martes, 19 de julio de 2011

MISAS CANTADAS O CANTOS EN LA MISA ¿?

SIGUENOS EN TWITTER: @PORTALMARIA... PORTAL: "ALIANZA DE AMOR" http://mariamcontigo.ning.com ... FACEBOOK: MARIA REINA Y SEÑORA (Grupo y Página)


¿ MISAS CANTADAS O CANTOS EN LA MISA?
“¡Despiértate, alma mía!
¡Despertare cítara y arpa!
Quiero despertar a la aurora.
Te alabaré ante todos los pueblos,
Señor, te ensalzaré delante de las naciones.
Porque tu amor es grande hasta los cielos;
tu lealtad alcanza las nubes”
Sal 57, 9. 11.
Fuente: Blanca Mijares


He tenido la oportunidad de asistir a celebraciones eucarísticas de todo tipo:

Por ejemplo, he estado en Misa en países ex socialistas, donde la Iglesia ha sido perseguida por muchos años y donde fue una grata sorpresa ver comunidades cristianas vivas, con celebraciones eucarísticas bellísimas y con una espiritualidad que hasta la fecha me emociona profundamente. Celebraciones con coros bellísimos y una música que aunque no entendía lo que decía era una invitación a la comunicación íntima con Dios y que, además, permitía ir siguiendo el orden de la celebración y por lo tanto, la participación activa en ella. No cabe duda que la música es el lenguaje universal de la belleza, que es capaz de unir a la comunidad cristiana, para que eleve su mirada hacia las alturas y abra su corazón al Bien, a la Belleza y a la Bondad absolutos, es decir, al mismo Dios. Al unir música y oración en la alabanza armoniosa a Dios y de sus obras, estas celebraciones, ayudan a glorificar a su Creador. Y no sólo eso, San Agustín veía en la música un medio estimulante de nuestra flaqueza y un auxilio de la cortedad de nuestros vuelos: “como a través de nuestra escucha atenta (de las melodías), nuestro ánimo se afecta y surgen de él sentimientos piadosos”. Nos enseña sobre la bondad de la música que acerca el alma a Dios: “Dios, a la manera de médico que pone miel en los bordes de los vasos que contienen la amarga pero saludable medicina nos da sus palabras mezcladas con las suaves modulaciones y cantilenas; y, de esta suerte, aun aquellos que apenas son capaces de retener las verdades santas, cantando salmos en casa y en el campo, y en todas partes, se van instruyendo insensiblemente. El canto de los Salmos une los corazones por la concordia de voces, recrea los ánimos, engrandece y decora las solemnidades, causa cierta dulce tristeza, y hasta los corazones más empedernidos arranca lágrimas” (San Agustín Prólogo de las Enarrationes, edición de los Maurinos)

En cambio, he asistido a celebraciones que verdaderamente te ahuyentan y confunden, con música estridente, batería, guitarra eléctrica, y un tipo de música que más que incitar al recogimiento, daban ganas de salir corriendo, por el volumen y el tipo de música rock que adaptaban para la celebración. Este tipo de celebraciones dan más tristeza que gusto, porque aunque estén llenas de jóvenes que cantan y bailan, están muy lejos del sentido profundo que tiene la Eucaristía, la espiritualidad cristiana y la dignidad de un templo cristiano donde habita el mismísimo Dios-Encarnado. Es verdad que tienen una valiosa función y gran importancia la música y el canto para una participación más activa e intensa en las celebraciones litúrgicas, pero hay que destacar también, la necesidad de librarla de impropiedades de estilo, de formas de expresión descuidadas, de músicas y textos desaliñados o vulgares y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra y de la dignidad de quienes participan en él. Para mí el rock es la antítesis de la música que proviene del Espíritu Santo, que lleva al encuentro interpersonal con Cristo y que eleva al hombre hasta el Padre para darle gloria y alabarlo con profunda reverencia, ya que embota los sentidos y distrae al corazón amoroso.

Puede ser muy ilustrativo para descubrir el sentido e importancia del canto analizar un ejemplo de su papel dentro de la Biblia, pues es una de las palabras más usadas en ella: en la Biblia encontramos la primera mención del canto del pueblo inmediatamente después del paso del mar Rojo. Israel se ha visto definitivamente libre de la servidumbre, ha experimentado la fuerza salvadora de Dios, ha sido sacado de las aguas, se siente agradecido con el don de la vida proveniente de la mano de Dios. Y en un primer momento “Creyeron en el Señor y en Moisés, su siervo” (Ex 14, 31). Y “Entonces Moisés y los hijos de Israel cantaron este cántico a Yahveh” (Ex 15,1). Este es el mismo canto que los cristianos entonamos en la Vigilia Pascual, con un significado nuevo: tenemos también la certeza de haber sido sacados de las aguas por el poder de Dios que nos libera para que gocemos de la vida verdadera. Como dice Ratzinger en “Introducción al espíritu de la liturgia”: “Y es que cuando el hombre llega a establecer una relación íntima con Dios, no basta el lenguaje hablado. En estos momentos se despierta mecanismos de su ser que por sí mimos desembocan en cántico” (…) el ser del hombre en cuanto tal no es suficiente para expresar aquello que está en él. Él invita a la creación entera a unirse a su voz, a convertirse en cántico de acción de gracias junto a él”

La Iglesia continuando la antigua tradición bíblica, a la que se atuvieron el mismo Jesucristo y los Apóstoles (Mt 26, 30; Ef 5, 19; Col 3, 16), a lo largo de toda su historia ha favorecido el canto en las celebraciones litúrgicas, proporcionando, según la creatividad de cada cultura, estupendos ejemplos melódico de los textos sagrados en los ritos tanto Occidentales como Orientales. Y recientemente, con la renovación llevada a cabo por el Concilio Vaticano II, se produjo un desarrollo del canto popular religioso, del que la Sacrosanctum Concilium dice: “Foméntese con empeño el canto popular religioso, de modo que en los ejercicios piadosos y sagrados y en las propias acciones litúrgicas puedan resonar las voces de los fieles”. Este canto es particularmente apto para la participación de los fieles no sólo en las prácticas de devoción, “según las normas y preceptos de las rúbricas”, sino también en la liturgia misma. El canto popular constituye “un vínculo de unidad y una expresión de alegría de la comunidad en oración, fomenta la proclamación de la única fe y da a las grandes asambleas litúrgicas una solemnidad incomparable y sobria”.

San Agustín decía: “Todos los efectos de nuestro espíritu se ven estimulados por la dulce variedad de las modulaciones propias que se utilizan cotidianamente al hablar y al cantar,…..”. Inspirado en esto, Santo Tomás señalaba:” Y por consiguiente, dice, fue determinado sabiamente que los cantos se emplearan en las divinas alabanzas para que los espíritus enfermos se sintieran inclinados a la devoción”.

Por eso, es importante recordar, a quienes lo han olvidado, el aporte de San Pío X en relación al tema de la finalidad de la Música Sagrada. Ya que él tras una situación lamentable de la música de Iglesia, que tuvo lugar a finales del siglo XIX, en donde el ambiente teatral en el tema de la música, había invadido el ambiente sagrada de la liturgia, tanto en estilo como en forma, San Pío X, con valor hizo frente al desorden y envilecimiento del tesoro musical sagrado y afirmaba: “Según la doctrina de los Padres de la Iglesia, cánones de los Concilios, Bulas de los Papas, Decretos de la Sagrada Congregación y por la misma naturaleza del asunto, la Santa Iglesia sólo admite en la Liturgia el canto y la música que responda plenamente al fin general de la misma Liturgia la gloria de Dios y la salvación de los fieles”. Además, “La música contribuye a aumentar el decoro y esplendor de las solemnidades religiosas, y así como su oficio principal consiste en revestir de adecuadas melodías el texto litúrgico que se propone a la consideración de los fieles, de igual manera su propio fin consiste en añadir mayor eficacia al texto mismo, para que por tal medio se excite más la devoción de los fieles y se preparen mejor a recibir los frutos de la gracia, propia de la celebración de los sagrados ministerios” (Tra le Sollicitudine.art.112). Y para “mantener y procurar el decoro de la casa de Dios”, San Pío X publicó el motu proprio “Tra le sollecitudini”, que tenía como objeto la renovación de la música sagrada en las funciones del culto. Con él daba a la Iglesia indicaciones concretas en la liturgia, presentándolas “como código jurídico de la música sagrada”. La música sagrada, que San Pío X presenta como medio de elevación del espíritu a Dios y como valiosa ayuda para los fieles en la “participación activa en los sacrosantos misterios y en la pública y solemne oración de la Iglesia”, es muy importante rescatarla en este momento que vivimos, en que en aras de la creatividad o de la captación, se cae en la superficialidad y la relativización de los signos y del sentido de la celebración Eucarística.

El Concilio Vaticano II en el capítulo VI de la Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, recuerda la función eclesial de la música sagrada:

a) Expresar con mayor delicadeza la oración.
b) Fomentar la unanimidad.
c) Enriquecer de mayor solemnidad los ritos sagrados.
“La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable que sobresale entre las demás expresiones artísticas, porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne”.

El Concilio recuerda que los cantos sagrados han sido alabados tanto por la sagrada Escritura como por los Santos Padres y los Romanos Pontífices, quienes en los últimos tiempos han expuesto con mayor precisión la función ministerial de la música sagrada en el servicio divino. Por ejemplo, el Papa Benedicto XIV, con la encíclica Annus qui (19 de febrero de 1749), Pío XII, con las encíclicas Mediator Dei (20 de noviembre de 1947), Musicae sacrae disciplina (25 de diciembre de 1955) y el Papa Pablo VI que tradujo esos principios en normas concretas, sobre todo por medio de la instrucción Musicam sacram.

No hay que olvidar que los padres del Concilio Vaticano II no dejaron de reafirmar esos principios, con vistas a su aplicación a las nuevas condiciones de los tiempos. Y es necesario referirse constantemente a esos principios de inspiración conciliar para promover, en conformidad con las exigencias de la reforma litúrgica, un desarrollo que esté a la altura de la tradición litúrgico-musical de la Iglesia.

El texto de la Constitución Sacrosanctum Concilium, en el que se afirma que la Iglesia “aprueba y admite en el culto divino todas las formas artísticas auténticas dotadas de las debidas cualidades”, encuentra los criterios adecuados de aplicación en la instrucción Musicam sacram. A la luz del magisterio de San Pío X y teniendo en cuenta los pronunciamientos del Concilio Vaticano II, se pueden deducir algunos principios fundamentales, con la intención de hacer que la música litúrgica responda cada vez más a su función específica:

  • Tener como punto de referencia la santidad: de hecho, “la música sagrada será tanto más santa cuanto más estrechamente esté vinculada a la acción litúrgica”.
  • Precisamente por eso, “no todo lo que está fuera del templo (profanum) es apto indistintamente para franquear sus umbrales”: afirmaba Pablo VI, comentando un decreto del concilio de Trento, que, “si la música —instrumental o vocal—, no posee al mismo tiempo el sentido de la oración, de la dignidad y de la belleza, se impide a sí misma la entrada en la esfera de lo sagrado y de lo religioso”. Por lo tanto, vemos como la categoría de “música sagrada” que ahora padecemos en algunos templos, se ha ampliado a tal punto, que incluye repertorios que no pueden entrar en la celebración sin violar el espíritu y las normas de la liturgia misma.
  • No puede haber música destinada a la celebración de los ritos sagrados que no sea antes “arte verdadero”, capaz de tener la eficacia que se propone la Iglesia al admitir en su liturgia el arte de los sonidos.
  • Y, sin embargo, esa cualidad por sí sola no basta, pues la música litúrgica debe responder a sus requisitos específicos: la plena adhesión a los textos que presenta, la consonancia con el tiempo y el momento litúrgico al que está destinada, y la adecuada correspondencia a los gestos que el rito propone. Los diversos momentos litúrgicos exigen una expresión musical propia, siempre idónea para expresar la naturaleza propia de un rito determinado, ya proclamando las maravillas de Dios, ya manifestando sentimientos de alabanza, de súplica o incluso de tristeza por la experiencia del dolor humano, pero una experiencia que la fe abre a la perspectiva de la esperanza cristiana.
  • El canto y la música requeridos por la reforma litúrgica deben responder también a exigencias legítimas de adaptación e inculturación: toda innovación en esta delicada materia debe respetar criterios peculiares, como la búsqueda de expresiones musicales que respondan a la implicación necesaria de toda la asamblea en la celebración y eviten, al mismo tiempo, cualquier concesión a la ligereza y a la superficialidad. También se han de evitar las formas de “inculturación” elitistas, que introducen en la liturgia composiciones antiguas o contemporáneas que quizá tienen valor artístico, pero que utilizan un lenguaje incomprensible para la mayoría.
  • En este sentido, san Pío X indicó —usando el término universalidad— otro requisito de la música destinada al culto: “Aun concediéndose a toda nación que admita en sus composiciones religiosas aquellas formas particulares que constituyen el carácter específico de su propia música, este debe estar de tal modo subordinado a los caracteres generales de la música sagrada, que ningún fiel procedente de otra nación experimente al oírla una impresión que no sea buena”. En otras palabras, el ámbito sagrado de la celebración litúrgica jamás debe convertirse en un laboratorio de experimentaciones o de prácticas compositivas y ejecutivas introducidas sin una esmerada verificación.

Creo que un buen ejemplo de lo dicho antes, es el que vemos en la parroquia de la Inmaculada Concepción de Tlachichuca, Puebla, donde, con el fin de favorecer un espacio de encuentro y formación litúrgica, mediante dinámicas y temas, de quienes desempeñan el ministerio del canto y la música, especialmente en la Eucaristía, se ofreció un curso de Canto Litúrgico para “Mariachis” en el que participaron los coros parroquiales y más de 120 mariachis. La clausura y entrega de reconocimientos se realizó mediante una celebración Eucarística que presidió el Arzobispo de Puebla, Mons. Víctor Sánchez Espinosa, acompañado del párroco de Tlachichuca, padre Constantino Colín Acata y de las religiosas Siervas de Nuestra Señora de la Soledad, quienes impartieron el curso.

Habiendo reconocido y favorecido siempre la Iglesia el progreso de las artes, no hay que sorprenderse, sino que alegrarse de que, además del canto gregoriano y la polifonía, la Iglesia admita en las celebraciones también la música más moderna, con tal de que respete tanto el espíritu litúrgico como los verdaderos valores del arte. Por eso, se permite a las Iglesias en las diversas naciones valorizar, en las composiciones destinadas al culto, “aquellas formas particulares que constituyen el carácter específico de su propia música”, como en México y en muchos países de América Latina son los “Mariachis”. Santo Tomás de Aquino decía: “la alabanza vocal es necesaria para mover el corazón del hombre y elevarlo a Dios. Todo aquello que sea útil para conseguir este fin tiene cabida en las alabanzas divinas”; es bueno que los mariachis acompañen el canto en la liturgia, siempre que “acompañen”, es decir, que motiven al canto a la asamblea y no utilicen melodías profanas para cantar lo religioso sino que sean músicas realmente creadas para tal fin. 
 
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

GRACIAS POR TU COMENTARIO, PRONTO ESTAREMOS COMUNICANDONOS CONTIGO...

CON AMOR, MARIAM...

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...