viernes, 18 de marzo de 2016

“…NO OS ANGUSTIÉIS POR VUESTRA VIDA…”

Aquí tienes unas pautas para superar la ansiedad:

1) Habla con Dios.

No te lamentes porque se haya arruinado una inversión; pídele a Dios que te ayude. No te pasees desesperado por la sala de espera del hospital; ora para que salga bien la operación. “Echad toda vuestra ansiedad sobre Él, porque Él tiene cuidado de vosotros” (1 Pe. 5,7).

2) Reduce el ritmo.

“Descansa en el Señor y pon en Él tu esperanza” (1Pe. 5,7). El primer milagro de Jesús tuvo lugar en una boda. Se había acabado el vino, lo cual era un desastre en aquella época. María, en lugar de culpar al anfitrión por haber organizado mal la fiesta o a los invitados por haber bebido demasiado, tomó el atajo de ir a Jesús y Él le solucionó el problema. Tú también puedes hacer lo mismo. Evalúa tu problema y luego entrégaselo al Señor en oración.

3) No permitas que tus ansiedades te arrebaten lo mejor de ti.

Cuando se te posa un mosquito encima, no piensas: ‘Luego me encargo de él’. No; lo matas antes de que te pueda picar. Sé igual de decidido con tus preocupaciones. Solvéntalas en cuanto aparezcan. Antes de apresurarte a diagnosticar que ese lunar es un cáncer, háztelo mirar. En vez de suponer que nunca saldarás tus deudas, consulta a un asesor financiero. Haz algo, no te quedes mirando.

Horace Bushnell dijo: “La ansiedad está relacionada con la incredulidad y los miedos irracionales. No debemos darle cabida.

La fe genuina en Dios la disipa”. Si cargas con la cruz de una preocupación excesiva por el futuro, debes saber que esta no proviene de Dios. Entrégale tu ansiedad al Señor y déjala con Él.

Y LA PAZ DE DIOS…GUARDARÁ VUESTROS CORAZONES…” 
 
1) Enumera tus preocupaciones.

Durante una semana, haz una lista de las cosas que más te preocupan, ya sean los hijos, la salud, el dinero, el matrimonio o el trabajo. No las preocupaciones que surgen una sola vez y luego desaparecen, sino esas cosas que te angustian constantemente (Mt. 6,25). Haz un repaso y pregúntate cuántas de estas han llegado a suceder en la realidad. Charles Spurgeon dijo: “Las peores desgracias nunca ocurren… muchas de nuestras miserias residen en la previsión”.

2) Analiza tus preocupaciones.

Detectarás asuntos que te inquietan sin cesar y que pueden convertirse en obsesiones, como el qué dirán, el hecho de que haya enfermedades hereditarias en tu familia (el cáncer, el alzhéimer o problemas cardiovasculares…) o el miedo de no tener suficiente para vivir cuando seas mayor. Identifica cada miedo y ora de manera específica por él.

3) Vive el día a día. Dios ha prometido suplir tus necesidades cada día, no cada semana o año.

Te dará lo que necesites cuando lo necesites. “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb. 4,16). Un antiguo himno decía así: “No importa dondequiera esté, Jesús conmigo siempre está. Lo ha prometido, y tengo fe que su promesa cumplirá”.

En la Biblia, cuando aparece algo relacionado con las preocupaciones, casi siempre es para decirnos que no nos preocupemos.

Si ves que la palabra “preocupación” está muy presente en tu vida, sustitúyela por el ánimo que Dios te da: “No te preocupes”. Fil. 4,6-7 nos alienta: “No os inquietéis por nada; más bien, en toda ocasión, con oración… presentad vuestras peticiones a Dios…Y la paz de Dios… cuidará vuestros corazones” (Fil. 4,7).

“…VUESTRO PADRE CELESTIAL YA SABE QUE LAS NECESITÁIS”

Anotemos dos pautas más para superar la ansiedad:

1) Pide ayuda.

Pablo escribió: “…De fuera, conflictos, y de dentro, temores. Pero Dios, que consuela a los humildes, nos consoló con la venida de Tito” (2Cor, 7,5-6). No eres el único; hay otros que se enfrentan a los mismos miedos. Si confiesas lo que te inquieta, eso pierde fuerza. Recuerda que “más valen dos que uno… si uno de ellos tropieza, el otro puede levantarlo.

Pero ¡pobre del que cae y no tiene quien lo ayude a levantarse!” (Ecl. 4,9-10). Comparte cómo te sientes con alguien de confianza y pídele que ore contigo. La gente está más dispuesta a ayudar de lo que te imaginas. Menos preocupaciones de tu parte suponen más felicidad de la suya.

2) Céntrate en Dios, no en ti.

Jesús concluye Su llamado a la calma con este desafío: “…Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas ellas.

Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mt. 6,32-33). Si buscas riqueza, te preocuparás por cada euro. Si buscas salud, temerás cada rasguño o bultito en la piel. Si buscas popularidad, te obsesionarás con cada conflicto. Si buscas seguridad, te sobresaltarás con cada ramita que cruja. En cambio, si haces que cada día se centra en el reino de Dios “todas estas cosas [te] serán añadidas”. Un poeta anónimo escribió en inglés:“Dijo el petirrojo al gorrión: ‘Quisiera saber la razón de las prisas e inquietudes que al hombre tanto abruman’. Respondió al primero el gorrión: ‘Amigo, debe ser que a ellos les falta el Padre del cielo que de ti y de mí se ocupa’”.


DIOS CONTIGO








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