nada la vida mortal que se escapa como cascada enloquecida.

Lo vivido entonces por el sacerdote, jesuita, y lo escrito ahora por mí se entrelazan, se cruzan pero no se entorpecen; su relato doliente, alegre y humano, la pluma, torpe en mi mano, lo hace suyo y, quizás sin vigor y sin estilo, lo resucita del olvido y lo presenta en su verdad heroica, edificante y ejemplar.

En el hilo de la historia nuevamente alguien, reseca la garganta, pide agua; un cantarillo de ésta y otro de coñac eran las delicadezas oficiales para los que, en breve, iban a morir. El comandante del Sánchez Barcáiztegui, tajante, más que aconsejar, ordena: “Sí, sí, agua nada más; el coñac no se bebe esta noche. Cuanto más, remojar los labios; así iremos a la muerte más enteros”.

“Como Jesús en su Pasión -les dice el jesuita-. A Jesucristo le ofrecieron una bebida como alivio y se contentó con gustarla nada más”. Allí quedó el coñac de condenados, como anestésico, para otros más débiles que tuvieran también que enfrentarse, a poco, con la muerte.

Una lenta espera

Un silencio respetuoso es la forma obligada de expresar, como así lo hizo el sacerdote en su relato, el acto de dolor por las culpas de toda una vida, de aquellas once vidas, y el perdón de las mismas por un Dios que ya casi tocan con sus manos. La Eucaristía, imposible por la ausencia de las especies necesarias, la inventan, la crean, la hacen realidad, mediante una común unión, íntima y profunda, de todos y cada uno de ellos con el Cristo que, en silencio, va adueñándose de sus almas, engrandecidas por el sufrimiento de la agonía, no deseada pero aceptada.

Roto el silencio, el padre les advierte que esa agonía, Getsemaní ineludible, también la pasó el Hijo de Dios con su tristeza y su amargura y en capilla estuvo como ellos lo estaban ahora con sus debilidades y flaquezas.

Fuertes, fortalecidos, da comienzo un diálogo que, aunque ingenuo y candoroso en apariencia, encierra toda la reciedumbre de los limpios de corazón; mientras uno se reprocha de sus maldades, otro le defiende indulgente con un “no ha sido tan malo; una temporada un poco divertidillo, pero siempre caballero”. Lo que no termina de convencer al primero que insiste, terco, en su maldad, considerándose en esta escala negativa de valores, por debajo del Buen Ladrón antes de su “acuérdate de mí…”

Sosiega el sacerdote estas conciencias a flor de piel, colocando las cosas en su sitio, al poner la entrega de la vida en la cúspide de las acciones humanas; éste fue, abreviado, su razonamiento: “Morís tranquilos, después de sacrificar el placer de vivir al cumplimiento del deber. El fin del hombre no es vivir; hay algo peor que el morir y es el vivir cuando el deber nos pidió el sacrificio de la vida. Entonces se vive sin derecho a ella. Saber morir a tiempo, morir bien, es nuestro fin”.

El paso de las horas va encogiendo la noche llenándola de comentarios, de pausas elocuentes, de pensamientos queridos; hay quien quiere romper las fotografías de su mujer y de sus hijos, aún en su poder, pues él, dice, lo hará con el amor que otras manos no pondrán al destruirlas. Otro teme desfallecer, desvaneciéndose en el último momento, pero “no te desvanecerás -le dice el padre-, y aunque así fuese, esa flaqueza física no significa menos virtud ni menos valor”.

Preparados para morir

A las cuatro de la mañana, el juez militar de la causa entra, emocionado, en la celda y les pregunta si desean testar. Todavía hay espacio para la broma al responder “que no tienen una gorda que dejar en herencia”, pero piden “sepultura cristiana, ya que morimos como católicos”.

El diálogo continúa y las preguntas rotundas sobrecogen al sacerdote: “¿Qué palabra quiere usted que pronunciemos en el momento de morir?” Les anima a que decida cada uno según su propio criterio. No aceptan y la solución que da aquel cura asediado es: Jesús. Esa será la última palabra, once veces repetida, del grupo de condenados.

Todavía hay más: “Padre -le dice el comandante del Barcáiztegui- y ¿en qué postura nos colocamos para morir?”

“Son ustedes terribles; me están haciendo valiente. Créanme que me iba tranquilo con ustedes”.

Para estos hombres que rezuman gallardía, sin soberbia, la respuesta se la proporciona el padre cumplidamente: “La mejor postura y la más cómoda y la más apropiada a militares es la de FIRMES, para que al inclinarse vuestros cuerpos y caer a tierra sea vuestra adoración al Dios que viene por vosotros”.

La estridencia de un despertador anuncia, a las cinco y media, un retraso de treinta minutos de la hora señalada para la ejecución. “¡Qué informales son -comenta el comandante del Churruca-; ya nos llevan robada media hora de cielo”.

Ultima absolución, el cerrojo chirría, la puerta se abre y un “vamos, por Dios y por la Patria”, dicho por no importa cuál de ellos, les encamina con paso firme al paredón.

De tres en tres, y emparejados los últimos, caen acribillados aquellos once hombres mientras alguien comenta en la prisión: “¿Ha visto usted, padre? ¡Caballeros hasta la muerte!”.

Todo termina con un recibo de entrega: “Cementerio de San Rafael. Consejería. He recibido del señor Juez de la Flota Republicana once cadáveres de…, fusilados en la prisión y traídos en camioneta”.

Así murieron, heroicos y sin jactancia, estos once marinos españoles en la madrugada de un veintiuno de agosto, hace cincuenta y dos años exactamente. Descansan en paz.


 DIOS CONTIGO






Nota del blog: recogemos este trabajo que narra la muerte de un grupo de oficiales en agosto de 1936, hace 80 años, con permiso del autor

martes, 19 de julio de 2016

EDITH

"LA PASCUA"


Edith Burns era una señora maravillosa que vivió en San Antonio, Texas. Will Phillips era un doctor muy gentil que veía a los pacientes como personas. Su paciente favorita era Edith Burns.

Edith Burns normalmente se presentaba a las personas de esta manera: "Hola, mi nombre es Edith Burns. ¿Usted cree en la Pascua?" Entonces ella explicaría el significado de la Pascua, y  muchas veces, algunas vidas fueron transformadas.Un día Dr. Phillips recibió malas noticias. Con el corazón pesado le dijo a Edith: " Usted tiene un cáncer, y Edith, usted no va a vivir por mucho tiempo más."

Edith entonces le dijo: "Will Phillips, me avergüenzo de usted. ¿Por qué está tan triste?   ¿Usted cree y piensa que Dios comete errores?  Yo voy a ver a mi precioso Señor Jesús, a mi querido marido y a mis amigos.  ¡Y usted que me acaba de  decir que yo voy, pronto, a celebrar, la Pascua con Jesús para siempre, usted mismo me está poniendo dificultades para darme mi pasaje!"

Pronto se hizo necesario ponerla en el hospital. Edith le dijo al doctor: "Will: en breve yo estaré yendo a casa… Así que usted, por favor, ¿se asegurará, que en mi cuarto de hospital sean colocadas señoras que necesitan saber sobre la Pascua?"

En el hospital hicieron simplemente eso. ¡Muchas mujeres que compartieron el cuarto con Edith tuvieron sus vidas cambiadas para siempre! Todos en ese piso del hospital comenzaron a llamarla Edith Pascua; todos excepto Phyllis Cross, la enfermera principal.

Phyllis no quería saber nada con Edith porque ella la veía como una religiosa fanática. Pero pronto Phyllis Cross se sintió atraída al cuarto de Edith como un imán atrae el hierro.

Phyllis Cross dijo: "Edith, usted ha hecho a todos aquí la pregunta, '¿Usted cree en la Pascua?' Pero usted nunca me lo ha preguntado." Edith dijo, " Phyllis, yo quise muchas veces, pero Dios me dijo que esperara hasta que usted me preguntara, y ahora que usted ha preguntado...."

Edith Burns tomó su Biblia y compartió con Phyllis Cross la Historia de la Pascua, de la muerte, sepultura y resurrección de Jesús Cristo.  Edith dijo: "Phyllis, ¿usted cree en la Pascua? ¿Usted cree que Jesús Cristo está vivo y que Él quiere vivir en su corazón?"

Phyllis Cross dijo: "¡Oh! Yo quiero creerlo con todo mi corazón, y yo quiero a Jesús en mi vida" En ese mismo momento Phyllis Cross oró e invitó a Jesús Cristo a vivir en su corazón.

Después de algunos días, en el domingo de Pascua, Phyllis Cross entró en el cuarto de Edith. Edith estaba en la cama. Su Biblia estaba en su regazo. Sus manos estaban sobre la Biblia. Había una sonrisa dulce en su rostro. Cuando Phyllis Cross fue a tomar la mano de Edith, ella comprendió que Edith estaba muerta. Su mano izquierda estaba en Juan 14: "En el hogar de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, ya se lo habría dicho a ustedes. Voy a prepararles un lugar. Y si me voy y se lo preparo, vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté."

Phyllis Cross dejó el cuerpo de Edith, salió del cuarto, y vio una mesa con dos estudiantes de enfermería.  Entonces Phyllis les dijo: "Hola, mi nombre es Phyllis Cross. ¿Ustedes creen en la Pascua?"

DIOS CONTIGO
 


 
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