martes, 14 de septiembre de 2010

ORIGEN DE LA IGLESIA ANGLICANA Y SU POSIBLE UNION CON LA IGLESIA CATOLICA

MARIA REINA Y MADRE PARA SIEMPRE... visitanos: http://mariamcontigo.ning.com/ TRAS LOS PASOS DE UN SANTO... http://mariamjuanpbloii.blogspot.com/
Con motivo de la beatificación del cardenal John Henry Newmam, el papa Benedicto XVI visita el Reino Unido los próximos días 16 al 19 de este mes de septiembre por invitación de la reina Isabel II y de su gobierno, que le recibirán en Edimburgo, el día de su llegada.

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Dicha vista tiene tres objetivos: el discurso y encuentro del Papa con la sociedad y cultura inglesas en Westminster Hall, el encuentro y celebración ecuménica con el arzobispo de Canterbury y Primado de la Iglesia anglicana, y la beatificación del célebre cardenal Newmam en Birmingham.

 La población del Reino Unido es 59.381.000 habitantes, de los cuales son católicos: 5.300.000 laicos, 59 obispos, 3.819 sacerdotes diocesanos, 1.406 sacerdotes religiosos, 6.155 religiosas profesas, 160 miembros pertenecientes a Institutos Seculares y 2.977 parroquias. 

 Con esta ocasión, humildemente, quisiera recordar el origen de la separación de la Iglesia anglicana de la Iglesia católica, estudiando sus causas, sus protagonistas, sus circunstancias políticas internacionales con su acción y reacción, y encontrar una posible solución a la unión de ambas Iglesias, como quiso el benemérito y siervo de Dios, cardenal Newmam, modelo a seguir.

 Vincent Nichosl, arzobispo de Westminster y presidente de la Conferencia de  Inglaterra Episcopal Católica de Inglaterra y Gales, escribe en el Observatorio Romano: “el cardenal Newmam fue un estudioso de gran profundidad, un escritor y poeta de méritos admirables, un sacerdote de parroquia muy querido por todos los que le conocieron. Era un hombre que entendía que la mente y el corazón deben andar a la par en grandes empresas de la vida, la más grande de las cuales es la búsqueda de Dios y de la relación salvífica con Él”.  

Pues bien, el rey Enrique VIII del Reino Unido es el gran protagonista y fundador de la Iglesia nacional anglicana. Nace el 28 de junio de 1491 en Greenwich. Era hijo del rey Enrique VII, fundador de la dicha dinastía Tudor, y de su esposa Isabel de York, y nieto por via paterna de Eduardo Tudor, conde de Richmond, y de Margarita Beaufort. Su padre gobierna y mantiene el poder real con mano firme, pone a raya a la nobleza y amontona dinero. Prefiere la diplomacia a la guerra para solucionar sus problemas y asuntos políticos. A su muerte en 1509, dejará una fortuna de dos millones de liras esterlinas al erario público inglés.

 El padre de nuestro gran protagonista, tuvo de su esposa Isabel, además, otros dos hijos llamados: Arturo, príncipe de Gales, y Margarita. Pide para su hijo Arturo la mano de Catalina de Aragón, nacida el 15 de diciembre de 1485, en Alcalá de Henares a sus padres, la reina Isabel de Castilla (1451-1504) y el rey Fernando II de Aragón (1452-1516). Ambos Reyes Católicos eran primos y  oriundos de la dinastía de los Trastamara, fundada por el rey Enrique II de Castilla, hijo bastardo del rey Alfonso XI y de Leonor Pérez de Guzmán y Ponce de León, dama sevillana y oriunda de León.
  En 1501, la princesa Catalina de Aragón, con el fin de contraer matrimonio con Arturo, príncipe de Gales, viaja por tierras castellanas y gallegas para embarcar en A Coruña con dirección al Reino Unido. Le acompañan, entre otros magnates, el arzobispo Alonso Fonseca II de Santiago de Compostela, que a la sazón se hallaba en Alcalá de Henares. Visita la iglesia basílica catedral compostelana, ora ante la tumba del apóstol Santiago, ve funcionar el botafumeiro, que casualmente ese día se desprende su amarre cayendo al suelo, pero sin víctimas y heridos.

 Prosigue su viaje A Coruña, desde donde se embarca con su séquito al Reino Unido. Desembarca el 2 de octubre de 1501 en Plymouth. Su matrimonio con Arturo, que contaba 14 años, se celebra con gran pompa, falleciendo al poco tiempo, en abril de 1502, sin consumar ambos contrayentes el matrimonio y quedando Catalina de Aragón viuda y viviendo en dicho reino.

 En 1503, por deseos de su suegro, el rey Enrique VII, la viuda Catalina de Aragón se promete en matrimonio con su hijo Enrique VIII, nuestro gran protagonista, que contaba 12 años de edad y era un niño inquieto, aficionado a los juegos, caprichoso y muy distinto a ella, ya que Catalina, de 18 años, era de costumbres y prácticas religiosas católicas firmes y rígidas, heredades de su madre, la reina Isabel. En dicho año, el rey Enrique VII casa a su hija Margarita con Jacobo IV de Escocia. 

 Los Reyes Católicos tuvieron, además, de Catalina, otros cuatro hijos más: un varón, llamado Juan, y tres hembras, Isabel, Juana y Maria. Juan casa con Margarita de Austria, hija de Maximiliano I de los Habsburgo de Austria y emperador del Sacro Imperio Germánico Romano, falleciendo al poco tiempo debido a su constitución débil.  Isabel casa con el rey Manuel I, el Afortunado de Portugal, que fallecida en 1500, casa con su hermana María. En 1497, Juana (1479-1555) casa con Felipe, el Hermoso, señor de Flandes y de Borgoña e hijo de Maximiliano I de los Habsburgo de Austria y emperador de Imperio de la Sacro Imperio Germánico Romano, de cuyo matrimonio nacen  cinco hijos: Leonor, Carlos, María, Isabel, Catalina y Fernando.

 Leonor casará con el rey Manuel de Portugal y en segundas nupcias con el rey Francisco I de Francia. Carlos, futuro rey de España y emperador de Alemania, con la princesa Isabel de Portugal. María, con el rey Luis II de Hungría. Isabel, con el rey Cristian II de Dinamarca. Catalina, con el rey Juan II de Portugal y Fernando, con Ana de Bohemia y Hungría, al que su hermano Carlos le cederá el Sacro Imperio Romano Germánico.

  En 1504, Juana hereda, por testamento de su madre, el reino de Castilla con las posesiones de las Indias, y por el de su padre el reino de Aragón con las posesiones de Nápoles, Sicilia y Norte de África, pero al hallarse incapacitada para gobernar por sus condiciones sicológicas de trastorno mental, la corona de dichos reinos pasa a su hijo Carlos I según las dichas disposiciones testamentarias de sus abuelos. Su madre Juana, retirada en Tordesillas del poder político del gobierno de los reinos de Castilla y de Aragón, fallecerá en 1555.

 En 1517, su hijo, el rey Carlos I toma posesión de dichos reinos, que adelante conformarán el reino de España, y en 1519, hereda en representación de su padre difunto, Felipe el Hermoso, el Sacro Imperio Germánico Romano por muerte de su abuelo Maximiliano I de Austria y es nombrado su emperador por los electores alemanes, con la oposición del rey Francisco I de Francia que tambien pretendía dicho imperio. 

Me paro en el estudio de estas citadas y poderosas dinastías y familias reales  por la importancia que la genética, educación, religión, política, costumbres y personalidad de ellas  tendrán en las vidas y relaciones de convivencia, fidelidad y respeto entre el rey Enrique VIII y la reina Catalina de Aragón como personas, esposos y reyes.    

 En 1509, por fallecimiento de su padre en dicho año, Enrique VIII hereda el Reino Unido, contando 18 años.  En este mismo año se une en matrimonio con nuestra protagonista Catalina de Aragón, de 24 años, viuda de su hermano Arturo, con la aprobación unánime de Parlamento inglés. Cumplía así su compromiso que había adquirido con su padre de casarse con ella. 

 El rey Enrique VIII tuvo dos etapas: una, antes de su divorcio, y otra, después del mismo. En la primera, se muestra como esposo y padre amante, hábil y culto estratega político y militar y se ufanaba de ser rey católico y ortodoxo. Sus relaciones con su esposa la reina Catalina son normales teniendo cinco hijos, tres varones y dos hembras, sobreviviendo una sola mujer, María, que nace el 18 de febrero de 1515 en Greenwich. La presentan cariñosamente a los embajadores y magnates del reino, como ornato de su corte, timbre de su poder y esperanza risueña de sus vidas. 

Como hábil y cuto estratega militar, en 1513, vence a los franceses en la batalla “de las espuelas”. Firma la paz con el rey Luis XII de Francia por consejo del paciente cardenal Wolsey, su mano derecha y gran consejero, que le resuelve todos los problemas y ejecuta fielmente sus órdenes, y  da a dicho rey francés a su hermana María por esposa. En 1520, apoya políticamente al emperador Carlos V, sobrino de la reina Catalina, que deseaba casar a su hija María con él, pero por circunstancias políticas casará con su prima, la princesa Isabel de Portugal, de cuyo matrimonio nacerá el rey Felipe II de España.

 En 1521, el rey Enrique VIII, hombre de convicciones religiosas y preocupado por la religión cristiana, publica el libro Assentio septem sacramentorum contra Lutherum, por lo que el papa Adriano VI le honra con el título de Defensor Fidei. En 1522, el rey Enrique VIII conoce a Ana Bolena, hija de Tomas Boleyn. Había llegado a la corte real inglesa como dama de compañía de la reina Catalina. Anteriormente, había estado en la corte real francesa de París entre los años 1519 al 1521. Su hermana María se hallaba ya en la corte inglesa, con la que el rey Enrique VIII había tenido  relaciones amorosas.

 En 1525, el rey Enrique VIII se alía con la política de Francia y de los Estados Pontificios, dirigida por el papa Clemente VII, para hacerle frente al poder del emperador Carlos V  en Italia, cuyas tropas españolas y alemanas habían vencido a las francesas en la batalla de Pavia, y su rey Francisco I había sido hecho prisionero y llevado a Madrid. 

  En 1527, el rey Enrique VIII, apasionado y ambicioso y deseando tener un hijo varón, se enamora de Ana Bolena, ambiciosa protagonista cortesana, y pide la nulidad eclesiástica de su matrimonio con la reina Catalina al papa Clemente VII, que se hallaba sitiado en Santángelo por las tropas españolas y alemanes del emperador Carlos V. Alega que su matrimonio con Catalina no es válido, en base a que ella anteriormente había estado casada con su hermano Arturo, príncipe de Gales, y había consumado su matrimonio con él.

 Clemente VII, sobrino de Lorenzo de Médicis, había sido elegido Papa en el consistorio turbulento del 18 de septiembre de 1523 en unas circunstancias difíciles y borrascosas de la Iglesia católica y de la política internacional por las guerras entre españoles, franceses y venecianos, por las cuestiones territoriales en Italia, por la reforma protestante en Alemania que amenazaba extenderse a Francia y por la amenaza de la separación de la Iglesia anglicana de la Iglesia católica en el caso de no concederle la nulidad matrimonial al rey Enrique VIII.

 El papa Clemente VII le contesta al rey Enrique VIII dando dilaciones y delega su caso en los cardenales Wolsey y Campeggio para que lo estudien y resuelvan, reservándose la solución definitiva. Con arreglo a las leyes eclesiásticas no podía anularlo. Por otra parte, Clemente VII habia formado la Liga Clementina político-militar con el rey Francisco I de Francia y que el rey Enrique VIII del Reino Unido apoyaba para defender los Estados Pontificios contra las tropas de emperador Carlos V en Italia, que, además, se oponía a la nulidad de su  matrimonio con la reina Catalina, tía suya y hermana de su madre, la reina Juana.

En vista de ello, el condestable francés Borbón, jefe de las fuerzas militares del emperador Carlos V, asalta con su tropa Roma muriendo de un tiro de arcabuz cuando trepaba un muro de dicha ciudad. Su ejército, lleno de odio y venganza por la muerte de su condestable que lo idolatraba, se apodera de Roma cometiendo horribles escenas de dolor, muerte y destrucción, cuyos principales autores fueron los soldados alemanes luteranos.

El papa Clemente VII, refugiado en el castillo de Santángelo, tuvo que huir a otro lugar más seguro. La noticia de tal suceso consterna y escandaliza a Europa. El emperador Carlos V la recibe en Valladolid estando celebrando el nacimiento de su hijo Felipe. Escribe al Papa y a los príncipes cristianos lamentando dicho acontecimiento acaecido sin su voluntad y sin su conocimiento.

En este espacio de tiempo, el cardenal Wolsey, primero y después el cardenal Campeggio que se había desplaza desde Roma a Inglaterra dan su opinión negativa sobre la nulidad del matrimonio del rey Enrique VIII con la reina Catalina después de oír a los parlamentarios laicos y a obispos ingleses. El cardenal Wolsey, que había prestado al rey Enrique VIII tantos y tan útiles servicios, pierde confianza del rey, cae en desgracia y muere en oscuras circunstancias. El cardenal Campeggio regresa a Roma e informa negativamente al papa Clemente VII sobre dicho caso.

En 1528, el rey Enrique VIII, por consejo de Tomás Cromwell, nombra un tribunal presido Crammer, de tendencias protestantes, para que falle sobre su nulidad matrimonial. Cita a la reina Catalina a declarar sobre la legitimidad de su matrimonio con el rey Enrique VIII, pero ella la rehúsa manteniendo con entereza la validez y legitimidad de su matrimonio y considerándose legítima reina del Reino Unido.

 El rey Enrique VIII impaciente decide hacer vida marital con su amada Ana Bolena, y por indicación de Crammer traslada la consulta de la nulidad de su matrimonio a las universidades inglesas y extranjeras. En 1529, por consejo de Tomás Cromwell convoca al Parlamento inglés, hechura de su política, para que apoye sus pretensiones y apruebe el Acta de Apelaciones, por la cual se prohíba a los tribunales eclesiásticos apelar a Roma lo aprobado y sentenciado en el Reino Unido.

A principios del año 1530, el emperador Carlos V visita a Clemente VII, que se había desligado de la política del rey Francisco I de Francia. Se presenta Papa como el gran defensor de la causa católica contra los protestantes, de la paz entre los cristianos y de la guerra contra los paganos. El 24 de febrero de este año, Clemente VII, en agradecimiento, le corona como emperador del Sacro Imperio Romano Germano en Bolonia. Ambos son partidarios de un concilio ecuménico para concretar las soluciones a los problemas eclesiales, pero mientras el Papa era partidario de vía dogmática, el emperador Carlos V era de la via disciplinaria.

En 1533, el rey Enrique VIII, por consejo de Tomas Cromwell, nombra arzobispo de Canterbury al protestante Crammer, quien declara disuelto el matrimonio del rey Enrique VIII con la reina Catalina y se divorcia de ella. Pide a su canciller Tomás Moro que acepte su divorcio de la reina Catalina, pero se niega a dicha petición y  pide la dimisión de dicho cargo. En adelante, comienza la segunda etapa del rey Enrique VIII en la que se mostrará pasional, despótico, cruel y tirano perdiendo la honra y la consideración de sus súbditos.

En el día de Pentecostés  de este año de 1533, el rey Enrique VIII se casa con Ana Bolena en la iglesia de Wetminster y la proclama reina del Reino Unido, que esperaba un hijo suyo. Nombra canciller del Reino Unido, en sustitución de Tomás Moro, a Tomas Cromwell que era un jurista ayudante del cardenal Wolsey. Por indicación de su nuevo canciller Tomás Cromwell, el rey Enrique VIII despoja a los monasterios de sus bienes eclesiásticos y los pasa al patrimonio de la corona real del Reino Unido.

Por fuerte presión sicológica de Ana Bolena, el rey Enrique VIII retira a la reina Catalina la corona real, la recluye en el castillo de Kimbolton y le reduce sus ingresos y personal a su servicio. Separa a su hija María de su madre, la reina Catalina, la obliga asistir a la boda y coronación de su madrastra, Ana Bolena, a ver el trono, mesa y tálamo de su madre ocupado por ella y a asistir al parto de su nueva hermanastra Isabel.

 Es más, su padre que le había dado el ser, por presión de Ana Bolena, le presenta a su hija María un documento a su firma para que reconociese la ilegitimidad de su apellido Tudor y la legitimidad de la Iglesia anglicana como independiente de la autoridad papal. Le anula sus títulos de heredera del reino de Inglaterra y los transfiere a su hermanastra Isabel, hija de Ana Bolena, en base a que ella era adulterina y que su hija Isabel es la legítima. 

María Tudor, educada en la religión católica, prácticas, virtudes morales y políticas de su católica madre Catalina, sufre y llora amargamente los despegos y desamor de su padre el rey Enrique VIII hacia su querida madre y hacia ella. Su educación religiosa y moral le sirve de consuelo y alivio en sus sufrimientos y tristezas.

El 11 de julio de 1533, el papa Clemente VII, informado del divorcio del rey Enrique VIII con la reina Catalina y de su nuevo matrimonio con Ana Bolena llevados a cabo por el arzobispo Crammer de Canterbury, los declara nulos, y amenaza al rey con excomulgarle. El 7 de octubre de este año, nace en Greenwich la niña Isabel, hija del rey Enrique VIII con su amada Ana Bolena.

En 1534, el Parlamento del Reino Unido, a indicación del canciller Cromwell, por el Acta de Supremacía, declara nula la autoridad papal como cabeza de la Iglesia anglicana y nombra al rey Enrique VIII su cabeza suprema, con la oposición el cardenal Fischer, arzobispo de Winchester, y del lor y ex-canciller Tomás Moro, quienes defienden la autoridad del Papa como cabeza suprema de la Iglesia universal según la tradición cristiana. Por tal motivo, ambos son condenados a muerte y decapitados. Sus injustas y crueles asesinatos causan una gran consternación en toda Europa y un profundo pesar y dolor en la Santa Sede. 

El 25 de septiembre de 1534 fallece el papa Clemente VII, y el 13 de octubre de dicho año, Alejandro Farnesio, persona de poder y gobierno, es elegido Papa con el nombre de Paulo IV. En 1538, publicará la bula de Deposición del rey Enrique VIII del Reino Unido. En 1540, aprobará la orden religiosa de la Compañía de Jesús, y en 1545 convocará el concilio de Trento para resolver las cuestiones dogmáticas protestantes luteranas.  

El 15 de enero de 1536, Catalina de Aragón fallece en el castillo de Kimbolton considerándose reina del Reino Unido y protestando con entereza contra las injusticias de que era víctima por parte de su marido el rey Enrique VIII, pero sin rencor. En sus últimos de su vida le escribe una carta en la que le hace unas cariñosas advertencias  sobre cómo conservar la fe cristiana para poder salvar su alma y cómo mirar por su hija María. El rey al leerla lloró, pero sin enmendarse siguió persiguiendo a los partidarios de la reina Catalina y a cuantos se le cruzaban en sus propósitos.

 La muerte de su querida madre Catalina y las injusticias, contrariedades, tribulaciones y amarguras que ha padecido y sufrido por parte de su padre el rey Enrique VIII causan a María Tudor un estado de ánimo triste, penoso y amargo que la hará estar enferma en el resto de sus días y  generar en ella dolor, rabia y ansias de hacer justicia vindicativa, que acusará como reina del Reino Unido.

En este mismo año de 1536, en el que fallece la reina Catalina, el rey Enrique VIII decapita a Ana Bolena, su segunda esposa, en Tow Green, acusándola de adulterio incestuoso con su hermano, lor Rochfort, que también le guillotina días después. Al poco tiempo, casa con Juana Seymour, que había sido dama de la reina Ana Bolena, de la que, al año siguiente, nace su hijo Eduardo, falleciendo ella de parto.

 Inmediatamente, el rey Enrique VIII desea cansarse con una cuarta mujer. Por consejo de su canciller Tomás Cromwell, que le engaña con un retrato de marfil de Holbein, elige por esposa a la princesa Ana de Cleves, perteneciente a una de las familias más nobles de Francia y creyendo que era una dama muy hermosa. Cuando la ve delgadísima en el dormitorio, de torpes modales, de irregulares facciones y picada de viruelas, queda desencantado y manda decapitar a canciller Tomás Cromwell por haberle engañado. 

Seguidamente en agosto de 1540, el rey Enrique VIII se une matrimonio con Catalina Howard, su quinta esposa, que fallece decapitada en febrero de 1541, alegando que le había ocultado relaciones anteriores con un apuesto y noble joven. Después de un año de viudez, en 1542, elige por sexta esposa a Catalina Parr, viuda de dos lores, Nevill y Latimer.

Catalina Parr era famosa por la finura de sus facciones y por la gracia de su conversación. Estuvo a punto de matarla no por celos, sino por considerarla herética. Se salva de ser guillotinada al decirle que no le hablase de cosas peligrosas, porque el hombre que había sido creado a imagen de Dios, le toca hablar de cosas divinas, y la mujer criada a la imagen del hombre debe pensar en cosas divinas como piensa el hombre.

El rey Enrique VIII fallece el 28 de enero de 1547 a los 56 años de edad y 38 de rey del Reino Unido dejando testamento hecho, por el cual reconoce y nombra legítimos herederos suyos del Reino Unido a sus tres hijos por el siguiente orden: Eduardo, María e Isabel. Para Maria, la muerte de su padre no serena su corazón, ya que fue un tirano para ella y un verdugo para su madre Catalina, aunque la reconoce como legítima heredera del Reino Unido después de su citado medio hermano.

 La coronación de su medio hermano Eduardo IV como rey del Reino Unido, a la edad de 13 años, preocupa e entristece a María que contaba 32 años de edad, no solo por ser ella la verdadera hija legítima y más antigua descendiente del rey Enrique VIII, sino porque Eduardo IV era partidario de la religión cristiana anglicana y la protegía.

 Su padre, aunque no reconocía la autoridad del Papa como cabeza de la Iglesia Anglicana, al menos, respetaba el dogma, el culto, la liturgia y cánones de la Iglesia católica, cosa que no hacía su medio hermano el rey Eduardo IV, educado en el protestantismo por los lores ingleses y enriquecidos con los bienes eclesiásticos. Es más, influenciado por el arzobispo Crammer de Canterbury, prohibe las misas y proclama los dogmas luteranos.

 María, muy contrariada en sus creencias y en su piedad católica, le ruega insistentemente al rey Eduardo IV no cambie ni innove cosa alguna en la cuestión religiosa católica. El duque de Somerset, valido real y hermano de Juana Seymour, madre del joven rey Eduardo IV, aunque apreciaba a María, desoye por completo sus peticiones, y la requiere para que deje asistir y participar en la misa ortodoxa católica que diariamente oía en el más secreto en el palacio. Pero ella luchando contra todos y contra todo, mantiene su fe católica aprendida de su madre Catalina y regada con sus lágrimas. 

El duque de Somerset caído en desgracia ante su sobrino el rey Eduardo IV, lo sustituye por el duque de Northumberland, quien conspira contra las princesas María e Isabel suplantando sus derechos y tratando de nombrar reina de Reino Unido a una nuera suya, pariente del rey Enrique VIII, cuando fallezca el rey Eduardo IV. Con esta finalidad, Northumberland manda decapitar al duque de Somerset que protegía a su sobrina la princesa Isabel.

En 1553, el joven rey Eduardo IV fallece de una gravísima enfermedad, que los médicos no pudieron curar, y que una bruja curandera con sus potingues lo lleva al cementerio, contando 19 años de edad y 6 de reinado, y sin la presencia de sus medias hermanas, María y Isabel, a las que el duque Northumberland oculta dicho suceso por largo tiempo. Se lo da a conocer cuando tenía todo preparado para deshacerse de ellas. Lleva a su nuera Juana Grey según el ceremonial real a la Torre de Londres para a continuación conducirla a la abadía de Westminster y allí ser coronada reina del Reino Unido.

 Entonces, María Tudor, avisada de todo lo que dicho duque tramaba contra su persona y sus derechos, evoca la legalidad, la justicia y los derechos de heredera a la corona  del Reino Unido por testamento de su padre, el rey Enrique VIII, y consigue formar un numeroso ejército popular para defenderla y salvarla. Puesta al frente del mismo, como un general, destruye y aniquila dicha conspiración y usurpación real. Su conspirador y usurpador, el duque de Northumberland, muere en el cadalso haciendo muestras de adhesión al culto católico. 

En 1553, María Tudor, acompañada de su media hermana Isabel, de Juana de Cleves, sexta esposa repudiada el rey Enrique VIII, y de una gran cometida de obispos, lores y damas, es coronada reina del Reino Unido en la abadía de Westminster bajo el canto del Veni Creator Santi Spíritu y Tedeum laudamus, según lo establecido por normas ceremoniales antiguas inglesas. A continuación, se celebra un banque en el palacio de Westminster en el que participan los primeros lores y damas.  

A propuesta de la reina María, el nuevo Parlamento del Reino Unido declara nulo el divorcio de su padre el rey Enrique con su madre Catalina. Anula todas las normas religiosas contrarias al culto católico ordenadas por su medio hermano el rey Eduardo VII bajo severas penas a su desobediencia. Prohibe, sin su autorización bajo pena de muerte, predicar a los sacerdotes, traducir a los intérpretes y vender libros a los libreros. Encierra en prisión a los obispos anglicanos y persigue a los anglicanos protestantes. Dominada la insurrección que estas medidas provocaron, manda ejecutar a más de 200 personas, entre ellas a Juana Grey, denominándola los protestantes y anglicanos  “sanguinaria”.

 Se une a la política del papa Paulo IV y guerrea contra Francia perdiendo Calais. Por mandato suyo, el canciller Gardiner presenta a la Cámara de los Lores y a la de los Comunes el matrimonio de la reina María Tudor con Felipe II, a la sazón, rey de Nápoles y de Sicilia y heredero de los reinos de España, para su consideración y aprobación. Lo fundamenta en que María, como mujer y como reina, tiene el derecho de elegir esposo y consorte real que más convenga a su persona y a los intereses políticos de la monarquía del Reino Unido. Ambas Cámaras lo aprueban como esposo y rey consorte de la reina María.

 El 12 de julio de 1554, Felipe II, por consejo de su padre  Carlos V, embarca en A Coruña con su séquito con dirección a Inglaterra con el fin de contraer dicho matrimonio la reina María. El emperador Carlos veía muy bien el matrimonio de su hijo con su prima María Tudor que tanto la estimaba, quería y defendía, como anteriormente estimaba, quería y defendía a su madre la reina Catalina que era tía suya. Felipe II desembarca en Southampton, donde descansa unos días, dirigiéndose después  a Winchester, donde le aguardaba la reina María.

El 25 de julio de 1554 llega a dicha ciudad. Le recibe el obispo de la dicha diócesis que era, a la vez, el canciller del reino del Reino Unido. Le acompaña y le introduce en la catedral, a donde a los pocos minutos, llega la reina María. Se leen las capitulaciones del contrato matrimonial que ambos cónyuges aceptan. A continuación, el obispo los une en matrimonio dando ellos su consentimiento matrimonial. La reina María Tudor contaba 39 años y el rey Felipe II tenía 27 años.

 Fortalecido el poder político de reina María con su matrimonio con el rey Felipe II, ella ordena devolver los bienes eclesiásticos a los monasterios y a los cabildos y restaurarlos. Encarcela y condena a muerte, previo juicio, a ciertos defensores de la Iglesia anglicana. Concretamente, al arzobispo luterano y anglicano Crammer de Canterbury, muriendo ejecutado, por haber dado la sentencia de divorcio de su padre Enrique VIII con su madre la reina Catalina.

El regreso de su esposo Felipe II a España para atender y hacerse cargo de su gobierno de los reinos de España amargan la vida de la reina María Tudor. Austera en sus costumbres y alejada de todos los placeres de la vida, no halla compensación alguna al sentimiento amoroso de su alma en la soledad de su trono. Su salud se resiente y empeora con el paso del tiempo, falleciendo el 27 de noviembre de 1558, contando 42 años.

El 18 de octubre de 1558, por testamento del rey Enrique VIII, la princesa Isabel, hija de Ana Bolena, es nombrada reina del Reino Unido, a la edad de 25 años. Se había educado al lado de sus hermanos María y Eduardo bajo la tutela de Catalina Parr, última esposa de su padre. Al principio de su reinado respetó las costumbres, órdenes y política de su media hermana, la reina María, pero luego influenciada por los obispos y lores anglicanos y protestantes las anula. Restablece la Iglesia anglicana, las normas y costumbres de su padre Enrique VIII y de su medio hermano Eduardo IV y persigue a los católicos condenando y mandando ejecutar a muchos.

 Si bien la política económica de la reina Isabel, dirigida por su ministro Cecil mejora la economía del Reino Unido, sin embargo, su política internacional es injusta con España por haber ayudado a los protestantes holandeses a independizarse en los Países Bajos, por sus ataques al comercio español procedente de América, por haber mandado ejecutar a María Estuardo y perseguir a los católicos.

 El rey Felipe II, fortalecido por anexión de Portugal a España y contando con todos sus efectivos militares y marinos, manda una gran escuadra marítima, La Armada Invencible, que sale de Lisboa en mayo de 1588, para derribarla del poder real al reina Isabel. Pero las fuertes tempestades marítimas y los ataques de la armada del Reino Unido, dirigidos por la audaz y experto marino Drake, la destruyen La Armada Invencible era mandada por el duque de Medina Sidonia, soldado valeroso pero inexperto marino, por fallecimiento del marqués de Santa Cruz. La reina Isabel fallece el 26 de marzo de 1603, terminando con ella la dinastía Tudor.

 Este es, pues, el  origen de la Iglesia nacional anglicana. Su diferencia con la Iglesia católica es que defiende y sostiene que su cabeza suprema no es el Papa, sino el Rey o Reina de Reino Unido. Su coincidencia es que la Iglesia anglicana sostiene y mantiene los mismos dogmas, sacramentos, culto y liturgia de la Iglesia católica, aún después de haber pasado cuatro siglos y medio de su existencia. Pues bien, aunque es importante lo que separa a ambas Iglesias, es más importante lo que las une.

 Ante ello, nos preguntamos, ¿es posible la unión fraterna entre ambas Iglesias, a pesar de la mucha sangre derramada y de los muchos odios, rencores e injusticias entre ellas. En mi humilde opinión, creo, que es que posible, si ambas Iglesias tratan de perdonar el pasado, olvidar sus diferencias y lo que les desune, y fijarse más en sus coincidencias y en lo que las une  a luz del concepto bíblico de Iglesia, que san Pablo da en su epístola a los Efesios: “la Iglesia es el Cuerpo místico cuya cabeza es Cristo”.
 Según dicho texto bíblico, la cabeza suprema de la Iglesia es Cristo. La Iglesia católica y la Iglesia anglicana como cuerpo místico cristiano, pues, no tienen más que una cabeza suprema que es Cristo, regida bajo la ley fundamental evangélica del amor fraterno. Jesús en su Ultima Cena, como despedida de este mundo, dice a sus discípulos y a nosotros: “Un precepto nuevo os doy, que os améis los unos a los otros como yo os he amado, así también amaos mutuamente. En esto conoceréis que sois mis discípulos” (Jn. 13, 34-35).

Ahora bien, históricamente la tradición cristiana consideró a los obispos como cabezas de sus iglesias particulares, dándole una autoridad especial a los obispos de las sedes apostólicas y una autoridad espacialísima sobre la Iglesia universal al obispo de Roma por ser sucesor del apóstol san Pedro, fundamentada en las palabras de Jesús: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos, y todo lo que ates o desates en la tierra será atado y desatado en el cielos” (Mt. 16, 18-20).

Conforme a ello, obispo de Roma, como sucesor del apóstol Pedro, ha ejercido siempre una autoridad suprema sobre la Iglesia universal desde sus inicios, obsediéndole miles de millones de cristianos a través de la historia de la humanidad, y aunque ha sido contestada por millones de cristianos ortodoxos orientales, protestantes, calvinistas, anglicanos…,sin embargo, miles de teólogos, reyes, príncipes, emperadores, presidentes, sabios y científicos la ha reconocido y respetado.

El papa Benedicto XVI, pues, como cabeza de la Iglesia católica por un lado, y la reina Isabel del Reino Unido, como cabeza de la Iglesia anglicana junto con el arzobispo de Canterbury por otro, deben encontrarse cordialmente y humildemente y tratarse como hermanos y miembros de una única Iglesia, Cuerpo místico, cuya cabeza suprema es solamente Jesucristo, para hallar un entendimiento y una solución a la unión de ambas Iglesias, católica y anglicana.

José Barros Guede - A Coruña, 14 de septiembre de 2010.



 

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