jueves, 17 de diciembre de 2009

LA VIRGEN MARIA...

LA VIRGEN MARÍA
Jesús Martínez García
Índice
1. Señora llena de gracia
2. Madre de Dios
3. Sin pecado concebida
4. Siempre Virgen
5. Asunta al Cielo
6. Madre de la Iglesia
7. Madre nuestra
8. La devoción a la Virgen
9. El Santo Rosario
10. El escapulario del Carmen
11. San José
El mismo Señor os dará una señal:
sabed que una virgen concebirá y dará a luz un hijo,
y su nombre será Emmanuel.
(Is 7,14)
1. SEÑORA LLENA DE GRACIA
Dice san Lucas que «el nombre de la Virgen era María» (Lc 1,27). «El nombre hebreo de María se traduce por Domina en latín; el Ángel le da, por tanto, el título de Señora» (San Pedro Crisólogo, Sermón sobre la Anunciación de la B. Virgen María).
Cuando alguien en la tierra tiene nobleza, decimos que es un señor o una señora. También lo decimos de alguien que es honrado, leal, atento con los demás, etc., es decir, cuando tiene virtudes. Decimos que es un auténtico señor, debido a su categoría. Pues bien, con toda propiedad decimos que la Santísima Virgen es Señora, pues su categoría es la mayor que ha podido alcanzar una criatura: ser la Madre del Señor, que es Dios; además -y precisamente por eso- Dios la llenó de virtudes y dones sin cuento: «En tanto grado la amó (Dios) por encima de todas las criaturas que en sólo ella se complació con señaladísima benevolencia. Por lo cual, tan maravillosamente la colmó de la abundancia de todos los celestiales carismas, sacada del tesoro de la divinidad, muy por encima de todos los ángeles y santos, que ella, libre siempre absolutamente de toda mancha de pecado y toda hermosa y perfecta, manifestase tal plenitud de inocencia y santidad que no se concibe en modo alguno mayor después de Dios y nadie puede imaginar fuera de Dios» (Pío IX, Bula Ineffabilis Deus, 8-XII-1854).
Dios pensó en Quien iba a ser su Madre y la adornó con toda clase de virtudes tanto humanas como sobrenaturales: belleza, bondad, alegría, amabilidad...; llena de fe, esperanza y caridad. Cuando creó el mundo, Dios podía haber hecho otro más perfecto que el que existe, pero al crear a la que iba a ser su Madre no podía hacerla mejor de lo que la hizo. María es la criatura más perfecta que ha salido de las manos de Dios. Llena de gracia sobrenatural, como la saludó san Gabriel, llena de santidad, en unión estrechísima con Dios desde el mismo instante de su concepción. Su santidad fue, y es, mayor que la suma de la que puedan tener todos los santos al final de sus vidas. Más que ella sólo Dios. Se encuentra relacionada de un modo singular con el misterio de la Santísima Trinidad: Madre de Dios, Hija predilecta de Dios y Esposa de Dios. En ella se reflejan las perfecciones divinas. Es como un valiosísimo diamante con muchísimas facetas, de las cuales salen variadísimos destellos de virtudes al reflejar la luz de Quien es la Luz, el Sol de Justicia, Dios.

María fue exaltada sobremanera en atención a Jesús, en atención a la misión que tenía que cumplir: ser la Madre de Aquel que había de redimirnos. «Una Virgen concebirá y parirá un Hijo, al que llamarán por nombre Emmanuel» (Is 7,14). Por ser Madre de Dios recibió todos los demás dones, porque convenía tal Madre a tal Hijo.
Pero la misión de María no terminó en esta tierra cuando se fue al Cielo en cuerpo y alma, sino que su misión continúa aquí por los siglos, no sólo llevando los hombres a su Hijo (su maternidad espiritual que ejerce desde el Cielo), sino también siendo testimonio perenne de que Dios se ha hecho Hombre. Por eso también convenía que estuviera llena de gracia y virtudes, para que pudiera atraer nuestra mirada, y dirigiéndonos a Ella, nos dirijamos a Jesús. Por eso la Iglesia la llama Torre de David. Ella, al haber sido exaltada con privilegios excepcionales, es una defensa fuerte, colocada en situación alta y eminente que testifica y recuerda a todos que el Verbo de Dios se ha hecho hombre, de la estirpe de David.
Si para conocer una ciencia necesitamos saber qué dicen los expertos que tienen autoridad en esa ciencia, para saber quién y cómo es María, hemos de acudir -como en toda la Teología- a lo que nos dice el Magisterio de la Iglesia, que toma sus datos de la Sagrada Escritura y de la Sagrada Tradición.
Y en primer lugar hay que saber que hay cuatro verdades definidas (dogmas de fe) sobre María: Su Maternidad divina, su Inmaculada concepción, que es siempre Virgen y que fue Asunta al Cielo en cuerpo y alma. Además, la verdad sobre la Virgen María incluye otras prerrogativas mencionadas por los Romanos Pontífices, estudiadas por los teólogos y ex-presadas en la Liturgia y devoción de los fieles cristianos: es Madre de la Iglesia, Corredentora con Cristo, Medianera de todas las gracias, Reina de los Ángeles y del mundo...; tantas y tantas cualidades y dones como quedan reflejadas en la Letanía lauretana y en tantas oraciones.
2. MADRE DE DIOS
La más alta dignidad de María, y causa de poseer todas las demás prerrogativas, es ser Madre de Dios. ¿Y cómo puede ser esto? ¿Cómo puede ser que una criatura finita, limitada, por muy excelsa que sea, pueda engendrar y dar a luz a Dios, que es infinito?
Ya hemos dicho que al hablar de María hay que empezar contando con lo que Dios nos revela y la Iglesia nos propone. Entonces descubrimos, como el Arcángel le dijo a María, que «nada hay imposible para Dios» (Lc 1,37). No se trata de dar una solución racionalista, según la medida de nuestro parecer, sino de profundizar en la verdad que Dios nos dice. Si no, nos puede suceder lo que le sucedió a Nestorio, persona muy importante en la Iglesia en su tiempo. Él, y con él otros obispos, no admitió que María fuese Madre de Dios, sino consideraba que era solamente «madre de Cristo» o «madre del hombre», pues decía que en Jesucristo había dos personas muy estrechamente unidas: un hombre que nació de María y la Persona divina que se unió moralmente a la humana.
Esto chocaba con el sentir general del pueblo cristiano, que entendía que María engendró a Jesús, que es Dios, pues en la Escritura aparece escrito que es «Madre de Jesús», (Jn 2,1), «Madre del Señor (Lc 1,3), que el Ángel le dijo a María: «lo santo que nacerá (de ti) será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35), y san Pablo dice que «Dios envió a su Hijo, nacido de mujer» (Ga 4,4). Y muchos Santos Padres la habían llamado Madre de Dios (Atanasio, Gregorio Niseno, Basilio, Gregorio Nacianceno, etc.). Por eso, cuando Nestorio hizo sus afirmaciones, muchos se pusieron en contra, y especialmente san Cirilo de Alejandría, y pidieron al Papa que convocara un concilio para aclarar las cosas. El mismo san Cirilo decía en una carta: «Me extraña en gran manera que haya alguien que tenga duda alguna de si la Santísima Virgen ha de ser llamada Madre de Dios. En efecto, si nuestro Señor Jesucristo es Dios, ¿por qué razón la Santísima Virgen, que lo dio a luz, no ha de ser llamada Madre de Dios? Esta es la fe que nos trasmitieron los discípulos del Señor, aunque no emplearan esta misma expresión. Así nos lo han enseñado también los Santos Padres» (Carta).
Reunido en el año 431 un concilio en Éfeso, donde estaban san Cirilo y Nestorio, el concilio proclamó la personalidad única y divina de Cristo bajo las dos naturalezas, y por consiguiente, la maternidad divina de María. El pueblo cristiano de Éfeso, que aguardaba fuera del templo el resultado de las deliberaciones de los obispos reunidos, al enterarse de la proclamación de la maternidad divina de María, prorrumpió en vítores y aplausos y acompañó a los obispos por las calles de la ciudad con antorchas encendidas en medio de un entusiasmo indescriptible (cfr. San Cirilo de Alejandría, Carta 24). Posteriormente, el concilio de Calcedonia, del año 451, y el Segundo de Constantinopla, del año 553, repitieron y confirmaron esta doctrina.
El dogma de la maternidad divina de María comprende dos verdades: a) que María es verdadera madre, es decir, ha contribuido a la formación de la naturaleza humana de Cristo con todo lo que aportan las otras madres a la formación del fruto de sus entrañas, y b) que María es verdadera Madre de Dios, es decir, que concibió y dio a luz a la Segunda Persona de la Santísima Trinidad (en cuanto a la naturaleza humana que había asumido, no en cuanto a su naturaleza divina), porque lo que se engendra y da a luz es siempre una persona, no una naturaleza, y en ese caso era la Persona divina.
«Cuando la Virgen respondió que sí, libremente, a aquellos designios que el Creador le revelaba, el Verbo divino asumió la naturaleza humana: el alma racional y el cuerpo formado en el seno purísimo de María. La naturaleza divina y humana se unían en una única Persona: Jesucristo, verdadero Dios y, desde entonces, verdadero Hombre; Unigénito eterno del Padre y, a partir de aquel momento, como Hombre, hijo verdadero de María: por eso Nuestra Señora es Madre del Verbo encarnado, de la segunda Persona de la Santísima Trinidad que ha unido a sí para siempre -sin confusión- la naturaleza humana. Podemos decir bien alto a la Virgen Santa, como la mejor alabanza, esas palabras que expresan su más alta dignidad: Madre de Dios» (San Josemaría, Amigos de Dios).
3. SIN PECADO CONCEBIDA

El Papa Pío IX proclamó este dogma el 8 de diciembre de 1854 en la Bula Ineffabilis Deus: «Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús, Salvador del género humano, ha sido revelada por Dios y debe ser, por tanto, firme y constantemente creída por todos los fieles».
En la Sagrada Escritura se contiene implícitamente esta verdad. «Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu estirpe y la suya; ella te aplastará la cabeza, y tú acecharás su talón» (Gn 3,15). María y Cristo se hallan en una enemistad total y victoriosa contra Satanás y sus partidarios. La victoria de María no hubiera sido completa si ella hubiese estado algún tiempo bajo su poder, como sucede con los demás, que nacemos con el pecado original. María, por singular gracia y privilegio fue preservada inmune del pecado original, pues había de ser la Madre de Dios. Y, dice san Cirilo de Alejandría, «¿quién ha oído jamás que un arquitecto, después de haberse construido una casa para su propia comodidad, haya consentido que primero la disfrute su capital enemigo?» (Homilías diversas).
Hubiera sido un triunfo del diablo que, después de crear Dios a los hombres en estado de inocencia, no hubiera habido ninguno que permaneciese en ese estado. Dios quiso que al menos una criatura humana gozase de ese privilegio. Porque, «¿pudo Dios crear a Eva en la justicia original y venir al mundo pura y sin mancha, y después no pudo conceder la misma gracia y el mismo privilegio a María?» (San Alfonso M.a de Ligorio, Las Glorias de María).
Los teólogos han expresado la conveniencia de que María fuera Inmaculada con este razonamiento: «Convenía, Dios podía hacerlo, luego lo hizo». Y es lógico. «¿Cómo nos habríamos comportado, si hubiésemos podido escoger la madre nuestra? Pienso que hubiésemos elegido a la que tenemos, llenándola de todas las gracias. Eso hizo Cristo: siendo Omnipotente, Sapientísimo y el mismo Amor, su poder realizó todo su querer» (San Josemaría, Es Cristo que pasa).
Pero no sólo estuvo inmune de todo pecado heredado, sino que estuvo llena de gracia durante toda su vida, es decir, «estuvo libre de toda culpa propia» (Pío XII, Enc. Mystici Corporis), no tuvo ningún pecado personal. Nadie puede estar inmune de todo pecado personal durante el tiempo de su vida a no ser por un privilegio especial, como tuvo María. Por eso la Iglesia le aplica aquellas palabras del Cantar de los cantares: «Eres toda hermosa, amiga mía, no hay mancha en ti» (Ct 4,7). Toda hermosa en alma y cuerpo. La más hermosa entre las mujeres. ¿Y cómo será su cara si la cara es el espejo del alma? Es la cara de la Inmaculada. Cuántos pintores han pintado su cara y todos se quedan cortos. Porque a María la hizo Dios para ser su Madre. ¡Qué guapa es! Sus ojos son maravillosos, «sus ojos son como palomas» (Ct 5,12); su mirar cariñoso es humano y es divino.
4. SIEMPRE VIRGEN
El Santo Padre Pablo IV declaró en 1555 que la Santísima Virgen María permaneció «virgen antes del parto, en el parto y por siempre después del parto» (Pablo IV, Const. Cum quorundam, 7-VIII-1555). Pero muchos años antes el Concilio de Letrán del año 649 había definido este dogma: «Si alguno no confiesa, de conformidad con los Santos Padres, que la Santa Madre de Dios y siempre virgen e inmaculada María, propiamente y según la verdad, concibió del Espíritu Santo, sin cooperación viril, al mismo Verbo de Dios, que antes de todos los siglos nació de Dios Padre, e incorruptiblemente le engendró permaneciendo indisoluble su virginidad incluso después del parto, sea condenado».
Que había de ser virgen antes del parto ya lo había predicho Isaías como señal de que el Hijo de Dios vendría al mundo: «El mismo Señor os dará una señal: He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo» (Is 7,14). Y en la narración de la Encarnación, san Lucas nos dice que «el ángel Gabriel fue enviado por Dios... a una virgen... y el nombre de la virgen era María» (Lc 1,26 y ss.). Es de fe que María concibió por obra y gracia del Espíritu Santo y no por concurso de varón. Por eso, san José, que vivía en legítimo matrimonio con María, era el padre legal de Jesús, no el padre natural, como también indica san Lucas al decir que Jesús era «el hijo de José, según se creía» (Lc 2,23 y 48).
Pero no fue milagrosa solamente la concepción del Hijo de Dios, sino que también lo fue el parto, pues a la manera como un rayo de luz atraviesa un cristal sin romperlo ni mancharlo, nació nuestro Señor Jesucristo, permaneciendo virgen su Madre. Es un mis-terio, pero, como dice san Bernardo, «el único nacimiento digno de Dios era el procedente de la Virgen» (Sobre la Virgen Madre). Conviene recordar que, años más tarde, Jesús atravesó las paredes del cenáculo con su cuerpo de carne y hueso, porque para Dios nada hay imposible.
La Iglesia confiesa asimismo que María es la Siempre Virgen, es decir, que permaneció virgen por siempre después del parto. Jesús no tuvo hermanos. Aunque en los Evangelios se habla de los hermanos de Jesús, nunca se les llama hijos de María, porque no eran sino parientes cercanos, como se solía denominar en Israel a éstos. Y por eso, el Salvador, al morir en la Cruz, encomendó su Madre a la protección de san Juan, hijo del Zebedeo, porque no tenía hermanos.
Dios ha querido otorgar a su Madre dones sin cuento, y entre ellos el de la virginidad, aun siendo madre. Dios hace las cosas como quiere. No nos cansemos, por tanto, en buscar explicaciones lógicas o científicas para entenderlo. Es preciso creer, y entonces uno se da cuenta de que todo es posible, hasta los milagros.
5. ASUNTA AL CIELO
Pío XII proclamó el 1 de noviembre de 1950 «ser dogma divinamente revelado que la inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial» (Const. Munificentissimus Deus).
Al definir el Papa en estos términos que María está viva en el cielo en cuerpo y alma desde el mismo momento que terminó el curso de su vida terrena, no definió si la Virgen murió o no murió. A ciencia cierta no se sabe, aunque la tradición más común ha sido la que sostiene que María murió, imitando así en todo a su Hijo.
La Iglesia celebra la fiesta de la Dormición de María desde el siglo vi en Oriente y desde el siglo por lo menos, en Roma. El objeto de esta fiesta era conmemorar la muerte de María; mas pronto predominó la idea de la incorrupción de su cuerpo y de su asunción a los cielos.
La Constitución Apostólica de Pío XII afirma que María «consiguió, finalmente, como supremo coronamiento de sus prerrogativas, verse exenta de la corrupción del sepulcro, y venciendo a la muerte -como antes la había vencido su Hijo- ser elevada en alma y cuerpo a la gloria celeste». Cristo venció a la muerte no por el hecho de no morir, sino por el de resucitar. Igualmente quiso Dios que su Madre no sufriera la corrupción de su cuerpo y que se anticipase en ella la suerte de los justos, es decir, la resurrección que se da al final de los tiempos. Dios la ha amado con amor de predilección y ha querido tenerla junto a Sí en cuerpo y alma desde el mismo momento que se cumplió el curso de su vida terrestre.

Varias son las razones que aducen los teólogos por las que no convenía que el cuerpo de María sufriera corrupción:
Por su inmunidad de todo pecado. La descomposición del cuerpo es un castigo, consecuencia del pecado, y como María, por haber sido concebida sin mancha y carecer de todo pecado, constituía una excepción en la maldición universal del pecado, era conveniente que su cuerpo se viera libre de la ley universal de la corrupción y entrara pronto en la gloria del cielo.
Por su maternidad divina. Como el Cuerpo de Cristo se había formado del cuerpo de María, era conveniente que su cuerpo participase de la muerte del Cuerpo de Cristo. Si es Madre de Dios actualmente, debe seguir unido su cuerpo a su alma, porque la relación de maternidad tiene una doble faceta corporal y espiritual.
Por su virginidad perpetua. Como el cuerpo de María conservó su integridad virginal en la concepción y en el parto, era conveniente que después de la muerte no sufriera la corrupción.
Por su participación en la obra redentora de Cristo. Por ser Madre del Redentor tuvo íntima participación en la obra redentora de su Hijo, por lo que era conveniente que, al finalizar el curso de su vida en la tierra, recibiera enseguida el fruto pleno de la redención, que consiste en la glorificación del cuerpo y del alma. (cfr. L. Ott, Manual de teología dogmática).
En la oración de la Salve saludamos a la Virgen con la invocación Esperanza nuestra y le decimos «vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos». Precisamente este dogma nos dice que María es una persona viva, con la que se puede hablar, que nos escucha, y que puede dirigir sus ojos -no metafóricamente, sino físicamente- hacia nosotros; y es el dogma que colma de esperanza la vida del cristiano: «La fiesta de la Asunción de Nuestra Señora nos propone la realidad de esa esperanza gozosa. Somos aún peregrinos, pero Nuestra Madre nos ha precedido y nos señala ya el término del sendero: nos repite que es posible llegar y que, si somos fieles, llegaremos» (San Josemaría, Es Cristo que pasa).
6. MADRE DE LA IGLESIA
Tres son los grandes bienes que dignifican y ensalzan a las personas: la paternidad o maternidad, la virginidad y la paternidad o maternidad espiritual.
Por un lado, la paternidad o la maternidad. Si las personas se realizan y colman sus aspiraciones realizando obras que son fruto de su trabajo (obras de arte, literarias, edificios, etc.), podemos decir que la mayor obra de arte que se puede hacer en esta vida es una vida humana. Ser madre, humanamente hablando, es la más alta dignidad para una mujer, donde queda plasmada de modo vivo su personalidad (por eso, en principio, es un error para las mujeres casadas renunciar a los hijos a cambio de su realización a través de un trabajo).

Otra gran dignidad de la persona es permanecer célibe por amor del reino de los cielos (Mt 19,2); no por causa de vanagloria o egoísmo, sino por una entrega en cuerpo y alma a Dios y a los demás.
Y la tercera gran dignidad de la persona es la paternidad y maternidad espirituales: engendrar criaturas a la vida sobrenatural; el fruto del apostolado, tejido de oración, mortificación y acción. Esta paternidad y maternidad espirituales no excluyen ni la paternidad o maternidad naturales ni la virginidad, pues apostolado podemos y debemos hacer todos.
En María se ha realizado de un modo divino inefable la conjunción admirable de estas tres dignidades: Dios respetó y ensalzó su deseo de permanecer virgen; el fruto de su vientre no es una criatura humana, sino una Persona divina, y su maternidad es-piritual es totalmente singular, pues ha hecho nacer a Dios para todas las personas, y además ejerce una maternidad espiritual sobre cada uno de los hombres, colaborando al nacimiento de Dios en sus corazones. De su maternidad divina y de su virginidad perpetua ya hemos hablado. Hablemos ahora de su maternidad espiritual.
La Constitución Lumen gentium nos dice por qué es Madre en el orden de la gracia: «La Bienaventurada Virgen, predestinada desde toda la eternidad cual Madre de Dios junto con la Encarnación del Verbo por designio de la divina Providencia, fue en la tierra la excelsa Madre del divino Redentor y su colaboradora generosa por título excepcional y humilde esclava del Señor. Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, sufriendo junto con su Hijo, que moría en la cruz, cooperó de manera absolutamente singular, por la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad, en la obra del Salvador para restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por esta razón es nuestra Madre en el orden de la gracia» (Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium).
Desde la cruz, Jesús entregó su Madre a Juan como Madre suya. «Habiendo visto Jesús a su Madre y junto a ella al discípulo amado, dijo a su Madre: ¡Mujer, he ahí a tu hijo! Después dijo al discípulo: ¡He ahí a tu Madre! Y desde aquel momento el discípulo la tomó como propia» (Jn 19, 26-27). «Según la interpretación constante de la Iglesia -dice al respecto León XIII- Jesucristo designó en la persona de Juan a todo el género humano, y más especialmente a aquellos hombres que habrían de estar ligados con El por los lazos de la fe» (Enc. Adiutricem populi). Nos fue entregada como Madre a cada uno.
Pero ese acto de dárnosla como Madre no era como una simple dádiva, como si María fuese desde ese momento madre adoptiva que por un acto formal se compromete a hacer de madre. No, María ya antes, con su hágase el día de la Anunciación, había asumido esa realidad. Al aceptar ser Madre de Dios, María aceptaba todo lo que esto traía consigo: la salvación de todo el pueblo que El venía a salvar. Quedaba asociada a la obra redentora de su Hijo. Y al ejercer su divina Maternidad tanto cara a la Persona del Hijo -concepción, generación y crianza-, como de cara a la obra redentora -presentación en el templo, compasión junto a la cruz-, «cooperó de manera absolutamente singular en la obra del Salvador para restaurar la vida sobrenatural de las almas» (Concilio Vaticano II, Lumen gentium).
Su maternidad espiritual nace del momento de la Encarnación del Verbo, pero se fue actualizando durante su vida por la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad. Por eso, la entrega solemne de María a Juan en la Cruz era una declaración de lo que María ya era realmente para él, su Madre.

María es Madre espiritual de todos los hombres, pero de una manera especial de los cristianos, de aquellos que han recibido el bautismo, de los hermanos de su Hijo. Pablo VI en el discurso de clausura de la III Sesión del Concilio Vaticano II (21-XI-1964) proclamó solemnemente a María «Madre de la Iglesia, es decir Madre de todo el Pueblo de Dios, tanto de los fieles, como de los pastores, que le llaman Madre amorosísima; y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este título». Y en la solemne Profesión de Fe (30-VI-1968) ratificó esta afirmación con las palabras: «Creemos que la Santísima Madre de Dios, nueva Eva, Madre de la Iglesia, continúa en el cielo su misión maternal para con los miembros de Cristo, cooperando al nacimiento y al desarrollo de su vida divina en las almas de los redimidos».
El Santo Padre Juan Pablo II quiso que se incluyese en la letanía lauretana la invocación Madre de la Iglesia, y mandó colocar bien visible en la Plaza de San Pedro una imagen con esa advocación, copia ampliada de una que ya existía en una de las capillas de la Basílica Vaticana.
7. MADRE NUESTRA
«Esta Maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia. Después de la Asunción a los cielos, no abandonó esta función de salvación, sino que por su intercesión múltiple continúa obteniéndonos los dones de la salud eterna. Con su caridad maternal cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y que se debaten entre peligros y angustias, hasta que sean llevados a la patria feliz. Por eso, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora» (Concilio Vaticano II, Lumen gentium).
Existe una relación íntima de orden sobrenatural entre cada cristiano y María, que no es metafórica sino real. Quizá el ejemplo de la madre que ha fallecido puede ayudar a entender esto: desde el cielo sigue preocupándose de su hijo que sigue en la tierra, porque es su madre. Pues si la Santísima Virgen es una persona viva,.que vive en la intimidad de Dios, y que está muy interesada por el bien espiritual de cada uno, seguro que dice cosas buenas de nosotros a la Trinidad beatísima y no deja de actuar en bene-ficio nuestro.
María, junto a la cruz, viendo morir a su Hijo, sufría lo indecible, aunque sabía por qué moría Jesús: por nuestra salvación. También a ella le costó mucho nuestra redención, y desde entonces -aunque ahora en el Cielo no sufre-, puede hacer suyas aquellas palabras de san Pablo: «Hijitos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto hasta ver a Cristo formado en vosotros» (Ga 4,19), tal es su interés por cada uno de los hombres, y en especial, por cada uno de los cristianos.
María se preocupa de nosotros, pero espera que acudamos a Ella. Se cuenta un sucedido que ocurrió en una representación de la Pasión que se hizo en la ciudad de Oberammergau. Ocurrió el hecho durante la escena del remordimiento y desesperación de Ju-das. Miles de personas asistían al espectáculo, que se desarrollaba al aire libre. Judas sentía amargamente su traición, pero el sumo sacerdote se burlaba de él. Entonces al traidor empieza a considerar la posibilidad del suicidio. Se lamenta: «¿Adónde podré ir? ¡Todo está perdido!» El auditorio observa en sobrecogido silencio la marcha de Judas, que se aleja de-sesperado. De pronto, se oye la vocecilla de una niña: «Mamá, ¿por qué no va a ver a la Virgen?» (cfr. F. H. Drinkwater, Historietas catequísticas). Era de sentido común haberlo hecho, pero Judas estaba ofuscado y no lo hizo. La Virgen se habría preocupado de él y le hubiera ayudado y confortado como confortó a los demás Apóstoles en los días sucesivos, como confortó -según narra la tradición- al Apóstol Santiago en Zaragoza. Porque a María, como a todas las madres, le importamos cada uno.

Hemos de agradecer a Dios que nos haya dado una Madre para la vida espiritual. Coinciden los pediatras en que, normalmente, los niños que no han tenido el cariño de una madre, su mirada amorosa, el calor de un hogar, los cuidados y reproches de una madre, se les nota, les pasa algo: porque no han sido queridos. Dios ha querido que contemos con esos cuidados, y hemos de agradecérselo a El, y también a María, porque indudablemente todos los pasos que damos en nuestra vida espiritual son bajo la mirada amorosa y por la intercesión poderosa de nuestra Madre.
En la vida natural los hijos cuando son pequeños no suelen darse cuenta de lo que sus padres hacen por ellos. Sólo cuando pasa el tiempo y adquieren madurez, valoran los sacrificios y atenciones que les han dispensado. En la vida sobrenatural sucede algo semejante. Cuando se descubre que la Santísima Virgen es Madre nuestra, se adquiere madurez espiritual. Entonces uno no se limita a rezar sus oraciones maquinalmente, quizá como hacía de niño, sino que le tiene verdadera devoción.
8. LA DEVOCIÓN A LA VIRGEN
«El Sagrado Concilio exhorta a todos los hijos de la Iglesia a que fomenten con generosidad el culto, principalmente el litúrgico, a la Santísima Virgen, a que estimen en mucho las prácticas y ejercicios de piedad hacia Ella, recomendados por el Magisterio a través de los siglos» (Concilio Vaticano II, Lumen gentium).
La razón es muy sencilla: si uno ama verdaderamente a Dios procurará amar todo lo que El ama, y María es la criatura más amada por Dios. «María está unida a Cristo de un modo totalmente especial y excepcional, e igualmente es amada en este "Amado" eternamente» (Juan Pablo II, Enc. Redemptoris Mater). Como Dios, Jesucristo la ha amado por encima de todas las demás criaturas. Pero también en cuanto Hombre. Jesucristo no ha querido tanto a nadie -exceptuando a Dios Padre- como a su Madre. Por tanto, si los cristianos hemos de tener los mismos sentimientos de Cristo en nuestro corazón, hemos de amar con locura a la Santísima Virgen.
Curiosamente -y no podía ser de otra manera- los protestantes abandonaron enseguida el culto a la Santísima Virgen, considerándola una criatura más, sin privilegios. Por lo que la devoción a la Señora es como un signo de la ortodoxia católica. Por eso también, cuando la fe en los pueblos y en las personas es verdadera, es una fe con obras, que se traduce en devociones y obras concretas: innumerables obras de arte, procesiones, santuarios marianos, etc. No hay ciudad o pueblo en los países católicos en que no se venere una imagen Suya. «Se podría hablar de una específica "geografía" de la fe y de la piedad mariana, que abarca todos estos lugares de especial peregrinación del Pueblo de Dios (Guadalupe, Lourdes, Fátima, Jasna Gora...), el cual busca el encuentro con la Madre de Dios para hallar, en el ámbito de la materna presencia de la que ha creído, la consolidación de la propia fe» (Enc. Redemptoris Mater).
Se cumplen a lo largo de los siglos las palabras de María en el Magníficat: «Bienaventurada me llamarán todas las generaciones» (Lc 1,48).
La presencia de María en los corazones es la señal de la verdadera presencia de Dios entre los hombres. Pues así como la estrella de la mañana precede a la salida del sol, «así María, desde su concepción inmaculada, ha precedido la venida del Salvador, la salida del "sol de justicia" en la historia del género humano» (Enc. Redemptoris Mater, n. 3). Ella precede y colabora en la peregrinación de la fe en la historia interior de cada alma (cfr. ibídem, n. 6). María es el camino para llegar a Dios, pues, como decía el Fundador del Opus Dei, «A Jesús siempre se va y se "vuelve" por María» (Camino).

Devociones a la Santísima Virgen hay muchas, de carácter público o privado. Pero lo importante es que sean hechas con el corazón. En cierta ocasión iba un sacerdote el Domingo de Ramos por una calle de Sevilla a primera hora de la mañana. Ese día comenzaban las procesiones de Semana Santa. Se encontró con un barrendero que a esa hora estaba barriendo el centro de la calle: «Buenos días, le saludó el sacerdote». «Vaya con Dios», le contestó el otro. Ya se iba el cura, cuando se volvió y le preguntó: «Oiga usted, ¿no se da cuenta de que hoy es domingo?» Y el otro contestó simplemente: «Sólo barro por donde pasará ella».
Aquel hombre estaba dispuesto a hacer horas extras para limpiar el trozo de calle por donde pasaría la imagen de la Virgen de su barrio. Era algo que estaba en su mano, y ¿por qué no hacerlo? En nuestra mano está el hacer alguna cosa. ¿Rezar el Ángelus, la Salve los sábados, las tres Avemarías de la noche, llevarle flores a un santuario...,? Todo esto no son cosas infantiles, son cosas de amor, ¿y cómo vamos a tratar a nuestra Madre del Cielo si no es con piedad? Estar más cerca de Ella, no lo olvidemos, es estar más cerca de Dios.
Y, como es lógico, la Santísima Virgen corresponde al cariño que se Le tiene. A veces con hechos milagrosos patentes, otras muchas de un modo suave, pero inequívoco. A un santuario mariano llegó una carta que decía: «Estuve de peregrinación al Santuario que ustedes dirigen este fin de semana. Iba con mi marido, que hacía más de diecisiete años que no se confesaba. Con mucha devoción le pedí a la Virgen que removiera a mi marido. Allí en el Santuario le insistí a mi esposo que se confesara, pero no quería. Al cabo de un rato mi marido se confesó, después de estar hablando con un chico que trabaja allí. Después de confesarse, mi esposo estaba feliz. Por la noche volvimos a casa. Al día siguiente mi marido fue a trabajar y a las diez de la mañana le dio un ataque al corazón y murió al instante. Yo no dudo de que ha sido un inmenso favor de la Virgen el que mi marido se confesara el día antes de morir».
9. EL SANTO ROSARIO
La oración vocal es muy importante. No podemos despreciarla pensando que la única oración buena es la que se nos ocurre a nosotros. Es importante la oración mental, pero también lo es la oración vocal, la repetición -aunque sea mentalmente- de unas fórmulas hechas. Entre ellas está el Santo Rosario, que nos lo ha pedido personalmente la Santísima Virgen cuando apareció en Fátima.
En él se repiten el Padrenuestro y el Avemaría, y «¿qué oraciones más aptas y más divinas podremos hallar? La primera es aquella plegaria que brotó de los labios del mismo Redentor cuando sus discípulos le pidieron: enséñanos a orar; es la súplica que contiene todo lo referente a la gloria de Dios y que resuelve todas nuestras necesidades corporales y espirituales. La otra oración es la salutación angélica que se inicia con el elogio del Arcángel Gabriel y de Santa Isabel y termina con la piadosísima implora-ción de la Beatísima Virgen ahora y en la hora de nuestra muerte» (Pío XI, Enc. Ingravescentibus malis, 29-IX-1937).
La recitación de los quince misterios, divididos en tres partes -misterios gozosos, dolorosos y gloriosos- «es el modo más excelente de oración meditada, constituida a manera de mística corona en donde la salutación angélica, la oración dominical y la doxología de la Augusta Trinidad se entrelazan con la consideración de los más altos misterios de nuestra fe: en él, por medio de muchas escenas, la mente contempla el drama de la Encarnación y de la Redención de Nuestro Señor» (León XIII, Enc. Magnae Dei Matris, 8-IX-1892).
Es un ejercicio sencillo, pero no simplón. Juan Pablo II afirma que «es nuestra oración predilecta, que le dirigimos a Ella, a María. Ciertamente; pero no olvidemos que, al mismo tiempo, el Rosario es nuestra oración con María. Es la oración de María con nosotros, con los sucesores de los Apóstoles, que han constituido el comienzo del nuevo Israel, del nuevo Pueblo de Dios. Venimos, por tanto, aquí, para rezar con María; para meditar, junto con Ella, los misterios que Ella, como Madre, meditaba en su corazón (cfr. Lc 2,19) y sigue meditando, sigue considerando. Porque ésos son los misterios de la vida eterna» (Juan Pablo II, Hom. en el Santuario de Pompeya, 21-X-1979).
«La Iglesia nos propone una oración muy sencilla, el Rosario, ese Rosario que puede tranquilamente desgranarse al ritmo de nuestras jornadas. El Rosario, lentamente rezado y meditado, en familia, en comunidad, individualmente, os hará entrar poco a poco en los sentimientos de Cristo y de su madre, evocando todos los acontecimientos que son la clave de nuestra salvación» (Juan Pablo II, Hom. en Zaire, 5-V-1980).
Es una oración muy recomendada por los Romanos Pontífices. «Vuestro Rosario -son palabras de Pablo VI- es una escalera, y vosotros la subís en común, escalón a escalón, acercándoos al encuentro con la Señora, que quiere decir al encuentro con Cristo. Porque ésta es una de las características del Rosario, la más importante y la más hermosa de todas: una devoción que a través de la Virgen nos lleva a Cristo. Cristo es el término de esta larga y repetida invocación a María. Se habla a María para llegar a Cristo. Ella lo trajo al mundo: es la Madre del Señor. Nos introduce hasta El si somos devotos suyos» (Alocución, 10-V-1964).
El origen de esta devoción parece que se encuentra en la cartuja de Tréveris (Alemanasia) en el siglo XIV, donde se rezaba al modo litánico (frases con prerrogativas de María dirigidas a ella, y respuesta breve de los asistentes pidiendo su intercesión). Más adelante, ese conjunto o corona de frases (de “rosas”) marianas llegó a constituir una unidad de 150 oraciones, denominándose «salterio de María», en correspondencia con el número de los Salmos. En el siglo XV, y ya con la oración del Avemaría que hoy conocemos, el dominico bretó Alain de la Roche fue el gran propagador del Rosario, y el primero en afirmar que santo Domingo de Guzmán fuera el autor de esta devoción (Cfr. P. Thurston, voz Chapelet en “Dictionaire d’ archéologie crétienne et de liturgie).
¿Cuánto tiempo se tarda en rezar una parte del Santo Rosario? ¿Media hora? Eso es si uno es tartamudo, porque si no bastan quince o veinte minutos. Si queremos encontraremos tiempo. Sacaremos tiempo cuando nos demos cuenta que el amor a la Señora es importante en nuestra vida, y también cuando descubramos que tenemos necesidades. ¿No tenemos nada que pedir? Y no sólo cosas materiales. Sobre todo hemos de pedir aquellas cosas que realmente necesitamos, que necesitamos para ir al Cielo: la gracia, las virtudes sobrenaturales y humanas...; para nosotros y para aquellos que amamos. «No dejéis de inculcar -decía Pablo VI- con todo cuidado el rezo del Santo Rosario, la oración tan querida a la Virgen y tan recomendada por los Sumos Pontífices, por medio de la cual los fieles pueden cumplir de la manera más suave y eficaz el mandato del Divino Maestro: "Pedid y recibiréis, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá" (Pablo VI, Enc. Mense maio, 29-IV-1965). «El Santo Rosario es arma poderosa. Empléala con confianza y te maravillarás del resultado» (San Josemaría, Camino).
Pero hemos de procurar rezarlo bien. Fue un chico a casa de su hermana casada y se puso a jugar con el sobrinito. El niño pequeño empezó a impacientarse y repetía: bla, ga..., bla, gu. «¿Qué dice?», le preguntó a la madre. «Quiere galletas». El chico se las dio y el niño pequeño se quedó feliz mientras las devoraba.
Nuestra Madre del cielo sabe siempre qué es lo que le estamos diciendo aunque estemos despistados y repitamos las frases de las oraciones sin darnos cuenta, pero hemos de poner esfuerzo para que nuestras oraciones vocales las digamos enteras, no a medias. Poner los cinco sentidos... y, si a pesar de todo nos despistamos, no hemos de preocuparnos si volvemos a poner empeño: Ella traduce y entiende. Jacinta, la menor de los pastorcitos de Fátima, decía a veces el Avemaría entera deteniéndose en cada palabra hasta que el eco de la anterior se había apagado entre las montañas.
10. EL ESCAPULARIO DEL CARMEN
¡Qué cosa más lógica que guardar fotografías de las personas que amamos! Al verlas nos viene a la mente su recuerdo y hacia ellas va nuestro cariño con el deseo. Por eso la piedad popular se ha plasmado en tantos miles y miles de imágenes de la Señora. Imágenes en madera, en piedra, en pintura. En todas las iglesias, en todos los hogares cristianos, encima de la mesa de trabajo, en la cartera... Pues sabiendo que esto es tan natural a las personas, ha querido que llevemos una fotografía suya muy cerca del corazón: la imagen de Nuestra Señora del Carmen en forma de escapulario. ¡Qué humano y maternal es este detalle! Imaginemos a una madre que le da a su hijo que va a emprender un largo viaje una cosa muy querida: toma esto que te protegerá y te traerá mi recuerdo; y para que no lo pierdas cuélgatelo al cuello. Pues eso es el Santo Escapulario.
La historia de este detalle maternal de nuestra Madre se remonta al siglo XIII. San Simón Stock, carmelita inglés, sexto General de la Orden carmelitana, acudió a la Santísima Virgen ante unas grandes dificultades por las que atravesaba su Orden. Hacia 1250 fue favorecido con la aparición de la Santísima Virgen, quien, rodeada de innumerables ángeles, le hizo esta promesa mientras le entregaba el escapulario: «Esto será privilegio para ti y para todos los carmelitas; todo el que muera con él se librará del fuego eterno. He aquí la señal de salvación, salvación en los peligros, alianza de paz y de pacto sempiterno». El Papa Benedicto XIV declaró ser verdadera la visión y que así debía ser creída.
Junto a esta promesa de la protección de la Virgen a la hora de la muerte y en los peligros a quienes lleven puesto el Escapulario, hay que añadir el llamado «privilegio sabatino», que consiste en la liberación del purgatorio el sábado siguiente a la muerte, siempre que se haya muerto en gracia de Dios. Este privilegio fue promulgado el 3 de marzo de 1322 por el Papa Juan XXII en la Bula Sacratissimo uti culmine.
Para obtener los privilegios del santo Escapulario basta con pertenecer a la Cofradía del Carmen. Se queda inscrito por el mismo hecho de la imposición que haga el sacerdote con un Escapulario de tela. Una vez impuesto, hay que llevarlo puesto habitualmente en vida, aunque ocasionalmente uno se lo quite por breve tiempo, y llevarlo a la hora de la muerte. Una vez impuesto el escapulario de tela, se puede llevar en vez de uno de tela una medalla escapulario, es decir, una medalla que tenga por una cara la imagen del Sagrado Corazón de Jesús y por la otra una de la Santísima Virgen. Y es preciso guardar castidad conforme al estado de cada uno y rezar todos los días algunas oraciones, al menos tres Avemarías.

«Lleva sobre tu pecho el santo escapulario del Carmen. -Pocas devociones -hay muchas y muy buenas devociones marianas- tienen tanto arraigo entre los fieles, y tantas bendiciones de los Pontífices. -Además, ¡es tan maternal ese privilegio sabatino!» (San Josemaría, Camino).
11. SAN JOSÉ
Dios añadió en esta tierra a María la persona de José, por lo que no podemos terminar este capítulo sobre la Virgen sin hablar de este gran santo, pues aquello que Dios ha unido, ni en la ciencia teológica ni en la piedad se deben separar.
La dignidad especialísima de san José proviene de «haber sido esposo de María y padre, según se creía, de Jesucristo. De esto se deriva toda su dignidad, gracia, santidad y gloria» (León XIII, Enc. Quamquam pluries, 15-VIII-1889).
José es esposo de María realmente. Entre ellos hubo verdadero matrimonio y no sólo esponsales o promesa de matrimonio. Así aparece indicado en la Sagrada Escritura cuando se afirma que «La Virgen (María) estaba desposada con un varón de nombre José» (Lc 1, 27), y sobre todo cuando se enumeran las genealogías de Jesús y se dice que «Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo» (Mt 1,16). Jesús nació en el seno de una verdadera familia.
José es el padre legal de Jesús. No intervino biológicamente en la concepción de Jesús, pero por otra parte le impone el nombre como correspondía hacerlo al padre (cfr. Mt 1,17). Es mencionado por María como padre, y por tal lo tiene: «mira que tu padre y yo, apenados, andábamos buscándote» (Lc 2,48), y como padre es reconocido por las gentes: «¿no es éste (Jesús) el hijo del carpintero?» (Mt 13,55).
Esposo castísimo. «No estoy de acuerdo con la forma clásica de representar a san José como un hombre anciano, aunque se haya hecho con la buena intención de destacar la perpetua virginidad de María. Yo me lo imagino joven -escribía el Fundador del Opus Dei-, fuerte, quizá con algunos años más que Nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad y de la energía humana (...). Joven era el corazón y el cuerpo de san José cuando contrajo matrimonio con María, cuando supo del misterio de su Maternidad Divina, cuando vivió junto a Ella respetando la integridad que Dios quería legar al mundo, como una señal más de su venida entre las criaturas. Quien no sea capaz de entender un amor así, sabe muy poco de lo que es el verdadero amor y desconoce por entero el sentido cristiano de la castidad» (San Josemaría, Es Cristo que pasa).
San Agustín expone estas aparentes contradicciones entre la castidad perfecta y la paternidad de José diciendo: «Pues como el suyo era matrimonio, y matrimonio virginal, así lo que la Esposa dio a luz virginalmente, ¿por qué no iba a aceptarlo castamente el esposo? Pues lo mismo que la esposa lo era en castidad, en castidad era el esposo; y lo mismo que Ella era casta Madre, él fue casto Padre. En su corazón él cumplía un oficio mucho mejor que otro que lo desea realizar sólo carnalmente. Pues quienes adoptan hijos, tienen más castidad al engendrarlos en el corazón que los que carnalmente pueden tenerlos. Por tanto, José no sólo debió ser padre, sino serlo al máximo... En resumen, todos los bienes del matrimonio se dieron en los padres de Cristo: la prole, la fidelidad, el sacramento. La prole la reconocemos en la Persona del Señor Jesús; la fidelidad, porque no hubo adulterio, y el sacramento, pues no hubo separación ni divorcio... ¿Cómo era padre? Tanto más profundamente padre cuanto más casta fue su paternidad... El Señor no nació del germen de José. Sin embargo, a la piedad y a la caridad de José, le nació un hijo de la Virgen María, que era Hijo de Dios» (San Agustín, Sermón 51).
San Pedro Damián afirma la virginidad de san José señalando cómo la virtud de la castidad es necesaria para estar cerca de Dios: «Y para que se viera que esto no bastaba, que era virgen su Madre, es de fe de la Iglesia que fue virgen también el que pasó por ser su padre. Si, pues, nuestro Redentor tanto amó la integridad de la pureza que no sólo nació de un seno virginal, sino que además quiso ser tratado por un (padre) nutricio también virgen... cómo han de ser los que quiere que traten su cuerpo, cuando ya reina en la inmensidad de su gloria» (San Pedro Damián, De coelibatu sacerdotali).
Santidad de san José. El Evangelio dice de él que era «hombre justo» (Mt 1,19). «Una alabanza más rica de virtud y más alta en méritos no podría aplicarse a un hombre... Un hombre... que tiene una insondable vida interior, de la cual le llegan órdenes y consuelos singulares, y la lógica y la fuerza, propia de las almas sencillas y limpias, de las grandes decisiones, como la de poner enseguida, a disposición de los planes divinos, su libertad» (Pablo VI, Homilía, 19-I1I-1969).
La santidad consiste, de una parte, en la correspondencia fiel a las gracias que Dios da, y de otra, en tratar familiarmente a Dios y a la Santísima Virgen. Ambas cosas se dieron en José. Como indica san Bernardo, «Este (José) reconociendo virgen a su Señora, Madre del Señor, la guardó fidelísimamente, conservándose él mismo en toda castidad... mereció ser sabedor y participante de los misterios soberanos..., recibió el pan vivo del cielo para guardarle para sí y para todo el mundo. Sin duda, este José fue hombre bueno y fiel. Siervo fiel y prudente, a quien constituyó Dios consuelo de su Madre, proveedor del sustento de su cuerpo; finalmente, a él solo sobre la tierra... manifestó los secretos y misterios de su sabiduría y le dio el conocimiento de aquel misterio, que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; (a él solo otorgó), en fin, no sólo ver y oír al que muchos reyes y profetas, queriéndole ver, no le vieron y queriéndole oír no le oyeron, no sólo verle y oírle, digo, sino tenerlo en sus brazos, llevarlo de la mano, abrazarlo, besarlo, alimentarlo y guardarlo» (San Bernardo, Sermón Super missus est).
Patrono de la Iglesia. «El Santo Padre Pío IX... quiso satisfacer los deseos de los sagrados obispos y declaró solemnemente al patriarca san José Patrono de la Iglesia Católica, poniéndose a sí mismo y a todos los fieles bajo el poderosísimo patrocinio del Patriarca san José» (Sagrada Congregación de Ritos, Decr. Quemadmodum Deus, 8-XII-1870).
Y la razón es que si Dios le confió como varón fiel y prudente de su casa en Nazaret, ¿por qué no ha de serlo de la familia de todos los cristianos? Del mismo modo que María, Madre del Salvador, es Madre universal de todos los cristianos, José mira a la multitud de todos los cristianos, multitud que le sigue confiada. Es defensor de la Santa Iglesia, que es verdaderamente la casa del Señor y el reino de Dios en la tierra.
Tratar a san José. Para los hombres y mujeres de nuestro tiempo, como para los de cualquier época, este santo constituye no sólo una figura venerable, cuya vocación y dignidad admiramos. Nos proporciona, además, un modelo, cuya enseñanza callada po-demos y debemos empeñarnos en seguir. «Tratándole se descubre que el Santo Patriarca es, además, Maestro de vida interior: porque nos enseña a conocer a Jesús, a convivir con él, a sabernos parte de la familia de Dios. San José nos da esas lecciones siendo, como fue, un hombre corriente, un padre de familia, un trabajador que se ganaba la vida con el esfuerzo de sus manos» (San Josemaría, Es Cristo que pasa). Pero a la vez siempre estaba en oración. Ni el trabajo en el taller o en los hogares vecinos, ni el descanso, ni siquiera el sueño impedían su coloquio amoroso con Dios, pues hasta en sueños le habló Dios (cfr. Mt 1, 20). Tratándole aprenderemos a ser fieles a Dios, aprenderemos a cumplir su voluntad, a servir a los demás..., aprenderemos a tener vida interior.


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