miércoles, 9 de octubre de 2013

LO QUE NOS DISTINGUE


UNA ORACIÓN QUE DISTINGUE: "EL PADRE NUESTRO"
-Manuel Cantero-


             En nuestra ESCUELA DE ORACIÓN estamos desarrollando y orando con el Padrenuestro como forma distintiva del discípulo de Cristo. A esa “Escuela de Oración” (del viernes 18 –tercero del mes-) remito para quien guste y pueda ahondar en este modo de ORAR (que no de “rezar”).
 
             Dice San Lucas -[11, 1-4]- que Jesus oraba en cierto lugar. No es extraño que sus discípulos veían la postura y compostura, la profundidad y hondura de todo su ser, inmerso en aquella oración. Es evidente que no era la típica oración judía ante un muro y moviendo la cabeza como un junco. No había nada de eso. Jesús no estaba “diciendo” oraciones. Veían algo muy distinto de lo que estaban acostumbrados. Jesús realmente ORABA.
 
             Por eso cuando Jesús se vino hacia ellos, un discípulo suyo le pidió que les enseñase, porque cada Maestro tenía como emblema de su magisterio un modo característico de orar; así lo había hecho el Bautista.
 
             Y Jesús les dijo: “Cuando ORÉIS, decid: Padre, santificado sea tu nombre; venga tu reino; danos cada día el pan del mañana; perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo. Y no nos dejes caer en tentación.  Ya podemos observar las variedades que presenta respecto de Mateo. San Lucas ha extraído el néctar esencial. De ahí saldrá todo lo demás. Y no sólo como modo de orar (que sería lo más fácil) sino como modo de vivir (que es –en realidad- lo que debe distinguir).
 
             Por lo pronto lo excepcionalmente distintivo –y casi impensable para un judío- es que a Dios se le habla como PADRE. Se le siente Padre, y eso obliga a vivir como hijo (que no es poco lo que eso pide, puesto que un hijo será quien agrada a su padre, y no “el que no lo maltrata). Junto a mí, el otro y el otro están orando igual… Varios “hijos” sintiendo a Dios “Padre”, están definiéndose HERMANOS.  Y eso no es una palabra. Es un modo de vivir lo que está exigiendo. ¡Y esto tiene mucha tela que cortar…! Cojamos cada uno nuestras tijeras.
 
             SANTIFICADO SEA TU NOMBRE. De por sí, Dios ya es Santo, como el oro es oro esté donde esté. Cierto que el oro en medio del vaho o del barro no brilla. El oro en una joyería, reluce. Dios es Santo. La cuestión es cómo se puede manifestar su santidad según “en dónde”… Por eso no es que yo proclamo o deseo la santidad de Dios, sino cuál el expositor en mí de esa joya que es Dios.  Yo tengo la tremenda capacidad de empañar su santidad o de hacerla relucir. Por eso “la gente” habla de Dios más por lo que ve en nosotros que por lo que es Dios mismo (a quien nadie ve). En mi santidad se manifestará la de Dios, aunque Él es Santo conmigo o sin mí.
 
             VENGA TU REINO. La verdad es que ve uno tal distancia con la santidad de Dios, que queda uno necesitado de suplicar. Que sea Dios quien invada con su santidad y realice su reinado en nosotros. Cierto que Jesús nos ha manifestado cómo se desarrolla el reino de Dios. Pero más pequeños nos vemos al descubrir la distancia que nos separa. ¡Que venga Dios y que reine!, que implante su reino de verdad y de vida, de santidad y de gracia, de justicia de amor y de paz. [Habría que desarrollar cada característica de esas].
 
             Dos variantes presenta Lucas ahora: no hace referencia a que se haga la voluntad de Dios, seguramente porque va implícito en lo anterior. Y otra variante más llamativa en la formulación siguiente: DANOS CADA DÍA NUESTRO PAN DEL MAÑANA.  Por lo pronto coincide en “el pan de cada día”…: todo lo que una persona necesita en el día presente…, si nos quedáramos en la formulación de Mateo, que parece bajar del plano en que estaba –Dios- al humano: el pan…  A Lucas lo veo manteniendo más la gran espiritualidad de ese ORAR que Jesús está enseñando: “el pan del mañana” es el Cielo, es el abrazo de Padre, es la herencia de hijo. Pero eso no está “guardado” para que venga “mañana” (y mientras tanto seguimos nosotros en la tierra). Lucas nos está llevando al mismo terreno en que estaba el resto de la oración: para que Dios sea glorificado por nosotros, tenemos ya que vivir con el corazón en el Cielo…, tenemos que trabajar la tierra pero mirando hacia ese Padre y lo que nos espera junto a Él. Que nos ´de HOY y cada día, la mirada, la ilusión, los brazos extendidos hacia ese MAÑANA que anhelamos, y que será el momento pleno del abrazo del Padre.
 
             Para eso, y siendo lo que somos PERDÓNANOS NUESTROS PECADOS. Y eso lo podemos pedir porque nosotros también perdonamos a quien nos debe algo.  Y tenemos el justificante de nuestra petición porque –siendo tan como somos-, ya hemos dado el paso de la magnanimidad.  Es nuestra credencial de buena voluntad.

             Y NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACIÓN. Cuanto pedimos, cuanto confiamos, cuanto podemos presentar como credencial…, necesita la gracia de Dios (la ayuda del Padre) para que no caigamos en la tentación.  LA TENTACIÓN viene y vendrá, y tendremos cierto flirteo con ella… Pero el que es PADRE me proteja…  Una voz desde ese Corazón de Padre me llega de inmediato: ¡Protégete tú también”; no te metas en la ocasión; salte de eso que tú sabes; corrige ese vicio subrepticio que hay en ti; sé honrado contigo y Conmigo; no juegues a “la ruleta rusa” con tus peligros conocidos. Y sabes que tienes algunos concretos… No los justifiques; no te salgas por la tangente!
 
 
 

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