viernes, 3 de febrero de 2012

EVANGELIZAR CON EL SILENCIO Y LA PALABRA

Por Eleuterio Fernández Guzmán

 

El Santo Padre ha tenido a bien dar a conocer el Mensaje con el alentará la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Aunque aún quedan unos meses para tal día, el próximo 20 de mayo, resulta importante tener en cuenta, con el tiempo necesario, que lo que dice Benedicto XVI tiene mucho que ver con cada uno de nosotros porque, al fin y al cabo la evangelización a través, entre otras formas, de la red de redes (conocida como Internet) es incumbencia de quien en ella ha caído.

Por otra parte, que el Vicario de Cristo hiciera público el citado Mensaje en la festividad de San Francisco de Sales (a la sazón patrón de los periodistas) es significativo de lo que significa tal Jornada para el sucesor de Pedro.

Dice el Santo Padre que «En el silencio hablan la alegría, las preocupaciones, el sufrimiento, que precisamente en él encuentran una forma de expresión particularmente intensa. Del silencio, por tanto, brota una comunicación más exigente todavía, que evoca la sensibilidad y la capacidad de escucha que a menudo desvela la medida y la naturaleza de las relaciones».

Y en el silencio, en la soledad que, desde nuestro corazón, ilumina nuestra vida y de la que sacamos lo mejor (y lo peor) que tenemos, podemos encontrar a nuestro Creador. No lo encontramos, sin embargo, por optar por un silencio incapaz de revelarnos al Padre sino por uno que lo esté incardinado en nuestra alma y del que podemos obtener dulces frutos de nuestro gozo.

En el silencio, inseparable amigo de nuestro proceder en el mundo, optamos por descubrir a Dios. Y lo hacemos sin por ello desprendernos de nuestro ser humano sino, muy al contrario, reconociendo que somos hijos del Padre y que, por eso mismo, se nos manifestará en la súplica que le dirigimos de hacerse presente. Y en Dios, que es Padre Bueno y Misericordioso, no prevalece la ausencia sino el darse en la oración que le dirigimos y en la que esperamos su aliento y su ánimo de Creador.

Y es que en el silencio «hablan la alegría, las preocupaciones, el sufrimiento, que precisamente en él encuentran una forma de expresión particularmente intensa. Del silencio, por tanto, brota una comunicación más exigente todavía, que evoca la sensibilidad y la capacidad de escucha que a menudo desvela la medida y la naturaleza de las relaciones» a tenor de lo dejado dicho por Benedicto XVI. Y la alegría, las preocupaciones y el sufrimiento son modelos a seguir en los que debemos mirarnos y porque, en realidad, es lo que Dios quiere, como camino, para nosotros y para nuestra existencia. Silencio que es cauce de dicha y de evangelización al servir como origen de la fe que decimos tener y que manifestamos, también, en la quietud de una relación esperanzada con Quien quiso, por su libérrima voluntad, que existiéramos.

Pero, además, «El silencio es precioso para favorecer el necesario discernimiento entre los numerosos estímulos y respuestas que recibimos, para reconocer e identificar asimismo las preguntas verdaderamente importantes» porque, ante los excesivos estímulos que recibimos del exterior a nosotros mismos, mantener un espacio de quietud en nuestro día a día ha de servir para llevar a cabo una conveniente limpieza de lo que nos sobra y que ensucia nuestra alma y, así, nuestra vida.

Descubrir, entonces, las respuestas de aquello que es importante y que nos puede servir para llevar la evangelización allá donde estemos, ha de ser el resultado de mantener, cuando sea conveniente, un estado de silencio interior.

Pero, además, en la contemplación «emerge asimismo, todavía más fuerte, aquella Palabra eterna por medio de la cual se hizo el mundo, y se percibe aquel designio de salvación que Dios realiza a través de palabras y gestos en toda la historia de la humanidad» y desde la misma se nos impele a evangelizar como hicieron aquellos que, en los primeros tiempos del cristianismo, supieron decir sí a la llamada de Cristo y a su envío al mundo.

Y es, así, con la palabra (en sus diversas formas expresada) como se lleva el mensaje de Jesucristo al mundo. Por eso, a través de los diversos medios de comunicación que hoy día están a nuestro alcance, el llamarse hijos de Dios ha de suponer el hecho mismo de llevar a los demás, a nuestro prójimo más o menos cercano, a Quien supo crear y ponernos, a su imagen y semejanza, a la cabeza de un mundo entregado para mantenerlo propio de la creación de Sus manos y el aliento de su espíritu.

Cabe, pues, el silencio pero cabe, también, la palabra que lleva a Dios a quien lo desconoce o a quien, habiéndolo conocido, lo ha olvidado y lo ha dejado escondido en algún cajón de su corazón con siete candados preso.

Y termina el Santo Padre su Mensaje con lo siguiente:
Palabra y silencio. Aprender a comunicar quiere decir aprender a escuchar, a contemplar, además de hablar, y esto es especialmente importante para los agentes de la evangelización: silencio y palabra son elementos esenciales e integrantes de la acción comunicativa de la Iglesia, para un renovado anuncio de Cristo en el mundo contemporáneo
Saber, pues, mantener un espacio interior de donde fluya lo bueno y mejor que tiene nuestra fe y, luego, luego, darlo al mundo en forma de evangelización a través de la palabra. Y que cada cual sepa hacer rendir los talentos que Dios le ha dado, sin devaneos con el mundo ni con lo mundano.


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