sábado, 12 de julio de 2014

LAS SORPRESAS DE DIOS

Un aspecto que nos impacta fuertemente al analizar la llamada que Dios dirige a alguien para una misión concreta es lo que podríamos denominar “su falta de prudencia”, su saltarse las más elementales normas que rigen a la hora de fijarse en alguien para un determinado proyecto. Estamos hablando de la idoneidad, de la capacidad de personas que no parecen de por sí las más adecuadas en orden a asumir un encargo de tanta responsabilidad, como lo son todos los encargos de Dios, para llevar a cabo satisfactoriamente lo que Él les propone. Si se me permite una ligera ironía, diría que, cuando Dios llama así, el acto de fe es más necesario en Él que en la persona llamada.
Antonio Pavia

Dios tiene sus criterios que menos mal que no se equiparan con los nuestros, ya que somos, una y otra vez, seducidos, influenciados y movidos por las apariencias, hasta el punto de que valoramos a los demás según su fachada. Dios no mira las apariencias sino el corazón. Recordemos el diálogo habido entre el profeta Natán y Jesé, padre de David. Natán había sido enviado a casa de este con la misión de escoger entre sus hijos al rey que habría de sustituir a Saúl (1 Sam 16,1). Jesé le presenta al mayor de ellos, Eliab, sin duda el que reunía las mejores condiciones y cualidades humanas, altura, prestancia, fuerza, habilidad…, para ser rey. Sin embargo, Dios dijo a Samuel: “No mires su apariencia ni su gran estatura, pues yo lo he descartado. La mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero Yahvé mira el corazón” (1 Sam 16,7).

La mirada de Dios no es como la mirada de los hombres. Si tuviéramos que analizarlas, diríamos que la mirada del hombre tiene mucho de egocéntrica, detrás y delante de ella van atados nuestros intereses; además somos enormemente débiles y pobres en objetividad ante las apariencias que nos deslumbran. La mirada de Dios, en cambio, es creadora como creador es Él, es capaz de convertir el yermo en un vergel: “Convertiré el desierto en lagunas y la tierra árida en hontanar de aguas. Pondré en el desierto cedros, acacias, arrayanes y olivares. Pondré en la estepa el enebro, el olmo y el ciprés a una…” (Is 41,18b-19).

Así es como Dios llama a sus pastores: mirándolos. No es una mirada que sopesa, y menos aún inquisidora. Dios no necesita investigar a fondo para conocernos; bien sabe quiénes y cómo somos por fuera y por dentro. Recordemos lo que Jesús pensaba acerca de aquellos que, a la vista de sus milagros, decían y profesaban su fe en Él. Lo conocemos por el testimonio de Juan: “…muchos creyeron en su nombre al ver las señales que realizaba. Pero Jesús no se confiaba a ellos porque los conocía a todos y no tenía necesidad de que se le diera testimonio acerca de los hombres, pues él conocía lo que hay en el hombre” (Jn 2,23b-25).
En realidad la mirada del Hijo de Dios al llamar a los suyos es como un espejo en el que los llamados pueden conocer quiénes y cómo son por una parte, y por otra evitar que se asusten o se escandalicen de sí mismos, ya que Él, que los mira y llama, se responsabilizará dando su vida por ellos, a fin de que lleguen a ser sus pastores: «Jesús les dijo: “Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres”. Al instante, dejando las redes y le siguieron» (Mc 1,17-18).

Nos adentramos en la llamada de Jesús a Pedro con el fin de disfrutar del relato catequético tal y como nos lo ofrece Juan. El evangelista puntualiza que Jesús fijó su mirada en él y le llamó: «Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, que quiere decir, Piedra”» (Jn 1,42).
Claro que sabe
Damos un salto de esta primera llamada a la última, la que consuma el definitivo toque a su obra creadora en Él, sabiendo que todo discípulo y pastor es una obra maestra de Dios. En esta última vez, a las orillas del mar del Tiberíades, Jesús le pregunta: “Pedro, ¿me amas?”. La misma voz, los mismos ojos y…, ahí queda el pobre Pedro aturdido por el asombro, ¡el mismo amor!

¡Señor, tú lo sabes todo, lo sabes todo acerca de mí! ¿Y aún me preguntas que si te amo? ¡Claro que sí, por supuesto que te amo! ¿Quién sino Tú es capaz de ofrecer al hombre caído motivos y razones para seguir viviendo? Tu pregunta es como un soplo que aviva la mecha humeante (Is 42,3) a la que se vieron reducidas mis promesas de amor y seguimiento a ti: “… ¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti” (Jn 13,37).

Buceamos, entre curiosos y expectantes, por el inmenso amor de soliloquios de Pedro ante esta mirada-pregunta, que en realidad es una neollamada de Jesús, con la certeza de encontrar en Él respuestas, y también fuerzas ante tantos miedos que nos impiden fiarnos de nosotros mismos a la hora de decir nuestro “¡aquí estoy!” a Dios.

Bien cierto es que, si nos atrevemos a mirar fijamente el corazón de Pedro, llegamos a la conclusión de que la verdad de nuestros impedimentos para responder a Dios el “aquí estoy” ante sus llamadas, no es que no nos fiamos de nosotros mismos, sino que, realmente, de quien no nos fiamos es de Dios; no nos creemos que la historia de Pedro sea repetible. Pues sí, lo es, se repite en cada discípulo llamado al pastoreo.

Nos parece oír los susurros de Pedro: ¡Señor, tú lo sabes todo sobre mí! Es cierto que hemos hablado en otras ocasiones de este encuentro de Jesús con Pedro en la mañana de la resurrección. Hoy nos apetece acariciar estas palabras, tan bellas como sobrecogedoras: Señor, tú sabes todo acerca de mí y, a pesar de ello, me llamas… Ahora sí que comprendo el valor incalculable que tiene la vida que has ofrecido, entregado, por mí… ¡Es tanta mi pobreza, tan escaso mi amor! Sin embargo, ahora ya sé lo que es ser amado aunque yo no te haya sabido amar.

Sin salir de las entrañas de Pedro, nos parece oír la respuesta de Jesús, o quizás mejor, las razones por las que insiste en su llamada-invitación a que pastoree sus ovejas. Recogemos, pues, las palabras del Señor y Maestro que resuenan en el alma asombrada y sobrecogida de Pedro. El soliloquio ha dado paso a un diálogo íntimo en el que el eco de cada palabra está cargado de mil resonancias, rebosantes todas ellas de la ternura infinita del Hijo de Dios, y también, por qué no, de la ternura del rudo pescador que está con Él.

Afinamos el oído y escuchamos la respuesta que da el Hijo de Dios a su amigo y discípulo: Es cierto, conozco todo sobre ti, conozco tu corazón mucho mejor que tú mismo. Acuérdate que en su momento te advertí que no estabas todavía preparado para seguirme, mas también te prometí que un día estarías capacitado para dar estos pasos (Jn 13,36). No era entonces posible para ti ni para nadie. Al igual que todos los demás, tenías una fe infantil, disonante; tu boca y tu corazón estaban desajustados. La palabra de tus labios no estaba en absoluto en consonancia con tu corazón tan voluble… Más de una vez lo habrás oído en la sinagoga cuando se leen los textos proféticos: “Este pueblo me honra con los labios pero su corazón está lejos de mí” (Is 29,13). Justamente por esta disonancia no podías ni seguirme, ni ser pastor según mi corazón. Una vez que he dado mi vida por ti y que ya te es posible el seguimiento y la aceptación de mi llamada a ser pastor, rememoro nuestro primer encuentro y te pregunto: ¿Quieres? Puesto que ya puedes amarme a mí y a mis ovejas, te digo: ¿Me amas y las amas?
Dios nos hace crecer
Pedro, el del corazón voluble, el de voluntad débil, el de sentimientos adolescentes, se rinde. ¡Dios se ha hecho en él en forma de corazón fuerte! Quizás se ve en ese momento en el espejo de Jeremías cuando, acobardado y atemorizado ante la misión que Dios le confiaba, arguyó en su favor el pretexto, con el fin de poder rechazarla, de que no era más que un muchacho, un adolescente. Pienso que no se estaba refiriendo a una edad cronológica sino a la inmadurez de su corazón. Y por otra parte, ¿qué corazón no es inmaduro ante las propuestas de Dios?

Recordemos la respuesta de Dios a Jeremías cuando le argumentó que no era más que un adolescente: “No digas: Soy un muchacho, pues adondequiera que yo te envíe, irás, y todo lo que te mande dirás… Entonces alargó Yahvé su mano y tocó mi boca. Y me dijo: Mira, he puesto mis palabras en tu boca” (Jr 1,7-9). El profeta se rindió no ante la fuerza de Dios sino ante su amor y elección.

Corazón voluble, adolescente, inmaduro y, por supuesto, no fiable. Así es como nos encuentra el Hijo de Dios al llamarnos al pastoreo. La garantía consiste en que el que nos llama se hace en nosotros dándonos un corazón nuevo. Lo hizo con Pedro y lo hace con todos, pues así está profetizado y prometido: “Os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos (mis palabras)…” (Ez 36,26-27).

Releamos esta promesa a la luz de Jesucristo, que es quien la lleva a cabo en los suyos: un corazón nuevo que os hará caminar según mi Evangelio. A la luz de Jesucristo podemos afirmar que Dios se hace en el hombre por su Palabra creando en él un corazón nuevo, firme en la fe y apto para el seguimiento. Ya afirmé antes que el Hijo de Dios se hizo en el corazón de Pedro, y probablemente esto suscitó algo de extrañeza y perplejidad. Creo que sabiendo que la profecía-promesa de Ezequiel se ha cumplido en su plenitud en el Hijo de Dios, hemos podido comprender mejor este hacerse de Dios en el hombre, aunque parezca metafórico.

Mirando ahora a Pedro podemos afirmar que el pastoreo de las ovejas de Jesús es una bellísima e inigualable historia de confianza y amor, en la que el Señor Jesús, aun sabiendo todo hasta lo más recóndito e, incluso, inexcusable, acerca de cada uno de los que llama a este ministerio, persiste en su invitación.

Nadie que conociese así a un candidato que pretendiera trabajar para él lo aceptaría. ¡Dios sí! Lo que realmente es incomprensible, imposible de encajar con nuestros parámetros de eficacia, es que, aunque nos parezca increíble, y realmente nos lo parece, cuanto más un hombre se sabe conocido por Dios en su debilidad, ¡tanto más se siente hijo suyo, tanto más Dios es Padre para él! Y pasmémonos: tanto más Dios lo reconoce como hijo querido en quien se complace (Mt 3,17). Inaudito, inconcebible, sí, pero… ¡silencio!: ¡estamos hablando de Dios, de su amor!, término que en Él no tiene nada de banalidad, como puede acontecer entre nosotros.

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