miércoles, 21 de diciembre de 2011

CRISTO Y SU IGLESIA SON UNO SOLO

Desde una profunda visión sobrenatural, Mons. Timothy Dolan vuelve a encender el fuego del amor a la Iglesia. 
Fuente: RegnumChristi

A continuación presentamos, en una traducción realizada por RegnumChristi, el discurso de Mons. Timothy Dolan a la Conferencia Episcopal de Estados Unidos del pasado 15 de noviembre. Mons. Dolan es arzobispo de Nueva York y presidente de dicha conferencia. El texto original en inglés se puede leer aquí.

“¡El amor a Jesucristo y a Su Iglesia debe ser la pasión de nuestras vidas!”.

“¡El amor a Jesucristo y a Su Iglesia debe ser la pasión de nuestras vidas!”.

Mis hermanos en el episcopado: Es con esta exhortación estupendamente sencilla del Beato Papa Juan Pablo II que comienzo mis reflexiones esta mañana.

“¡El amor a Jesucristo y a Su Iglesia debe ser la pasión de nuestras vidas!”.

Ustedes y yo tenemos como deber sagrado, surgido de nuestra íntima unión sacramental con Jesús, el Buen Pastor, el amar, querer, cuidar, proteger, unir en la verdad, el amor y la fe… pastorear… Su Iglesia.

Ustedes y yo creemos con todo nuestro corazón y alma que Cristo y Su Iglesia son uno.

Esa verdad nos ha sido transmitida desde nuestros predecesores, los apóstoles, especialmente San Pablo, que aprendió aquella ecuación en el camino a Damasco y que nos enseña con tanta ternura que la Iglesia es la esposa de Cristo, que la Iglesia es el cuerpo de Cristo, que Cristo y Su Iglesia son uno.

Esta verdad ha sido defendida por los obispos que nos precedieron, algunas veces e incluso también hoy, al precio de “cárcel, fuego y espada”.

Esa verdad –que Él, Cristo, y ella, Su Iglesia, son uno– humedece nuestros ojos y pone un nudo en nuestras gargantas mientras susurramos con De Lubac: “Porque, ¿qué podría conocer yo de Él, sin ella?”.

Cada año volvemos a esta sede primada de John Carroll para reunirnos como hermanos en el servicio a Él y a ella. Analizamos proyectos, seguimos la agenda, votamos por documentos, renovamos prioridades y escuchamos informes.

Pero, una cosa que no podemos olvidar, una lección que ya sabíamos antes de que saliéramos del avión, tren o coche, es que “¡el amor a Jesucristo y a Su Iglesia debe ser la pasión de nuestras vidas!” Casi no teníamos que venir a esta venerable arquidiócesis para aprenderlo.

Quizá, hermanos, nuestro reto pastoral más apremiante el día de hoy es reclamar esa verdad, restaurar el brillo, la credibilidad, la belleza de la Iglesia “siempre antigua, siempre nueva”, renovándola como el rostro de Jesús, así como Él es el rostro de Dios. Quizá nuestra prioridad pastoral más apremiante es dirigir a nuestra gente para ver, encontrar, escuchar y abrazar de nuevo a Jesús en y a través de Su Iglesia.

Porque, como nos dicen las estadísticas escalofriantes que no podemos ignorar, cada vez hay menos de nuestra amada gente – y ni se diga aquellos que están fuera de la casa de la fe– que está convencida de que Jesús y Su Iglesia son uno. Como se pregunta el P. Ronald Rolheiser, podemos estar viviendo en una era post-eclesial, donde la gente parece preferir un Rey pero no el reino, un pastor pero no el rebaño, creer sin pertenecer, una familia espiritual con Dios como mi padre, mientras yo sea el único hijo, “espiritualidad” sin religión, fe sin los fieles, Cristo sin Su Iglesia.

Así se desvían de ella, se enfadan con la Iglesia, se vuelven flojos, se unen a otras iglesias, o simplemente la dejan completamente.

Si esto no nos causa estremecimiento a nosotros pastores, no sé entonces que lo hará.

Las razones son múltiples y bien ensayadas, y las tenemos que tomarlas en serio.

Somos rápidos para añadir que hay también muchas buenas noticias en la Iglesia, con pruebas abundantes de que la mayoría del Pueblo de Dios se mantiene firme en la sabiduría revelada de que Cristo y su Iglesia son uno. Hay noticias particularmente esperanzadoras de que los jóvenes, los nuevos conversos y los nuevos ingresos aún están magnetizados por esa verdad. Esta realidad fue patente para muchos de nosotros hace tres meses en Madrid, o hace seis meses en la Vigilia Pascual, o diariamente en la fe maravillosamente profunda y radiante de los inmigrantes católicos que aún son un don muy bienvenido – aunque sean tristemente maltratados – para la Iglesia y para la tierra que amamos.

Pero permanece un reto apremiante para nosotros renovar el atractivo de la Iglesia y la convicción católica de que Cristo y Su Iglesia son uno.

El próximo año, que esperamos con entusiasmo como un Año de Fe, marca medio siglo desde la apertura del Concilio Vaticano II, que nos mostró como la Iglesia llama al mundo a ir hacia adelante, no hacia atrás.

Con frecuencia, nuestro mundo nos quiere hacer creer que la cultura está a años luz adelante de una Iglesia lánguida y moribunda.

Pero claro, nos damos cuenta de que la realidad es lo opuesto: la Iglesia invita al mundo a un lugar fresco, original, no a uno rancio o anticuado. Siempre es un riesgo para el mundo escuchar a la Iglesia, porque ella provoca al mundo a “remar mar adentro”, a promover y proteger la inviolable dignidad de la persona humana y de la vida humana; a reconocer la verdad acerca de la vida arraigada en la razón y en la naturaleza; a proteger el matrimonio y la familia; a abrazar a quienes sufren y padecen; a preferir el servicio al egoísmo; a nunca sofocar la libertad para saciar la sed profunda de lo divino que, como bien lo sabían los poetas, filósofos y campesinos de la tierra, nos hace genuinamente humanos.

La Iglesia ama al mundo de Dios como lo amó su único Hijo engendrado. Ella dice “sí” a todo lo que es bueno, decente, honorable y ennoblecedor en el mundo, y sólo dice “no” cuando el mundo mismo niega la dignidad de la persona humana… y, como nos recuerda el P. Robert Barron, “¡decir ‘no’ a un ‘no’ resulta un ‘sí’!”.

Invitar a nuestra amada gente, y al mismo mundo, a mirar a Jesús y a su Iglesia como uno, es, por supuesto, la tarea de la Nueva Evangelización. Sin duda, el Papa Benedicto nos hablará de esto durante nuestras próximas visitas ad limina, y también anticipamos con entusiasmo el sínodo del otoño próximo sobre la Nueva Evangelización. Jesús llamó primero a pescadores y luego los transformó en pastores. La Nueva Evangelización nos lleva a recuperar el papel de pescadores. Quizá deberíamos empezar a llevar cañas de pescar en vez de báculos.

Dos observaciones sencillas podrían ser oportunas mientras nosotros, como sucesores de los apóstoles, abrazamos esta tarea urgente de invitar a nuestra gente y nuestro mundo a ver a Jesús y Su Iglesia como uno.
Primero, resistimos la tentación de mirar a la Iglesia como un sistema de energía organizacional y soporte que requiere de mantenimiento.

Como nos comentó recientemente el Santo Padre en su tierra natal, Alemania: “Algunos miran a la Iglesia, quedándose en su apariencia exterior. De este modo, la Iglesia aparece únicamente como una organización más en una sociedad democrática, a tenor de cuyas normas y leyes se juzga y se trata una figura tan difícil de comprender como es la ‘Iglesia’”.

La Iglesia que amamos apasionadamente ciertamente no es un club de rigoristas, incómodo y pasado de moda, con una burocracia medieval, reglas humanas tontas sobre membretes lujosos, un movimiento más plagado de disputas, opiniones y desacuerdos.

La Iglesia es Jesús enseñando, curando, salvando, sirviendo, invitando; es Jesús muchas veces “herido, ridiculizado, maldecido y profanado”.

La Iglesia es una communio, una familia sobrenatural. La mayoría de nosotros, alabado sea Dios, nacimos dentro de ella, como nacimos dentro de nuestras familias humanas. Así, la Iglesia está en nuestro ADN espiritual. La Iglesia es nuestro hogar, nuestra familia.

En “El Poder y la Gloria”, cuando la niña le pregunta al “Cura Whisky” sin nombre por qué no renuncia simplemente a su fe católica, él responde:
“¡Es imposible! ¡De ninguna manera! Está fuera de mi poder”.

Graham Green narra: “La niña escuchó intensamente. Entonces ella dijo: ‘Ah, ya veo; es como una mancha de nacimiento’”.

Para utilizar una palabra católica, ¡Bingo! Nuestra Iglesia es como una mancha de nacimiento. Fundada por Cristo, la Iglesia tiene su inicio en Pentecostés, pero su origen está en la Trinidad. Sí, su origen está en la historia, como lo fue la encarnación, pero su origen está fuera del tiempo.

Nuestra tarea urgente para recuperar “el amor de Jesús y Su Iglesia como la pasión de nuestras vidas” nos convoca no hacia dentro de nosotros mismos, sino a Nuestro Señor. Jesús prefiere profetas, no programas; santos, no soluciones; conversión de corazones, no llamadas a la acción; oración, no manifestaciones: Verbum Dei (palabra de Dios) más que nuestra verborrea.

Dios nos llama para ser sus hijos, salvados por nuestro hermano mayor, Jesús, en una familia sobrenatural que se llama la Iglesia.
Ahora, y aquí está el número dos: puesto que somos una familia espiritual, no nos debería sorprender que la Iglesia tenga dificultades, problemas… para usar el vocabulario de un talk-show, nuestra familia sobrenatural tiene algo de “disfuncional”.

Como comentó Dorothy Day: “La Iglesia es la novia radiante de Cristo; pero sus miembros a veces actúan más como la mujer escarlata de Babilonia”.

Pareciera, hermanos obispos, que el mundo quiere que olvidemos cada enseñanza de la Iglesia salvo la única verdad que nuestra cultura está exuberantemente ansiosa de abrazar y gritar: ¡la pecaminosidad de sus miembros! ¡Esta es la única doctrina católica ante la que la sociedad inclina su cabeza y hace genuflexión con devoción de cruzados!

También nosotros la profesamos. Con contrición y pesar profundo, reconocemos que los miembros de la Iglesia –empezando por nosotros– ¡somos pecadores!

Pero hay una gran diferencia: nosotros que creemos en Jesucristo y en su Iglesia una, santa, católica y apostólica interpretamos la pecaminosidad de sus miembros no como una razón para descartar la Iglesia o sus verdades eternas, ¡sino para abrazarla más! La pecaminosidad de los miembros de la Iglesia nos recuerda precisamente cuánto necesitamos de la Iglesia. La pecaminosidad de sus miembros no es nunca una excusa, sino una súplica, para ponernos a su costado herido en el Calvario desde donde fluye la vida sacramental de la Iglesia.

Como Él, ella, también, tiene heridas. En lugar de alejarse de ellas, o de esconderlas, o de negarlas, sería lo mejor para ella mostrarlas, como Él lo hizo en aquella primera noche de Pascua.

Como Mons. John Tracy Ellis solía introducir sus clases de historia de la Iglesia: “Señoras y señores, estén preparados para descubrir que el Cuerpo Místico de Cristo tiene muchas verrugas”.

Y nosotros amamos aún más apasionadamente a nuestra novia con arrugas, verrugas, y heridas.

Nosotros los obispos nos arrepentimos también. Por lo menos dos veces al día –en la Misa y en las Completas– pedimos misericordia divina. Con frecuencia nos acercamos al sacramento de la penitencia.

Una cosa en la que ambos lados del espectro ideológico católico por fin están de acuerdo es acerca de la respuesta a esta pregunta: Cuando la gente se enoja con la Iglesia o la dejan ¿a quién hay que culpar? ¿Cuál sería su respuesta unánime?
… ¡Qué gusto conocerles! Nosotros somos la causa, como no se cansan de decirnos.

Nos pueden consolar voces menos estridentes asegurándonos de que eso no es verdad. Es agradable oírlo…

Sin embargo, nosotros rezamos con sinceridad y con frecuencia “mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa” (por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa); y no tenemos que esperar hasta el primer domingo de Adviento para hacerlo.

Como observó Gregorio el Grande hace quince siglos: “La Iglesia se ve adecuadamente como el amanecer, el amanecer sólo nos indica que se acabó la noche. No revela el resplandor total del día. Mientras disipa las tinieblas y da la bienvenida a la luz, presenta a ambas… así también la Iglesia”.

Señores obispos, gracias por escuchar.

Estoy viendo pastores, pescadores de hombres, líderes, amigos.

Miro a 300 hermanos y cada uno tiene un anillo en su dedo, porque ya estamos comprometidos, estamos casados.

Nuestra consagración episcopal nos ha configurado tan íntimamente con Jesús que Él nos comparte a Su novia, la Iglesia.
No hay nada que disfrutemos más que ayudar a nuestra gente, y a todos los demás, para que lo conozcan mejor a Él y a ella. Esa es la descripción de nuestro trabajo.

Porque “¡el amor a Jesús y a Su Iglesia es la pasión de nuestras vidas!”.

CRISTO SI, IGLESIA NO ¡TODOS TIENEN PROBLEMAS CON LA IGLESIA!

Publicado por Jorge Enrique Mújica LC.



Para las clases de oratoria trato de ofrecer a los estudiantes modelos de predicación tanto en el fondo (lo que se dice) como en la forma (como se dice). Suele haber dificultad en encontrar buenos modelos pero, por fortuna, los hay también en la Iglesia.

En octubre de 2010 el arzobispo de Nueva York ofreció una interesante y valiosa conferencia a un grupo de personalidades de diferentes ámbitos, sociales en un evento organizado por el Instituto Lumen. El título de esta entrada refleja el tema de fondo de aquel discurso que va más allá de una denuncia o constatación de hechos. De suyo, creo que su valor estriba en que va más allá de esto pues propone, de modo ameno e interesante, soluciones.

Ofrezco el texto completo que realmente permite un acercamiento a la realidad de la Iglesia hoy con no pocas pizcas de humor y una loable y amena profundidad. Definitivamente un modelo de predicación (las negritas son mías)

***

Gracias a todos. Agradezco profundamente la cortés invitación y la calurosa bienvenida. Estaba recordando cómo han sido increíblemente perseverantes. Cuando fui nombrado arzobispo de Nueva York, hace un año, en febrero, una de las primeras invitaciones que recibí fue para el Lumen Institute, y recuerdo haber llamado a David y decir: «David, no creo poder ir ese día” porque fue, creo yo, el viernes posterior a mi toma de posesión». Le dije: «No creo poder hacerlo, ¿pero por qué no me sigues invitando y, si Dios quiere, seremos capaces de ir tarde o temprano», y me estuvo buscando con persistencia y aquí estoy.

Me alegra estar con ustedes. Muchas gracias. Espero que puedan visualizar qué inspiración son todos ustedes. Aquí tenemos más de cien muy distinguidos –y no estoy tratando de echarles incienso–, tenemos más de cien distinguidos líderes ocupadísimos, y que desean tomarse un día para reflexionar en lo que realmente importa, lo primero en la vida: «Busca primero el Reino de Dios y lo demás se te dará por añadidura». Esta es una real inspiración para mí. Ustedes son “lumen”, son una luz para mí. Estoy algo intimidado, después de tener a excelentes predicadores como David, Frank y Joe. Me toca ser el cuarto en la línea de bateadores y ustedes me imponen, así que…, pero bueno, ¡aquí voy!

Hoy les voy a hablar sobre la Iglesia. Me dijeron (porque hice mi tarea), me dijeron que le estoy hablando a una audiencia muy católica. Me doy cuenta, con mucho respeto, que aquí hay gente que no es católica, pero los organizadores me aseguraron que, si bien no son católicos, guardan un gran respeto hacia la Iglesia, por ello espero que mis palabras de hoy sobre la Iglesia se puedan aplicar y, espero, ser de algún modo de interés para todos ustedes.

Nos reunimos en el primer viernes de octubre. Los primeros viernes siempre son importantes para mí. Nos reunimos en el primer día del mes dedicado al Santo Rosario y en la fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús, la pequeña flor, una de mis favoritas. Esta tarde –estoy llegando de una visita al santuario de la Madre Cabrini; nos reunimos ahí para rezar– y esta tarde vamos a tener el honor de recibir las reliquias de San Juan Bosco en la catedral de San Patricio. Ayer, estuve en el santuario de Nuestra Señora, Auxilio de los cristianos, y hubo ahí cerca de 2.000 jóvenes (fue un día raro, peor que este) para rezar… y su entusiasmo en recibir las reliquias de Juan Bosco… y fue muy inspirador el rezar y recordar su misión y su ejemplo.

Están conmigo dos huéspedes especiales que les quiero presentar. Mencioné a Don Bosco porque le tengo una gran devoción, y eso es así porque cuando tuve siete años y en segundo grado de la escuela Holy Infants, en Baldwin, Missouri (esos ocho años fueron los más importantes de mi educación religiosa), teníamos hermanas de la caridad, de Drogheda, Irlanda. Y mi maestra de segundo grado fue la hermana Mary Bosco. ¡Y ella está aquí! ¿Les puedo presentar a la hermana Mary Bosco? Hermana, ¿me dijo esta mañana, hace 68 años…? Hace 66 años en la fiesta de la pequeña flor, ella entró al convento.

Así que… ¡Aleluya! No les diré cuántos años tiene, pero conoció a la pequeña flor. ¡Bienvenida, hermana Clare, también de Irlanda, asignada a Belfast! Hermana, estamos complacidos de tenerla entre nosotros también.

Me han acompañado a dar la vuelta. Ya han visto la Quinta avenida y la avenida Madison y Broadway, y ahora quiero iniciar unas breves palabras con ustedes esta tarde llevándolos a otro camino, no Madison, ni la Quinta, ni Broadway, sino al camino de Damasco. Y quiero llevarlos en el tiempo, después de que Jesús regresó a su Padre en el Cielo, y quiero que recuerden a un hombre llamado Saulo, probablemente el terrorista más vicioso e intimidante contra la naciente Iglesia, galopando en el camino hacia Damasco para continuar su persecución despiadada contra la Iglesia.

Lo saben de memoria, pero dejemos que San Lucas, en el capítulo nueve de los Hechos de los Apóstoles, nos lo recuerde. «De repente vino una luz (lumen) del cielo. Saulo cayó al suelo y escuchó una voz: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”. “¿Quién eres, Señor?”, preguntó Saulo. Y respondió la voz: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues…”».

Ahora, hermanos y hermanas, analicen cuidadosamente estas palabras. El Maestro, Jesús, no dijo “estás persiguiendo a mis discípulos, Saulo”. Él no dijo “tú persigues a mis seguidores”. Él no dijo “Saulo, Saulo, estás persiguiendo a mi Iglesia”. ¿Qué dijo? “Saulo, ¿por qué me persigues?”. ¿Ven todos la lección ahí? Saulo y su Iglesia son… –perdón, quise decir Jesús–, me distraje con la comida. ¡Siempre me distraigo con la comida! Uds. continúen, amigos. Ustedes pueden escuchar y comer. Porque el Señor sabe que yo puedo hablar y comer. Escucharon lo que Jesús…, ¿qué quiso decir Jesús? Mis amigos, Jesús y su Iglesia son uno. Jesús se identifica con su Iglesia. Jesús y su Iglesia son inseparables. Es lo que Jesús trataba de enseñar a Saulo en el camino hacia Damasco.

Y entonces, miren qué hizo Saulo. ¿Acaso Saulo dijo: “¡Oh! Qué experiencia de haberme caído del caballo. Aceptaré personalmente a Jesús como mi Señor y Salvador y seguiré siendo el mismo individuo en el mundo”. ¡No! Buscó a la Iglesia. Los seguidores unidos de Jesús guiados por Pedro y los apóstoles, que ya tenían –si bien como embrión– los sacramentos, una doctrina definida, la Eucaristía dominical, una cohesión común y una identidad externa y un código moral. Buscó la Iglesia para encontrar a Jesús, para ser bautizado en su Iglesia y para unirse a ellos en la labor de santificación y evangelización. Por ello, amigos míos, este hombre ahora conocido como Pablo, después de su bautismo, no es de extrañar que este Pablo escribiría sobre la Iglesia de forma poetica, como la esposa de Cristo, como la Iglesia Cuerpo místico con Jesús como cabeza, como el templo de las piedras vivas con Cristo como piedra angular, los apóstoles como los fundamentos, y los miembros como piedras vivas. Y en Pablo, detectamos ya el murmullo del gran teólogo francés Henri de Lubac, quien en su lecho de muerte dijo: «Las dos cosas más importantes en mi vida son Jesús y su Iglesia y» –escuchen esto– «¿qué hubiera podido conocer de Él sin Ella?».

Mi primer pastor en San Louis, Mons. Cornelius Flavin, fue un gran promotor de conversiones. Cientos de personas acudieron a él para ser instruidos en la fe católica, y solía empezar cada instrucción con esta triple distinción. Él diría que un teísta es uno que cree en Dios, un cristiano es uno que cree que Dios se hizo hombre en la persona de Jesucristo, y un católico es uno que cree que este Jesús permanece vivo, activo y accesible en su Iglesia. Les digo esto, como si les dijera algo que no supieran. ¿Por qué digo esto a un grupo de líderes católicos comprometidos? Porque, esto es crítico hoy en día, yo sostengo que hoy vivimos en una era post-Iglesia. Se solía decir que vivíamos en una era post-cristiana. ¡Malarkey! (¡Pamplinas!) como dirían las hermanas Bosco y Clare. No vivimos en una era post-cristiana. Nadie tiene problemas con Jesús. ¡Todos tienen problemas con la Iglesia! Hoy, la gente quiere un rey sin reino, un pastor sin rebaño, creer sin pertenecer, una familia espiritual con Dios como mi Padre y Jesús como mi Hermano donde yo soy el único hijo. Quieren un general sin ejército, quieren espiritualidad sin religión, quieren fe sin fieles, quieren a Cristo sin su Iglesia; y, amigos míos, para nosotros los católicos, esto es absolutamente imposible. El gran teólogo y beato Columba Marmion nos recuerda: «Todos los misterios de Dios-hombre se dan en el establecimiento de su Iglesia. Cristo vino para construirse un cuerpo de miembros, una esposa. Tan cercana e íntima es la unión que Él es la vid y ella las ramas; Él es la cabeza, la Iglesia es su cuerpo; Él es el novio, ella la novia. Unidos, ellos componen lo que san Agustín llamó “el Cristo total”».

Ahora escuchen todos. Ustedes están en las primeras filas de la evangelización. Ustedes están en las primeras filas tratando de llevar luz (lumen) al mundo. Les propongo que este es quizá el reto pastoral más espinoso que enfrentamos nosotros los católicos hoy en día: parece que el mundo no necesita de la Iglesia. Incluso un grupo creciente de católicos ven a la Iglesia como un obstáculo, una distracción. No les estoy diciendo nada nuevo. Ustedes tienen hijos, nietos, que viven así, ¿no? Incluso algunos de ustedes piensan así, no lo sé. Este sentimiento creciente de que podemos tener a Cristo sin su Iglesia hace que los católicos comprometidos se estremezcan. Sí, esto está pasando. Quisiera que vieran los resultados del centro de investigación de Filadelfia, el Pew Research Center, o el centro de investigación aplicada en el apostolado en Washington, D.C. Por primera vez en la historia de la Iglesia católica, en los Estados Unidos, la gente se está identificando como ex-católicos. ¡Uds. conocen las buenas noticias! Adivinen cuál es la denominación cristiana más grande en los Estados Unidos: los católicos romanos. Adivinen cuál es la segunda denominación más grande en los Estados Unidos: la de los ex-católicos, gente que se identifica a sí misma como que fue católica. Ahora, miren, como bien saben, siempre está el grupo de lo que llamábamos católicos “reincididos” o alejados. La diferencia, hoy, es que la gente está abandonando la Iglesia. Antiguamente la gente solía decir: “Soy católico. No practico. Me he alejado. Solía ser católico”. Pero se identificaban aún como católicos. Como suele decir un pícaro periodista en Nueva York, Jimmy Breslin: «Nosotros los católicos nos alejamos con frecuencia, pero cuando nos enfermamos gravemente, regresamos a la Iglesia». ¡Pues ya no más, compañeros! La gente está abandonando la Iglesia, está renunciando a su membresía y uniéndose a otros.

Pero no soy [pesimista como] Chicken Little. Pues hay mucho crecimiento y muy buenas noticias en la Iglesia católica de los Estados Unidos. El año pasado, en la arquidiócesis de Nueva York, más de 3 mil personas se hicieron católicos en la Vigilia Pascual. Gente prominente continúa convirtiéndose al catolicismo. Gracias a la inmigración, la Iglesia está creciendo en los Estados Unidos. Y la abrumadora mayoría de hombres y mujeres católicos permanecen fieles a la fe de sus padres. ¡Aleluya por esto! No canto victoria, debo ser realista sabiendo –no sé si están de acuerdo conmigo o no– que el problema pastoral número uno que confrontamos los católicos, el día de hoy, es que más y más gente no ve la conexión intrínseca entre Jesucristo y su Iglesia.

¿Qué vamos a hacer al respecto? ¿Qué vamos a hacer? Puedo proponer cuatro cosas; hay muchas más y tengo más en mi mente. He dado esta misma plática el lunes pasado, de hecho, y sólo di tres propuestas. Hoy voy a tratar de proponer cuatro. Ya ven cómo voy creciendo constantemente y también aprendiendo. Ciertamente creciendo… La primera vez que me encontré con el Santo Padre Juan Pablo II, después de ser asignado arzobispo de Milwaukee, tuve que asistir a mi visita ad limina, y lo conocía un poco –no pretendo ser de los más conocidos, pero estuve en Roma 7 años como rector y él más o menos me reconoció– y cuando fui para informarle sobre Milwaukee, pude ver que me miró y me dijo: «Ah, me acuerdo de ti, del Colegio Norteamericano. Dime acerca de la arquidiócesis de Milwaukee». Este había sido un año más o menos desde que dejé el rectorado del colegio. Y le dije: «Santo Padre, ¡buenas noticias! La arquidiócesis de Milwaukee está creciendo», y me miró y dijo: «¡También su arzobispo!». Ahora, pues, tengo una declaración infalible… Pero bueno.

Permítanme sugerir cuatro cosas: primero, una visión renovada de la Iglesia; segundo, una apologética renovada; tercero, un sentido renovado de la misión contracultural de la Iglesia; y cuarto, un renovado sentido de arrepentimiento. ¿Están listos? Sólo voy a dedicar dos o tres minutos a cada uno de los puntos, así que no se tienen que preocupar.

Número uno. Sugeriría que tratáramos de cultivar una nueva apreciación de la Iglesia como nuestra familia espiritual. Necesitamos un nuevo modelo de Iglesia como nuestra familia sobrenatural. Ya ven que hay varios modelos de Iglesia. El Card. Avery Dulles –estamos orgullosos de decir que es neoyorkino– escribió un libro sobre modelos de la Iglesia: la Iglesia como comunión, la Iglesia como servidora, la Iglesia como sacramento, y así. Sugiero, amigos, que necesitamos un nuevo modelo para combatir este problema pastoral: la Iglesia como nuestra familia sobrenatural. Escuchen y vean si concuerdan conmigo.

Para nosotros los católicos, nacimos dentro de la Iglesia. Ahora bien, no estoy quitando méritos a los impactantes conversos –Dios los bendiga– que se unen a la Iglesia como adultos. Pero incluso ellos serían los primeros en decirnos que una de las primeras cosas que ellos aprecian de la Iglesia es que es una familia, es algo que existe casi ontológicamente en sus miembros. Es un ahí, es algo dado. Nosotros no elegimos a nuestra familia sobrenatural, la Iglesia, como tampoco elegimos a nuestra familia humana. El catolicismo está en nuestro ADN, en nuestros huesos, en nuestros genes. Ahora, nos podríamos alejar sólo por un momento de nuestra familia espiritual, así como lo hacemos con nuestra familia humana. Nos podríamos escandalizar de nuestra familia sobrenatural, o sentir confusos. ¿Y qué? Pasa lo mismo con nuestra familia humana, ¿o no? he tratado de hacer un árbol genealógico de mi familia, yendo a la raíz en Irlanda, y me detuve después de tres generaciones, estaba avergonzado. Me acuerdo cuando fui rector del Colegio Norteamericano, en Roma, Bob y Dolores Hope… –no cuando fui rector, sino cuando fui estudiante en los años 70– adivinen quién vino a comer un día, pues Bob y Dolores Hope. Entonces Bob Hope tomó el micrófono y dijo: «Estoy aquí por mi esposa, Dolores. Ella es italiana. Y le prometí que la traería a Italia y que buscaríamos encontrar parientes suyos italianos». Luego añadió: «Costó diez mil dólares encontrarlos… y cien mil deshacerme de ellos». Entonces, nos avergonzamos de nuestra familia natural. Tenemos problemas con esto. Y es lo mismo con nuestra familia sobrenatural, pero bueno, ¡nunca la dejamos! Queremos estar con ella los domingos. Queremos estar con ella en Navidad y en Pascua. Queremos estar con ella en los eventos esenciales de la vida, como en el nacimiento y el matrimonio y en la muerte. Y mientras avanzamos en edad, más apreciamos la sabiduría y las enseñanzas que nos ha transmitido. Y nos damos cuenta que de algún modo, querámoslo o no, somos parte de la Iglesia –y digo esto con mucho respeto–, del mismo modo en que somos parte de nuestra familia humana.

Un obispo utilizó recientemente un término muy hermoso. Dijo que nosotros los católicos estamos marinados en la fe. Estamos marinados, hemos crecido así. Entonces la Iglesia no es nada más una institución o una colección de credos y de moral definidos claramente. No es nada más el agente más efectivo de caridad y educación en el mundo de hoy. No es nada más un buen lugar para rezar y alabar, si bien todo esto es esencial. ¡La Iglesia es mi hogar espiritual. Es mi familia!

¿Han leído “El poder y la gloria” de Graham Greene? Han escuchado acerca de Graham Greene, el gran converso del anglicanismo que vino a ser un renombrado escritor internacional británico. Probablemente su libro más famoso se titula “El poder y la gloria”, acerca del triste sacerdote whisky –el sacerdote nunca tuvo un nombre– el triste sacerdote whisky que tenía problemas con la botella pero permanecía fiel a la fe. Y estaba viviendo en los años 20 y 30 en el México severo anticlerical, donde ser un fiel sacerdote era castigado con la muerte. Y está en el aire, está huyendo de los soldados. Y una familia británica, episcopalianos, lo puso en el establo. Y la niña adolescente estaba fascinada con el padre whisky. Y un día le dice: «¿Por qué no renuncias?», «no entiendo», replicó el sacerdote whisky. «Tú sabes», continuó la chicha adolescente, «renuncia a tu fe católica». «Eso es imposible. De ninguna manera. Está fuera de mi poder», replicó el sacerdote whisky. La adolescente escuchaba con atención y dijo: «Ah, es como una marca de nacimiento». Ambos tenían razón. Es como una marca de nacimiento, nuestra fe, un carácter impreso en el bautismo. Y no hay modo de renunciar a ello. Nuestra fe es como una marca de nacimiento. Este es el número uno, amigos míos. Recobremos el sentido de la Iglesia como familia.

Número dos, redescubrir la apologética. ¿Saben a qué me refiero con apologética? Al arte de la credibilidad, y defender y presentar convincentemente la fe católica. Ya estoy cansado –y creo que mis hermanos sacerdotes que están en este salón desafortunadamente dirán que también ellos–, estoy cansado en este tiempo del año, cada año que soy sacerdote –me pasó hace unas semanas, un sábado por la noche en la misa de una parroquia del Bronx–, estoy cansado de tener a una mamá y a un papá que vinieron a mí y dijeron: «Sabe, arzobispo, hace un mes nuestro hijo se fue a la universidad. Él ha estado en una escuela católica desde el kínder. Nos esforzamos lo mejor que pudimos para que creciera en la fe católica. Nunca faltó a la misa dominical. Le hablamos la semana pasada para preguntarle si iría a misa, y nos dijo: “Mamá, papá, no se preocupen. Tengo un compañero de cuarto muy cristiano. Él me señaló dónde está mal la fe católica, y estoy yendo con él a su iglesia evangélica”. ¿Qué hicimos mal?». Eso me preguntaron los papás, y yo les dije: «No, ¿qué hizo mal la Iglesia? Hemos fallado al no convencer a este joven en el arte de la credibilidad, convincentemente defendiendo y presentando su fe. La denominación religiosa de su compañero de habitación no falló en esa área».

Yo digo que tenemos que traer de vuelta la apologética. No me refiero a la combativa, arrogante, que te da en la cara y que ha sido asociada en el pasado. Quiero decir un fundamento en la fe católica que es racional estable, humilde, confiable y además la habilidad de defenderla de comentarios estúpidos, bien sea que vengan de compañeros de habitación, páginas editoriales o comediantes de la tele. La Iglesia católica es la que posee la fe única, verdadera, santa, católica y apostólica. Como el hombre que beatificó Benedicto XVI la semana pasada, en Inglaterra, uno de los intelectuales más radiantes en el siglo XIX, John Henry Newman, cuando se convirtió a la Iglesia católica, escribió: «He llegado a creer que la Iglesia católica romana es la única Iglesia verdadera instituida por Jesucristo». Pertenecemos a la Iglesia que ha sobrevivido al calabozo, al fuego y a la espada. La apologética nos prepara para sobresalir de las críticas irracionales hacia nuestra fe, y para presentarla con claridad, paz, serenidad, confianza y alegría. Necesitamos, hoy más que nunca, de la apologética.

Y número tres. Un sentido renovado de ser contracultural. ¿Qué significa esto? Este es un término del último periodo de Juan Pablo II. La Iglesia es contracultural. La gente no se une a la Iglesia porque se conforma con el mundo, sino porque no lo hace. Invitamos a la gente que conforme sus vidas con las enseñanzas de la Biblia y de Jesucristo, fielmente presentadas en la Iglesia. No los invitamos a una comunidad que quiere cambiar las enseñanzas de Cristo para conformarlas a las modas del día. Tenemos una enseñanza inmutable que siempre es nueva y actual, y no cambia nada más para llenar la editorial de los periódicos élites. Ya ven que las únicas iglesias que crecen hoy en día son aquellas que presentan clara, consistente e irresistiblemente la fe y la moral. Esas religiones que se adaptan constantemente, cambian, vacilan y se rinden a lo que ellos laman “relevancia”, se hacen irrelevantes. Espero no estar ofendiendo a nadie, pero tengo un buen amigo –no católico, así que creo que hago bien al citarlo– que dijo: «¿Sabes cuándo fue la última vez que escuchaste de alguien en su lecho de muerte que se convierta al unitarianismo?». La gente se convierte al catolicismo, así como otras personas quizá se unen a otras denominaciones de fe, porque nos asimos a algo estable. Somos consistentes, somos fieles, somos leales.

¿Tuvieron la oportunidad de leer… –cómo es que este hombre aún tiene trabajo, no me lo explico–, tuvieron la oportunidad de leer el lunes después que el Santo Padre visitó Inglaterra, en la columna editorial del New York Times, del columnista Ross Douthat? No me explico cómo mantiene su trabajo en el New York Times defendiendo al Papa, pero, ¿puedo leerles un extracto de lo que dijo? Está hablando del éxito descomunal de la visita del Papa a Inglaterra. Dice: «La Iglesia de Benedicto y de Juan Pablo II se ha esforzado por mantener la continuidad con la tradición cristiana, incluso al grado de parecer reaccionaria y fuera de lugar. Sí, esto le ha costado a la Iglesia su lugar privilegiado entre los líderes de opinión del Oeste y se ha ganado el desprecio de la opinión en boga. Pero la continuidad, no una adaptación rápida y quizás arriesgada, ha sido siempre el propósito de la Iglesia y el secreto de su fortaleza perdurable. La gente busca a la Iglesia para salvaguardar lo que lograron aquellos visionarios del pasado, los santos y confesores de la fe, para conservar la herencia del catolicismo y proveer un símbolo de unidad al billón de miembros en nuestra Iglesia tan extensa. Buscan a la Iglesia por su amplitud de miras, por la sabiduría que dice que no todo cambio es para lo mejor, y que es mejor aguantar y sobrevivir algunas revoluciones que aceptarlas». Un sentido renovado de ser contracultural.

Y finalmente, cuatro: necesitamos un sentido renovado de arrepentimiento. Necesitamos confesar el lado pecador de la Iglesia. ¡Admitámoslo! Una de las razones por las que tenemos un número creciente de ex-católicos es porque se han sorprendido, entristecido y escandalizado por las acciones pecaminosas de los católicos, incluyendo a la jerarquía y al clero.

¿Han escuchado de Flannery O’Connor, la gran novelista católica del Sur, de Georgia? Ella dijo una vez: «No es el mucho sufrir por la Iglesia lo que me molesta. Es sufrir de Ella». Tiene razón en la apreciación. En su lado humano, Ella puede ser imperfecta, descuidada, torpe y corrupta. Durante el Gran Jubileo del año 2000, el Papa Juan Pablo pidió perdón 55 veces por pecados específicos, errores y escándalos de los miembros de la Iglesia en sus 20 décadas de historia. Cristo, como nos recuerda el teólogo Ronald Rolheiser, es siempre Cristo colgado entre dos ladrones. Y nosotros la amamos apasionadamente aún más. Y no necesitamos esconder el hecho de que el Cuerpo Místico de Cristo tiene verrugas. De hecho, lo anunciamos con trompetas, porque como clamó San Pablo: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia». El escándalo, la estupidez, el pecado en los miembros de la Iglesia no prueban que Ella no es la única Iglesia verdadera, sino que Ella es, de hecho, la única Iglesia verdadera.

Uds. hablan del piropo irlandés. ¿Han escuchado hablar de la gran cita del historiador británico, no católico, Lord Macaulay? Escuchen esta maravilla: «Después de un estudio considerable y con un sentimiento de pesar, como protestante comprometido, debo confesar que creo que la Iglesia católica romana es de origen divino, porque ninguna institución humana dirigida con tanta estupidez hubiera podido sobrevivir una quincena». Recuerdo las bellas palabras del poeta italiano, Carlo Carretto, que escribió en su autobiografía (escuchen estas hermosas palabras acerca de la Iglesia): «¡Cuánto te he criticado, Iglesia mía, si bien cuánto te amo. Sí, me has hecho sufrir. Y, sin embargo, te debo más que nadie. Sí, tú me has dado escándalo, sin embargo, tú me has hecho entender la santidad. Nunca en este mundo he visto algo más comprometido, más falso, que tú, mi Iglesia. Y, sin embargo, nunca había tocado algo tan puro, tan generoso, tan verdadero, tan hermoso. Innumerables veces he sentido como que azoto la puerta de mi alma en tu cara. Y, sin embargo, cada noche oro para no morir sino en tus brazos. No, Iglesia mía, no me puedo librar de ti, puesto que soy uno contigo. Estas en mi sangre. Entonces, ¿a dónde iría? ¿A empezar otra iglesia? No lo podría hacer sin los mismos defectos, porque resulta que también son mis defectos. Entonces sería mi iglesia, no tuya. ¡No! Soy lo suficientemente viejo para saberlo. ¡Yo me quedo en la Iglesia!

Lo que resulta de todo esto, es que tenemos una Iglesia en la cruz. Tenemos una Iglesia herida. ¿Alguna vez se han preguntado qué fue lo que hizo Jesús, la primera vez que se apareció a sus discípulos, después de la resurrección? ¿Qué nos dice el capítulo 20 de San Juan? Lo primero que hizo fue mostrarles sus heridas. Jesús resucitado les mostró sus cinco heridas. Los exegetas nos dicen que hizo eso para decir: «No soy un fantasma. Soy el mismo que estuvo en la cruz el viernes». Sí, es la realidad de la resurrección. Pero yo sugiero que la otra razón por la cual Jesús nos mostró sus heridas es porque incluso en su cuerpo resucitado Él portaba las heridas, e incluso en su Cuerpo Místico, la Iglesia, Él portará las heridas. Somos una Iglesia herida, y eso no es algo malo. El Card. Cahal Daly, el primado emérito de Irlanda, dijo: «Hoy, la Iglesia se encuentra a sí misma en la tierra, de rodillas». Y además, dijo: «No es un mal lugar para estar».

Cuando fui rector del Colegio Norteamericano, en Roma, uno de mis mejores amigos sacerdotes trabajaba como vicerrector, Mons. Bernie. Él es de la diócesis de Scranton. Bernie y yo estuvimos juntos en el seminario, éramos compañeros de clase. Posteriormente, Bernie y yo trabajamos juntos en la nunciatura apostólica en Washington, D.C. Somos como hermanos. Cuando estuvimos juntos en Washington, D.C. –él es un gran atleta, está muy fornido– tanto él como el Arzobispo Laghi, nuncio en el momento, solía salir mucho a jugar ráquetbol por las tardes, y le rogábamos a Bernie que dejara ganar al nuncio, para que no estuviera de mal humor. Pero Bernie no lo permitía, era muy buen atleta. Y un día vino a casa y dijo: «Tim, hoy perdí feo. Mi visión está borrosa, necesito nuevos lentes». Así que fuimos al oculista y éste dijo: «Monseñor, sus ojos están bien. Le sugiero que vea a un neurólogo si le está molestando la vista». Y así lo hizo. Luego regresó y me dijo la mala noticia de que el neurólogo le había dicho que tenía esclerosis múltiple. Dijo: «La buena noticia es que el médico dijo que todavía tengo diez años». Bueno, pues diez años después, Bernie y yo estamos juntos en Roma. Yo soy rector en el Colegio Norteamericano y él es vicerrector. Y casi diez años a la fecha, trágicamente, el doctor estaba en lo correcto, porque la esclerosis múltiple vino fuerte. Y la entera comunidad del seminario fue testigo del deterioro de Mons. Bernard Yerish.

Y un día, él estaba en Misa –era el celebrante– y así que se aproximaba a los tres escalones del púlpito, sus piernas se le doblaron y se cayó, y su cabeza iba directo al altar de mármol. El seminario entero respiró hondo y, gracias a Dios, Bernie en escasos segundos fue capaz de agarrar el altar de mármol y así no se pegó en la cabeza. Y lentamente se fue incorporando, tomó aliento, y dijo: «No creo, de verdad, que seré capaz de continuar a menos que me quede aquí pegado en el altar». Y luego se detuvo y añadió: «Y quizá este sea el mejor sermón que haya dado hasta hoy».

Por eso les digo que esa fue, quizá, la mejor formación al sacerdocio que pudieron recibir esos jóvenes. Este hombre herido, este hombre frágil, este hombre débil, capaz de continuar con una eficacia que no tuvo cuando era fuerte y vigoroso y sano, porque se estaba adhiriendo al altar que representa, claro, a Cristo crucificado. Esa es la Iglesia. Esa es la Iglesia reconociendo su fragilidad, sus heridas, su pecaminosidad, su debilidad en adherirse a Cristo lo más que puede. Necesitamos recobrar y renovar el sentido de arrepentimiento y confesar el lado pecaminoso de la Iglesia.

Esas son mis cuatro recomendaciones, amigos. Un sentido renovado de la Iglesia como familia, un sentido renovado de la apologética, un sentido renovado de ser contracultural y un sentido renovado del arrepentimiento, para que confesemos los pecados de la Iglesia. Para que, si lo hacemos, quizá algún Lumen Institute, en un primer viernes, con otro arzobispo de Nueva York, se escuche que la gente no está dejando la Iglesia, y que la gente se siente atraída por la Iglesia, y que la Iglesia en una oda grandiosa pueda decir, junto con de Lubac, acerca de Jesús y su Iglesia: «¿Qué pudiera haber conocido de Él sin Ella?».

¡Gracias! Dios les bendiga y espero que haya valido la pena la espera.

viernes, 16 de diciembre de 2011

UN VIDEO DOLOROSO

LAS ANTIFONIAS "O"

Las antífonas de la O son siete, y la Iglesia las canta con el Magníficat del Oficio de Vísperas desde el día 17 hasta el día 23 de diciembre. Son un llamamiento al Mesías recordando las ansias con que era esperado por todos los pueblos antes de su venida, y, también son, una manifestación del sentimiento con que todos los años, de nuevo, le espera la Iglesia en los días que preceden a la gran solemnidad del Nacimiento del Salvador.

Se llaman así porque todas empiezan en latín con la exclamación «O», en castellano «Oh». También se llaman «antífonas mayores».

Fueron compuestas hacia los siglos VII-VIII, y se puede decir que son un magnífico compendio de la cristología más antigua de la Iglesia, y a la vez, un resumen expresivo de los deseos de salvación de toda la humanidad, tanto del Israel del A.T. como de la Iglesia del N.T.

Son breves oraciones dirigidas a Cristo Jesús, que condensan el espíritu del Adviento y la Navidad. La admiración de la Iglesia ante el misterio de un Dios hecho hombre: «Oh». La comprensión cada vez más profunda de su misterio. Y la súplica urgente: «ven»

Cada antífona empieza por una exclamación, «Oh», seguida de un título mesiánico tomado del A.T., pero entendido con la plenitud del N.T. Es una aclamación a Jesús el Mesías, reconociendo todo lo que representa para nosotros. Y termina siempre con una súplica: «ven» y no tardes más.

  • Sapientia = sabiduría, Palabra (17 de diciembre):

Oh, Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro confín, y ordenándolo todo con firmeza y suavidad: ven y muéstranos el camino de la salvación. Isaías había profetizado:
  • «Reposará sobre él el espíritu de Yahvéh: espíritu de sabiduría e inteligencia, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de ciencia y temor de Yahvéh. Y le inspirará en el temor de Yahvéh.» Is. 11, 2-3
  • «[...] trazar un plan maravilloso, llevar a un gran acierto.» Is. 28,29 


  • Adonai = Señor poderoso (18 de diciembre):
 
Oh Adonaí, Pastor de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente y en el Sinaí le diste tu ley: ven a librarnos con el poder de tu brazo. Isaías había profetizado:
  • «Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra. Herirá al hombre cruel con la vara de su boca, con el soplo de sus labios matará al malvado. Justicia será el ceñidor de su cintura, verdad el cinturón de sus flancos.» Is. 11, 4-5
  • «Porque Yahvéh es nuestro juez, Yahvéh nuestro legislador, Yahvéh nuestro rey: él nos salvará. Is. 33,22

  • Radix = raíz, renuevo de Jesé (padre de David) (19 de diciembre):
 
Oh Renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos; ante quien los reyes enmudecen, y cuyo auxilio imploran las naciones: ven a librarnos, no tardes más.  Isaías había profetizado:
  • «Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un retoño de sus raíces brotará.» Is. 11,1
  • «Aquel día la raíz de Jesé que estará enhiesta para estandarte de pueblos, las gentes la buscarán, y su morada será gloriosa.» Is. 11,10
  • Jesé era el padre del rey David, y Miqueas había profetizado que el Mesías provendría de la casa y del linaje de David y que nacería en la ciudad de David, Belén. Miq. 5,1 


  • Clavis = llave de David, que abre y cierra (20 de diciembre): 


Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel; que abres y nadie puede cerrar; cierras y nadie puede abrir: ven y libra a los cautivos que viven en tinieblas y en sombra de muerte.  Isaías había profetizado:

  • «Pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; abrirá, y nadie cerrará, cerrará, y nadie abrirá.» Is. 22,22
  • Grande es su señorío y la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino, para restaurarlo y consolidarlo por la equidad y la justicia, desde ahora y hasta siempre, el celo de Yahveh Sebaot hará eso.» Is. 9,6 

  • Oriens = oriente, sol, luz (21 de diciembre): 
Oh Sol que naces de lo alto, resplandor de la luz eterna, Sol de justicia: ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.  Isaías había profetizado:
  • «El pueblo que andaba a oscuras vio una luz grande. Los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos.» Is. 9, 1-2


  • Rex = rey de paz (22 de diciembre): 


Oh Rey de las naciones y Deseado de los pueblos, piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo: ven y salva al hombre, que formaste del barro de la tierra.  Isaías había profetizado:

  • «Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro, y se llamará su nombre "Maravilla de Consejero", "Dios Fuerte", "Siempre Padre", "Príncipe de Paz".» Is. 9,5
  • «Juzgará entre las gentes, será árbitro de pueblos numerosos. Forjarán de sus espadas azadones, y de sus lanzas podaderas. No levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra.» Is. 2,4 

  • Emmanuel = Dios-con-nosotros (23 de diciembre):
 
Oh Emmanuel, rey y legislador nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos: ven a salvarnos, Señor Dios nuestro.  Isaías había profetizado:
  • «Pues bien, el Señor mismo va a daros una señal: He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel.» Is. 7,14 (Emmanuel significa «Dios está con nosotros»). 


Leídas en sentido inverso las iniciales latinas de la primera palabra después de la «O», dan el acróstico «ero cras», que significa «seré mañana, vendré mañana», que es como la respuesta del Mesías a la súplica de sus fieles.

Se cantan -con la hermosa melodía gregoriana o en alguna de las versiones en las lenguas modernas- antes y después del Magníficat en las Vísperas de estos siete días, del 17 al 23 de diciembre, y también, un tanto resumidas, como versículo del aleluya antes del evangelio de la Misa.

Motivos poderosísimos nos obligan a seguir los consejos del grande Apóstol de los tiempos modernos; y a santificar el Adviento, y son:

1º La obediencia al precepto de la Iglesia. “Yo soy la voz que clama en el desierto: preparan los caminos del Señor, endereza sus senderos; la hoz llega ya a la raíz del árbol”. Esta es la excitación del santo Precursor dirigía a los Judíos hace referencia todos los hombres de todos los siglos; Jesucristo vino al mundo por todos, luego, todos tenemos el deber de recibirle, y por miedo de que descuidemos punto tan esencial, la Iglesia, siempre ocupada de la felicidad espiritual de sus hijos, y fiel intérprete de los divinos oráculos cuyo depósito le está confiado, proclama del modo más solemne y obligatorio la excitación del santo Precursor durante todo el tiempo del Adviento. La Judea se conmovió a los acentos de la voz profética que resonaba a orillas del Jordán; los sacerdotes, los levitas, los militares, los publicanos, los pecadores de toda clase acudían en tropel pidiendo el bautismo de de la penitencia; la misma resuena en nuestros templos, y ¿por ventura tenemos nosotros menos necesidad de conversión y de penitencia? ¿Acaso debemos temer menos al Dios que viene ahora como Salvador, y vendrá un día como Juez? Dejaremos que la Iglesia nos repita en vano: “Preparen sus corazones; pues su carne evrá en breve al Salvador enviado de Dios”?

2º La gratitud hacia el Salvador. ¿Qué era el hombre antes de la encarnación del Salvador? ¿Qué somos sin él? Pobres, ciegos, esclavos, víctimas del demonio, del pecado y del infierno, ¡cuánto le debemos! Y ¿qué no hizo el Hijo de Dios para iluminarnos, para librarnos, para rescatarnos, para devolvernos nuestros perdidos derechos? Un Dios que reviste la forma de esclavo, que se resigna a todas las miserias de la miserable humanidad; un Dios pobre, un Dios niño; ¿nada dirá esto a nuestro Corazón? Nosotros que somos agradecidos al menor beneficio, ¡no lo seremos por un Dios que se da él mismo a nosotros!

3º Nuestro interés espiritual. La fuente de gracia es inagotable y mana en todos tiempos; mas las grandes fiestas son días más propicios, días en que se derraman las gracias con mayor abundancia; pues la Iglesia, animada entonces del mismo espíritu, ofrece a Dios un más solemne homenaje, le dirige oraciones más fervientes, y le conmueve con sus sinceras lágrimas. Jesucristo nació para conseguir nuestra salvación, mas no concede sus gracias sino a los que se presentan con un corazón preparado para recibirlas; y las disposiciones que hallo en nosotros son la medida de sus favores. Pues bien, ¿no tenemos algo, mucho o poco que pedirle? Descendamos al fondo de nuestro corazón, interroguemos nuestra vida pasada, nuestro estado presente, nuestro porvenir, y el abismo de nuestras miserias contestará por nosotros.

Oración

Dios mío, que eres todo amor, gracias te doy por haber establecido el santo tiempo del Adviento con el fin de prepararme para la fiesta de Navidad; concédeme las gracias de que lo pase santamente.

Me propongo amar a Dios sobre todas cosas, y a mi prójimo como a mí mismo por amor a Dios; y en testimonio de este amor, repetiré mientras dure el Adviento la siguiente oración: Divino Niño Jesús, ven a nacer en mi corazón



DOS BESOS EN UN PESEBRE


En 1994 dos americanos respondieron una invitación que les hiciera llegar el Departamento de Educación de Rusia, para enseñar moral y ética en las escuelas públicas, basada en principios bíblicos.

Debían enseñar en prisiones, negocios, el departamento de bomberos, de la policía y en un gran orfanato.

En el orfanato había casi 100 niños y niñas que habían sido abandonados y dejados en manos del Estado.

De allí surgió esta historia relatada por los mismos visitantes:

Se acercaba la época de las fiestas navideñas de 1994, los niños del orfanato iban a escuchar por primera vez la historia tradicional de la Navidad.

Les contamos acerca de María y José llegando a Belén, de cómo no
encontraron lugar en las posadas, por lo que debieron ir a un establo, donde finalmente el niño Jesús nació y fué puesto en un pesebre.

A lo largo de la historia, los chicos y los empleados del orfanato no podían contener su asombro.

Algunos estaban sentados al borde de la silla tratando de captar cada palabra. Una vez terminada la historia, les dimos a los chicos tres pequeños trozos de cartón para que hicieran un tosco pesebre.

A cada chico se le dió un cuadrito de papel cortado de unas servilletas amarillas que yo había llevado conmigo. En la ciudad no se podía encontrar un solo pedazo de papel de colores.

Siguiendo las instrucciones, los chicos cortaron y doblaron el papel cuidadosamente, colocando las tiras como paja.

Unos pequeños cuadritos de franela, cortados de un viejo camisón que una señora americana se olvidó al partir de Rusia, fueron usados para hacerle la manta al bebé.

De un fieltro marrón que trajimos de los Estados Unidos, cortaron la figura de un bebé.

Mientras los huérfanos estaban atareados armando sus pesebres, yo caminaba entre ellos para ver si necesitaban alguna ayuda. Todo fue bien hasta que llegué donde el pequeño Misha, estaba sentado.

Parecía tener unos seis años y había terminado su trabajo.

Cuando miré el pesebre quedé sorprendido al no ver un solo niño dentro de él, sino dos.

Llamé rápidamente al traductor para que le preguntara por qué había dos bebés en el pesebre.

Misha cruzó sus brazos y observando la escena del pesebre comenzó a repetir la historia muy seriamente.

Por ser el relato de un niño que había escuchado la historia de Navidad una sola vez estaba muy bien, hasta que llegó la parte donde María pone al bebé en el pesebre.

Allí Misha empezó a inventar su propio final para la historia, dijo: "Y cuando María dejó al bebé en el pesebre, Jesús me miró y me preguntó si yo tenía un lugar para estar.

Yo le dije que no tenía mamá ni papá y que no tenía un lugar para estar.

Entonces Jesús me dijo que yo podía estar allí con El. Le dije que no podía, porque no tenía un regalo para darle.

Pero yo quería quedarme con Jesús, por eso pensé qué cosa tenía que pudiese darle a El como regalo; se me ocurrió que un buen regalo podría ser darle calor.

Por eso le pregunté a Jesús: "Si te doy calor, ¿ese sería un buen regalo para ti? "Y Jesús me dijo: Si me das calor, ese sería el mejor regalo que jamás haya recibido.

"Por eso me metí dentro del pesebre y Jesús me miró y me dijo que podíaquedarme allí para siempre."

Cuando el pequeño Misha terminó su historia, sus ojitos brillaban llenos delágrimas empapando sus mejillas; se tapó la cara, agachó la cabeza sobre la mesa y sus hombros comenzaron a sacudirse en un llanto profundo.

El pequeño huérfano había encontrado a alguien que jamás lo abandonaría ni abusaría de él.

¡Alguien que estaría con él para siempre!

Y yo aprendí que no son las cosas que tienes en tu vida lo que cuenta, sino a  quiénes tienes, lo que verdaderamente importa.



jueves, 15 de diciembre de 2011

QUAMQUAM PLURIES

CARTA ENCÍCLICA QUAMQUAM PLURIES
DEL SUMO PONTÍFICE
LEÓN XIII
SOBRE LA DEVOCIÓN A SAN JOSÉ


A nuestros
Venerables Hermanos los Patriarcas, Primados, Arzobisposy otros Ordinarios, en paz y unión con la Sede Apostólica.

1. Aunque muchas veces antes Nos hemos dispuesto que se ofrezcan oraciones especiales en el mundo entero, para que las intenciones del Catolicismo puedan ser insistentemente encomendadas a Dios, nadie considerará como motivo de sorpresa que Nos consideremos el momento presente como oportuno para inculcar nuevamente el mismo deber. Durante periodos de tensión y de prueba —sobre todo cuando parece en los hechos que toda ausencia de ley es permitida a los poderes de la oscuridad— ha sido costumbre en la Iglesia suplicar con especial fervor y perseverancia a Dios, su autor y protector, recurriendo a la intercesión de los santos —y sobre todo de la Santísima Virgen María, Madre de Dios— cuya tutela ha sido siempre muy eficaz. El fruto de esas piadosas oraciones y de la confianza puesta en la bondad divina, ha sido siempre, tarde o temprano, hecha patente. Ahora, Venerables Hermanos, ustedes conocen los tiempos en los que vivimos; son poco menos deplorables para la religión cristiana que los peores días, que en el pasado estuvieron llenos de miseria para la Iglesia. Vemos la fe, raíz de todas las virtudes cristianas, disminuir en muchas almas; vemos la caridad enfriarse; la joven generación diariamente con costumbres y puntos de vista más depravados; la Iglesia de Jesucristo atacada por todo flanco abiertamente o con astucia; una implacable guerra contra el Soberano Pontífice; y los fundamentos mismos de la religión socavados con una osadía que crece diariamente en intensidad. Estas cosas son, en efecto, tan notorias que no hace falta que nos extendamos acerca de las profundidades en las que se ha hundido la sociedad contemporánea, o acerca de los proyectos que hoy agitan las mentes de los hombres. Ante circunstancias tan infaustas y problemáticas, los remedios humanos son insuficientes, y se hace necesario, como único recurso, suplicar la asistencia del poder divino. 
 
2. Este es el motivo por el que Nos hemos considerado necesario dirigirnos al pueblo cristiano y exhortarlo a implorar, con mayor celo y constancia, el auxilio de Dios Todopoderoso. Estando próximos al mes de octubre, que hemos consagrado a la Virgen María, bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario, Nos exhortamos encarecidamente a los fieles a que participen de las actividades de este mes, si es posible, con aún mayor piedad y constancia que hasta ahora. Sabemos que tenemos una ayuda segura en la maternal bondad de la Virgen, y estamos seguros de que jamás pondremos en vano nuestra confianza en ella. Si, en innumerables ocasiones, ella ha mostrado su poder en auxilio del mundo cristiano, ¿por qué habríamos de dudar de que ahora renueve la asistencia de su poder y favor, si en todas partes se le ofrecen humildes y constantes plegarias? No, por el contrario creemos en que su intervención será de lo más extraordinaria, al habernos permitido elevarle nuestras plegarias, por tan largo tiempo, con súplicas tan especiales. Pero Nos tenemos en mente otro objeto, en el cual, de acuerdo con lo acostumbrado en ustedes, Venerables Hermanos, avanzarán con fervor. Para que Dios sea más favorable a nuestras oraciones, y para que Él venga con misericordia y prontitud en auxilio de Su Iglesia, Nos juzgamos de profunda utilidad para el pueblo cristiano, invocar continuamente con gran piedad y confianza, junto con la Virgen-Madre de Dios, su casta Esposa, a San José; y tenemos plena seguridad de que esto será del mayor agrado de la Virgen misma. Con respecto a esta devoción, de la cual Nos hablamos públicamente por primera vez el día de hoy, sabemos sin duda que no sólo el pueblo se inclina a ella, sino que de hecho ya se encuentra establecida, y que avanza hacia su pleno desarrollo. Hemos visto la devoción a San José, que en el pasado han desarrollado y gradualmente incrementado los Romanos Pontífices, crecer a mayores proporciones en nuestro tiempo, particularmente después que Pío IX, de feliz memoria, nuestro predecesor, proclamase, dando su consentimiento a la solicitud de un gran número de obispos, a este santo patriarca como el Patrono de la Iglesia Católica. Y puesto que, más aún, es de gran importancia que la devoción a San José se introduzca en las prácticas diarias de piedad de los católicos, Nos deseamos exhortar a ello al pueblo cristiano por medio de nuestras palabras y nuestra autoridad.

3. Las razones por las que el bienaventurado José debe ser considerado especial patrono de la Iglesia, y por las que a su vez, la Iglesia espera muchísimo de su tutela y patrocinio, nacen principalmente del hecho de que él es el esposo de María y padre putativo de Jesús. De estas fuentes ha manado su dignidad, su santidad, su gloria. Es cierto que la dignidad de Madre de Dios llega tan alto que nada puede existir más sublime; mas, porque entre la santísima Virgen y José se estrechó un lazo conyugal, no hay duda de que a aquella altísima dignidad, por la que la Madre de Dios supera con mucho a todas las criaturas, él se acercó más que ningún otro. Ya que el matrimonio es el máximo consorcio y amistad —al que de por sí va unida la comunión de bienes— se sigue que, si Dios ha dado a José como esposo a la Virgen, se lo ha dado no sólo como compañero de vida, testigo de la virginidad y tutor de la honestidad, sino también para que participase, por medio del pacto conyugal, en la excelsa grandeza de ella. El se impone entre todos por su augusta dignidad, dado que por disposición divina fue custodio y, en la creencia de los hombres, padre del Hijo de Dios. De donde se seguía que el Verbo de Dios se sometiera a José, le obedeciera y le diera aquel honor y aquella reverencia que los hijos deben a sus propio padres. De esta doble dignidad se siguió la obligación que la naturaleza pone en la cabeza de las familias, de modo que José, en su momento, fue el custodio legítimo y natural, cabeza y defensor de la Sagrada Familia. Y durante el curso entero de su vida él cumplió plenamente con esos cargos y esas responsabilidades. El se dedicó con gran amor y diaria solicitud a proteger a su esposa y al Divino Niño; regularmente por medio de su trabajo consiguió lo que era necesario para la alimentación y el vestido de ambos; cuidó al Niño de la muerte cuando era amenazado por los celos de un monarca, y le encontró un refugio; en las miserias del viaje y en la amargura del exilio fue siempre la compañía, la ayuda y el apoyo de la Virgen y de Jesús. Ahora bien, el divino hogar que José dirigía con la autoridad de un padre, contenía dentro de sí a la apenas naciente Iglesia. Por el mismo hecho de que la Santísima Virgen es la Madre de Jesucristo, ella es la Madre de todos los cristianos a quienes dio a luz en el Monte Calvario en medio de los supremos dolores de la Redención; Jesucristo es, de alguna manera, el primogénito de los cristianos, quienes por la adopción y la Redención son sus hermanos. Y por estas razones el Santo Patriarca contempla a la multitud de cristianos que conformamos la Iglesia como confiados especialmente a su cuidado, a esta ilimitada familia, extendida por toda la tierra, sobre la cual, puesto que es el esposo de María y el padre de Jesucristo, conserva cierta paternal autoridad. Es, por tanto, conveniente y sumamente digno del bienaventurado José que, lo mismo que entonces solía tutelar santamente en todo momento a la familia de Nazaret, así proteja ahora y defienda con su celeste patrocinio a la Iglesia de Cristo.

4. Ustedes comprenden bien, Venerables Hermanos, que estas consideraciones se encuentran confirmadas por la opinión sostenida por un gran número de los Padres, y que la sagrada liturgia reafirma, que el José de los tiempos antiguos, hijo del patriarca Jacob, era tipo de San José, y el primero por su gloria prefiguró la grandeza del futuro custodio de la Sagrada Familia. Y ciertamente, más allá del hecho de haber recibido el mismo nombre —un punto cuya relevancia no ha sido jamás negada— , ustedes conocen bien las semejanzas que existen entre ellos; principalmente, que el primer José se ganó el favor y la especial benevolencia de su maestro, y que gracias a la administración de José su familia alcanzó la prosperidad y la riqueza; que —todavía más importante— presidió sobre el reino con gran poder, y, en un momento en que las cosechas fracasaron, proveyó por todas las necesidades de los egipcios con tanta sabiduría que el Rey decretó para él el título de "Salvador del mundo". Por esto es que Nos podemos prefigurar al nuevo en el antiguo patriarca. Y así como el primero fue causa de la prosperidad de los intereses domésticos de su amo y a la vez brindó grandes servicios al reino entero, así también el segundo, destinado a ser el custodio de la religión cristiana, debe ser tenido como el protector y el defensor de la Iglesia, que es verdaderamente la casa del Señor y el reino de Dios en la tierra. Estas son las razones por las que hombres de todo tipo y nación han de acercarse a la confianza y tutela del bienaventurado José. Los padres de familia encuentran en José la mejor personificación de la paternal solicitud y vigilancia; los esposos, un perfecto de amor, de paz, de fidelidad conyugal; las vírgenes a la vez encuentran en él el modelo y protector de la integridad virginal. Los nobles de nacimiento aprenderán de José como custodiar su dignidad incluso en las desgracias; los ricos entenderán, por sus lecciones, cuáles son los bienes que han de ser deseados y obtenidos con el precio de su trabajo. En cuanto a los trabajadores, artesanos y personas de menor grado, su recurso a San José es un derecho especial, y su ejemplo está para su particular imitación. Pues José, de sangre real, unido en matrimonio a la más grande y santa de las mujeres, considerado el padre del Hijo de Dios, pasó su vida trabajando, y ganó con la fatiga del artesano el necesario sostén para su familia. Es, entonces, cierto que la condición de los más humildes no tiene en sí nada de vergonzoso, y el trabajo del obrero no sólo no es deshonroso, sino que, si lleva unida a sí la virtud, puede ser singularmente ennoblecido. José, contento con sus pocas posesiones, pasó las pruebas que acompañan a una fortuna tan escasa, con magnanimidad, imitando a su Hijo, quien habiendo tomado la forma de siervo, siendo el Señor de la vida, se sometió a sí mismo por su propia libre voluntad al despojo y la pérdida de todo.

5. Por medio de estas consideraciones, los pobres y aquellos que viven con el trabajo de sus manos han de ser de buen corazón y aprender a ser justos. Si ganan el derecho de dejar la pobreza y adquirir un mejor nivel por medios legítimos, que la razón y la justicia los sostengan para cambiar el orden establecido, en primer instancia, para ellos por la Providencia de Dios. Pero el recurso a la fuerza y a las querellas por caminos de sedición para obtener tales fines son locuras que sólo agravan el mal que intentan suprimir. Que los pobres, entonces, si han de ser sabios, no confíen en las promesas de los hombres sediciosos, sino más bien en el ejemplo y patrocinio del bienaventurado José, y en la maternal caridad de la Iglesia, que cada día tiene mayor compasión de ellos.

6. Es por esto que —confiando mucho en su celo y autoridad episcopal, Venerables hermanos, y sin dudar que los fieles buenos y piadosos irán más allá de la mera letra de la ley— disponemos que durante todo el mes de octubre, durante el rezo del Rosario, sobre el cual ya hemos legislado, se añada una oración a San José, cuya fórmula será enviada junto con la presente, y que esta costumbre sea repetida todos los años. A quienes reciten esta oración, les concedemos cada vez una indulgencia de siete años y siete cuaresmas. Es una práctica saludable y verdaderamente laudable, ya establecida en algunos países, consagrar el mes de marzo al honor del santo Patriarca por medio de diarios ejercicios de piedad. Donde esta costumbre no sea fácil de establecer, es al menos deseable, que antes del día de fiesta, en la iglesia principal de cada parroquia, se celebre un triduo de oración. En aquellas tierras donde el 19 de marzo —fiesta de San José— no es una festividad obligatoria, Nos exhortamos a los fieles a santificarla en cuanto sea posible por medio de prácticas privadas de piedad, en honor de su celestial patrono, como si fuera un día de obligación.

7. Como prenda de celestiales favores, y en testimonio de nuestra buena voluntad, impartimos muy afectuosamente en el Señor, a ustedes, Venerables Hermanos, a su clero y a su pueblo, la bendición apostólica.

Dado en el Vaticano, el 15 de agosto de 1889, undécimo año de nuestro pontificado. 

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