viernes, 1 de abril de 2016

LA HISTORIA DE FE Y AMOR MARIANO

Las brigidinas, fundadas por Elisabet Hesselblad, son hoy una orden en expansión con numerosas vocaciones
ELISABET HESSELBLAD
Era luterana, le escandalizaban los obreros que oraban a la Virgen María... y pronto será santa.
La sueca Elisabet Hesselblad (1870-1957) será canonizada el próximo 5 de junio de 2016. Es un destino poco usual para un nativo de Suecia que además se formó en la fe luterana.
Fue la devoción mariana de los católicos lo que escandalizó al principio a Elisabet... y después la llevó a la plenitud de la fe católica.
P.J. Ginés/Cari Filii


Elisabet Hesselblad nació en el pueblo de Faglavik, en la provincia de Västergötland (sudoeste de Suecia) el 4 de junio de 1870. La bautizaron en la iglesia luterana. Su familia era numerosa, porque su madre dio a luz 13 hijos, nueve chicos y cuatro chicas, tres de los cuales murieron de niños. Elisabet era la quinta. Era una familia piadosa que iba a la iglesia luterana cada domingo.

En 1886, la pobreza de la familia obliga a Elisabet a buscar trabajo. En 1888 decide emigrar a América para ayudar a su familia. Mientras Suecia era luterana por completo, en Estados Unidos había gran variedad de naciones y religiones.

Como enfermera, a menudo atendía trabajadores heridos en la construcción de la futura catedral de San Patricio. Un día vio que un irlandés, herido, repetía en medio de sus sufrimientos: «¡María, Madre de Dios, ruega por nosotros!».

Aquella invocación no le gustaba. Escribió: «No debería hablar de ese modo; no es cristiano... Los católicos usan fórmulas curiosas».

Otra noche, se lanzó en medio de una terrible tormenta a buscar un sacerdote que ayudase a un católico moribundo. "Que Dios te bendiga, querida hermana, por tu cuidado y tu dedicación", le dijo el religioso. "No puedes entender todavía el maravilloso servicio que das a tanta gente... Un día lo entenderás y encontrarás el camino", añadió.

Visitaba varias iglesias de distintas denominaciones, buscando a Dios. Le gustaba el silencio de las iglesias católicas, aunque ella, nórdica, poco amiga de los gestos físicos, no entendía por qué los católicos hacían tantas genuflexiones, tanto santiguarse...

Más adelante viajó por Europa con unas amigas católicas, las hermanas Cisneros. En Bruselas, las acompañó a la procesión del Santísimo en la catedral de Santa Gúdula.

"Al ver a mis dos amigas y a otros muchos arrodillarse, me retiré detrás del pórtico para no ofender a los que me rodeaban si me quedaba de pie. Pensé: ´Sólo me arrodillo ante ti, Señor, no aquí´. En aquel momento, el obispo llegó al pórtico llevando la custodia. Mi atormentada alma se llenó de repente de dulzura y oí una voz, que parecía proceder a un mismo tiempo del exterior y del fondo de mi corazón, y que me decía: «Yo soy el que buscas». Y caí de rodillas... Estando allí, detrás de la puerta de la iglesia, realicé mi primera adoración ante nuestro divino Señor presente en el Santísimo Sacramento».

Esta fue la experiencia mística y eucarística que abrió en su alma la lucha por acercarse a la fe católica plena.

A Elisabet, tan arraigada en el luteranismo, le costaba sobre todo entender la devoción católica a la Virgen María.

Muchas preguntas rondaban en su cabeza

«¿Cómo creer en el poder intercesor de la bienaventurada Virgen María y de los santos? ¿Acaso no disminuye eso los méritos de la Pasión y de la Muerte de Cristo? ¿No se verán perjudicados la gloria y el honor debidos únicamente a Dios?», se planteaba.

Pero fue entendiendo el papel especialísimo de María, cómo era colaboradora de su Hijo mediante su obediencia, su fe, su esperanza y su ardiente caridad, convirtiéndose así en Madre de todos los hombres.

Entendió que María sigue amando a sus hijos, asunta al Cielo, y que títulos como Abogada, Auxiliadora, Socorro y Mediadora no quitaban ninguna gloria a Cristo como único Mediador.

Ya cada vez que pasaba por una iglesia católica entraba para adorar al Santísimo. Una de las chicas Cisneros entró como religiosa en el convento de la Visitación de Washinton. Ella sentía a Dios que llamaba. Pero también veía que en la Iglesia católica había mucha gente mediocre, pecadora...

Entendió que en la red de Dios hay peces buenos y malos, que la cizaña y la buena semilla crecen juntos... pero que ella no podía estar fuera de esa red que era la Iglesia Católica.

Su paso a la Iglesia Católica

De forma apresurada, convenció al padre J. G. Hagen, jesuita, al que apenas conocía, para que la acogiera rápidamente en la fe católica. Así lo hizo el 15 de agosto de 1902. «Cuando regresaba a mi sitio para arrodillarme, sentí como si el mundo entero desapareciera de repente. Resultaría imposible describir aquella impresión. La única realidad que veía, que sentía, era Dios; en adelante, mi único deseo era verlo como lo veremos cara a cara, en la mañana de la eternidad».

A finales de 1902, acudió en peregrinación a Roma, donde se sintió atraida por la figura de Santa Brígida de Suecia. En 1904 su hermano Thure también se hizo católico. Ella se sintió llamada a acercar la fe católica a su país. Así, en 1920, fundó "la Orden del Santísimo Salvador", popularmente llamadas hoy "las brigidinas". En 1923 sus religiosas llegan a Suecia: las primeras católicas con hábito en el país desde el siglo XVI.

Toda una vida dedicada a la Virgen

Durante la Segunda Guerra Mundial, su convento en Roma estuvo lleno de refugiados de todo tipo, incluyendo judíos escondidos, por lo que Israel la reconoció como Justa entre las Naciones.

(Entre aquellos refugiados escondidos estaba el joven estonio Vello Salo, huyendo de 3 ejércitos distintos; por esa época no tenía fe; allí se convertiría y llegaría a ser la popular voz de Radio Vaticano en estonio, y sacerdote; lea aquí su historia peculiar).

Al acercarse su muerte, Elisabet rezaba continuamente el Rosario. Ella, la antigua luterana, escribió: «La Virgen está más cerca de mí que mi propio cuerpo, y siento que sería más fácil cortarme un brazo, una pierna o la cabeza que alejar de mí a la Virgen; es como si mi alma estuviera encadenada a ella».

Murió en 1957. Juan Pablo II beatificó a la madre María Elisabet Hesselblad el 9 de abril de 2000.







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